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  Edición 615
  El gobierno del mal
 
Jaime Torres Mendoza
   
  Tan imprescindible como Aristóteles para el abordamiento de muchos temas, resulta El Quijote, personaje de matices inabarcables en la obra de Cervantes. Y para lo que quiero abordar hoy, me viene bien esa figura triste, de seso seco: la de Alonso Quijano, el bueno.

Lo primero que hay que resaltar es que don Quijote se nos aparece hoy mucho más grande que aquel día en que, armado de lanza, escudo y armadura de aspecto estrafalario, salió de los procesos imaginativos de Cervantes.

Para nosotros, gente del siglo XXI, don Quijote no es lo mismo que fue para los coetáneos de Miguel de Cervantes. Y no lo es porque desde aquel memorable 1605, se han asimilado algunos siglos de vida humana entrelazados con acontecimientos que, a su vez, se han incorporado a la trama con que se teje la vida de las sociedades contemporáneas.

La percepción que se nos presenta hoy es quedon Quijote es dueño de una riqueza de mayores dimensiones que cuando emergió de la pluma cervantina. Y es más rico porque, a lo largo de todo este tiempo, ha acumulado la riqueza de experiencias y aventuras que ha adquirido en más de cuatrocientos años de correrías por la llanura ilimitada que es el espíritu humano.

En efecto, largo ha sido el camino que el caballero de la triste figura ha recorrido desde aquella significativa fecha de principios del siglo XVII, cuando abandonó el cuerpo de Alonso Quijano, incapaz de sobrellevar esa carga de extraordinario peso, como es la cordura.

Que es así lo confirman hechos como los siguientes: Las armas y las letras, esas dos profesiones que gobernaban al mundo en tiempos de Cervantes, han caído en desuso. Hoy las palabras tuyo y mío, estigmatizadas en ese pasaje de entrañable lucidez donde el Caballero se encuentra con los cabreros, se ha convertido en al Alfa y el Omega de la ciencia de gobernar.

Hoy también aquellos molinos de viento contra los que combatió don Quijote y no pudo salir triunfante de la contienda, han crecido de tal manera, que ahora se han convertido en lo que la maravillosa intuición de don Quijote adivinó. Hoy esos molinos de viento son gigantes de la industria cuyos múltiples y poderosos brazos atenazan al mundo; son criaturas de la noche que prefieren la oscuridad para laborar porque quizá esconden algo que no debamos ver a la brillante luz del día.

La ambición de gobernar una ínsula mantenida por el ingenuo Sancho como un sueño imposible, se ha vuelto señora en el corazón de los innumerables Sanchos que pueblan la tierra, pero a diferencia de aquél, su ambición no es ingenua sino ansia de poder insano y por la que luchan en contra de todo y contra todos por alcanzar esos afanes.

Tan alta ha sido la ambición, que hoy faltan ínsulas por repartir y los gobiernos se han tenido que inventar una estructura de miedo para darle cabida a una pléyade de funcionarios públicos de poca monta y de nulos méritos para estar donde están.

Pero, además de lo anterior, la ambición de Sancho de gobernar, se ha enseñoreado por toda la plebe constituida por los innumerables Sanchos que pueblan el mundo entero. Y entonces, faltando ínsulas que repartir para tanto aspirante y, todavía peor, no quedando gentes que gobernar, puesto que todos han sentido en su ánima han sentido la misma ambición, ha sido necesario recurrir a los encantadores que pueblan las páginas del Quijote.

Y sí, el encantador ha hecho aparición en el prodigio de un sujeto llamado Rousseau, que consiguió encantar de tal modo a todos que hoy, sin problemas de por medio, todos pueden ser gobernadores y gobernados.

Esa ínsula encantada y, por supuesto, encantadora para todos, fue rebautizada por el gran mago como Democracia, espejismo engañador, incluso para don Quijote, que era letrado, y que bien podría llamarle sin problemas “gobierno del pueblo”, para el sencillo y buen sentido del pobre Sancho seguro significaría “el gobierno del demonio”

Y sí, la democracia tiene mucho de demoniaco. No en balde filósofos como Platón desconfiaba del “gobierno de los muchos” y José Saramago no titubea para afirmar los riesgos que significan entregar las decisiones de una nación a unos pocos que dicen hablar en nombre de todos.

Cuando hacemos una revisión histórica de la democracia en México, tenemos que admitir que esa experiencia política ha desembocado en escenarios infernales en virtud de los múltiples demonios instalados aún en los más recónditos rincones de ese horizonte de realidad.

Ha sido una equivocación recurrente el hecho de pensar que la democracia se reduce a emitir masivamente un sufragio sin tener en cuenta que la real democracia cifra su legitimidad en una conciencia ciudadana que ejerce su derecho en virtud de su capacidad para hacer una lectura precisa de la realidad que lo circunda.

Los gobiernos emanados de la democracia mexicana se han convertido en gobiernos del mal, del demonio diría Sancho, porque la democracia no es el voto sino el ciudadano expresando su voto por un núcleo de ideas que le pueden dar rumbo a una nación que, históricamente, ha ido en declive permanente.

Échele una mirada al pasado. Es cuestión de vernos en ese horizonte de la memoria que nos grita nuestra circunstancia de cada día.

Échele también una mirada a nuestro presente.

 
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