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  Edición 615
  No sabe que no sabe
 
Marcos Durán
   
  Pasmado y sin saber cómo reaccionar, lo único que atinó a hacer fue a guardar silencio. Diez horas después de que fueron descubiertos los cuerpos de cinco personas ejecutadas y abandonadas en el interior de un vehículo, justo frente a las oficinas de la Fiscalía de Coahuila en la comunidad de Nueva Rosita, la primera reacción del gobernador de Coahuila Miguel Riquelme, fue publicar en sus redes sociales que se había reunido con su gabinete para «evaluar avances en materia de infraestructura y finanzas».

Su siguiente comunicado ese mismo día fue otro de esos que acostumbra y en donde cree que llama a la inspiración de los coahuilenses y aparece en una fotografía con mujeres beneficiarias de la tarjeta «La mera mera», diciendo: «sigamos reconociendo su valioso esfuerzo».

De la masacre ni una sola palabra. Tampoco dijo nada el domingo ante las noticias que corrían sobre un fuerte enfrentamiento entre las fuerzas policiacas y personas presuntamente pertenecientes al crimen organizado y que hasta ahora se sabe, dejó un saldo de siete muertos: 12 muertos en la Región Carbonífera en menos de 36 horas y no valió siquiera una mención del gobernador de Coahuila.

Fue 72 horas después que publicó lo siguiente: «En Múzquiz, llevamos a cabo una reunión de seguridad con autoridades de los tres órdenes de gobierno para seguir coordinando acciones que garanticen la tranquilidad de los habitantes de la Región Carbonífera y de Coahuila».

Antes y durante esa misma semana, habían ejecutado a dos personas a las puertas de su casa en Torreón y se habían dado enfrentamientos y hechos violentos relacionados con el crimen organizado en Nava, Allende, Saltillo, Ramos Arizpe y San Pedro.

Con casi una cuarta parte de su sexenio gastado en hacer prácticamente nada, la curva de aprendizaje quedó atrás y todo indicaría que en las crisis de seguridad, como la que está viviendo Coahuila, el proceso para tomar decisiones e implementarlas debería ser muy rápido. Claro, eso si es que se sabe o se reconoce que hay un problema que amerita ser solucionado.

Pero no parece ser el caso. Y es que luego ser casi el único puntal de credibilidad sobre el que se sostenía este gobierno —olvidémonos para siempre del combate a la corrupción y la impunidad pues eso no sucederá jamás— el discurso que quedaba era el de un estado seguro, alejado de los episodios de enfrentamientos, balaceras y ejecutados que incluso el alcalde de Saltillo, Manolo Jiménez, se atrevió a decir que «habían quedado en el pasado». Pero la maldita realidad de inmediato se apareció para abollar la corona de la ciudad más segura del mundo mundial.

Y así siguen, ignorando un problema con la esperanza de que desaparezca. La negación como arma de primera instancia —son hechos aislados—. Pero la historia nos ha probado hasta el cansancio que a un problema de esta naturaleza no se le puede negar, ignorar o refutar su existencia, o que después empiecen las excusas para explicar por qué existe el problema.

Gravísimo sería que no se admita que hay un problema, uno muy grave. Que en su afán de sostener su discurso de que somos un estado en paz, sigan sin admitir que la violencia del crimen organizado regresó y si no lo hacen, tampoco podrán encontrar una solución.

Puede haber muchas razones para la violencia que está causando de nuevo el crimen organizado, pero admitir que existe, es acaso el primer paso para descubrir la solución.

Pero quién sabe, esta es la primera crisis de seguridad —seria— que enfrenta el gobierno de Miguel Riquelme y la reacción ha dejado mucho que desear. Más allá de su base de empleados y leales, existe preocupación, pues los problemas de Coahuila muestran que tienen existencia real y no se resuelven con saliva.

 
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