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  Edición 615
  De dimisiones, pueblo y violencia…
 
Editorial
   
  No solo dimitió Germán Martínez, también en la Gran Bretaña, la señora Theresa May, primera ministra de aquel país anunció la suya. Las imágenes que nos llegaron de ese momento, muestran contra todo lo que pueda expresarse del temperamento flemático de los ingleses, la expresión de una mujer dolorosamente abatida, su lenguaje corporal contaba más pero mucho más de lo que expresó verbalmente.

En la fotografía que apareció en los medios, si usted la vio, hay una profunda tristeza en su cara, la mirada baja, la mandíbula apretada, sus cejas levantadas, dos sentimientos agobiantes, vergüenza y culpa. Su cuerpo inclinado, no el erguido, típico del triunfador, sobre todo cuando sale de la casa de Downing Street, era la estampa viva de su fracaso en relación con sacar adelante el tema del Brexit.

No debió ser fácil salir a decir que se iba, en ese asunto ella había puesto todo su interés, eso no se le puede escatimar, tenía claro que todo estaba cuesta arriba, que el entorno era adverso, pero se empeñó en ello…y falló. Se necesita mucha entereza para afrontar con gallardía cuando no se han colmado las expectativas. En una profesión como la suya hay que estar todo el tiempo prevenido, toda vez que las dificultades y cúmulos de inconvenientes se abren paso acicateados por envidias y maquinaciones al por mayor para bloquear un proyecto al que la todavía primer ministra de Gran Bretaña, le apostó su resto.

Germán se fue también, precedido de una carta en la que expuso sus verdades con respecto a una de las instituciones a las que la corrupción y la impunidad han hundido hasta el fondo. Lo que no es ninguna novedad en nuestro país, la lista es larga: ISSSTE, Pemex, CFE, Ferrocarriles de México… por nombrar algunos, que para lo único que han servido es para dejar expuesto, al desnudo, sin maquillaje de por medio, los estragos que provocan un gobierno alcahuete, sin compromiso con su misión, y un sindicalismo abyecto, que han permitido a una caterva de gandallas hacerse millonarios hasta la grosería, porque ni siquiera se esconden para mostrar sus deleznables raterías, directamente o por su interpósita descendencia, o la de sus cómplices lame patas de los que abundan en ese medio.

El IMSS se está cayendo a pedazos, pero no de ahora, su agonía es de larga data, y nada hicieron tampoco los dos gobiernos de la alternancia, para detener el desmoronamiento. El ISSSTE, no se diga, padece del mismo mal, del «agandalle» desvergonzado, tolerado, consentido…

No hay medicinas, ni insumos primarios para que funcione un servicio médico del que dependen millones de derechohabientes, con pagas miserables a los médicos y china libre para robar de lo poco que queda sin ningún cargo de conciencia, dice mi amiga Laurita, que no tienen, que es como pedirle peras al olmo.

Se trata del sector público de salud, se trata de la prestación de un servicio que está consagrado como derecho fundamental en el artículo 4 de nuestra Carta Magna ¿Y qué? ¿A quién le importa que sea una obligación del Estado garantizarlo? Los derechohabientes ni chistan, y al que chista es como si no chistara, porque no pasa nada.

Usted ve las largas filas que se hacen en la ventanilla en la que se surten los medicamentos prescritos por los médicos, y con la fresca más fresca, le dicen al que llega después del viacrucis de la filota de horas, que no hay lo que le están mandando y que vuelva otro día…

Y hay millones de mexicanos que no tienen otra opción más que las clínicas de Seguro Social, las del ISSSTE o las de la Secretaría de Salud… y en ninguna de ellas se atienden los políticos, ni sus familiares, el paladín de la austeridad y actual presidente de la mexicana república se consulta en Médica Sur. El día que los políticos del primer círculo acudan a curar sus enfermedades a las clínicas de salud del sector público y manden a sus hijos a estudiar a las escuelas de gobierno, la transformación de México para bien, será un hecho inobjetable.

Mientras tanto, a seguir cargando con la lápida que la indiferencia ciudadana ha construido, y que pesa como maldición en un pueblo acostumbrado a que lo vapuleen los que se supone que son sus servidores, y se reniega y se mientan madres —en privado— en contra de los ladrones que nos ha gobernado, pero de ahí no pasa la indignación, no da para más.

Me llama la atención el uso rimbombante de la palabra pueblo, no se la quitan de la boca los políticos de toda laya, sobre todo cuando andan en campaña y más tarde en los discursos, ya entronizados como mandamases. ¿Qué es el pueblo? Tiene una serie de significados. Va desde entenderlo como el conjunto de habitantes de una localidad o como el paisaje de construcciones y otros elementos físicos de ese mismo espacio, o con el que se denomina una comunidad pequeña del ámbito rural.

En el contexto actual la noción de pueblo refiérese al conjunto de habitantes de un país en sus relaciones con el poder público y en cuanto sujeto de la soberanía, aunque al final del día el que administra la soberanía es el Gobierno, pero como si fuera suya, no delegada, y hacen y deshacen con ella, al estilo de un régimen absolutista.

Como contribuyentes somos los sujetos pasivos de la acción de los gobernantes. Somos los destinatarios —el pueblo— de obedecer o padecer las leyes, y también de los daños que producen sus raterías sin castigo. Es imposible vivir con dignidad cuando se está en medio de la corrupción y se acostumbra a ella, tan se acostumbra, que a nadie altera, forma parte de la idiosincrasia, llegando a aceptarla como algo normal. ¿Cómo va a ser normal todo esto?

Necesitamos aprender a vivir como lo que somos, los dueños de México y empezar a asumirnos como tales frente a la autoridad que elegimos y cuyos sueldos pagamos vía impuestos, derechos, etc. Tenemos que enseñarnos a movilizarnos con la finalidad de ponerle un hasta aquí a la creación y aplicación de una ley injusta y presionar a quienes nos gobiernan para que resuelvan los problemas de interés colectivo. Tenemos que dejar de ser mirones de palo, y no hay de otra más que empezando por conocer nuestras leyes, para tener bien claro cuáles son nuestros derechos y obligaciones y cuales las facultades y funciones de los gobernantes.

Tenemos el deber también de conocer nuestra historia, vamos con ello a explicarnos mucho de lo que sucede en el presente y aprenderemos a planear el futuro, pero con conocimiento de causa. A un pueblo así es muy difícil que cualquier «mercanchifle» de la política se atreva a querer contarle las muelas y convencerlo de que dos más dos no son cuatro.

Somos un país con mucha riqueza natural, en otras latitudes, con menos pero mucho menos de lo que nosotros poseemos, tienen mejores niveles de vida. Porque allá ha quedado claro que la riqueza del país está subordinada al interés general, verbi gratia, en Noruega, el petróleo sí ha beneficiado a la población. Aquí… ¿qué tenemos? Que un derivado del mismo, la gasolina nos cuesta como si no fuéramos país productor, pero ¿qué tal el bandido de Romero Deschamps y sus secuaces del sindicato petrolero? A ellos sí les ha dado para vivir como marajás, y cobijados en la impunidad.

Esta perversión es una constante en la historia de nuestro país. Y lo más desesperanzador es que no va a haber castigo para sus ruindades, puro «amor y paz», porque así lo ha decretado el usuario del «me canso ganso».

Con el lema: «Primero los pobres», se acarreó el voto de millones de mexicanos secuestrados por el asistencialismo esclavizante, que no conocen otro modo de vida más que el del reparto miserable de despensas, de «becas», de cemento, de todo ese largo etcétera que de sobra conocemos, y que no sirve más que para mantener al receptor a su servicio electorero, pero jamás para que sea autosuficiente y, por ende, libre.

Y está la suma de los resentidos, de los que están convencidos de que la vida es su eterna deudora porque creen que no han obtenido lo que se merecen, como puede ser nivel social, estatus, un puesto, pero no asumen la responsabilidad que tiene para que eso ocurra, y les resulta más simple responsabilizar a la sociedad, porque esta es «injusta», no les ha permitido realizarse, les ha escatimado oportunidades y con ello los logros que se merecen, y entonces deciden actuar en contra de ella.

Muchas de esas personas se expresan y actúan de manera agresiva, véalo usted en las redes sociales, léalo en sus comentarios. Es posible que esta persona realmente haya sido víctima, pero en su cabeza se perpetúa ese sentimiento y no hace nada para superarlo, se sigue victimizando, se condena a sí mismo. Y entonces se ampara en la libertad de expresión para insultar, esta actitud es hija de la cobardía y la violencia, una forma renovada de matonismo.

No se vale alentar estas conductas con la arenga de la división entre buenos y malos, entre «chairos» y «fifís», entre conservadores y neoliberales. Alimentar el encono entre mexicanos no es de buena leche. Somos un pueblo que ha batallado mucho para ser nación. Si el presidente López Obrador continúa espoleando semejante furia, les estará entregando un pasaporte ideológico a sus seguidores, con el que le harán mucho daño a una sociedad de suyo tan enojada con una clase gobernante que ya la tiene harta por mentirosa y por abusiva que no se le ha podido sacudir de encima porque no sabe cómo hacerlo o porque hacerlo significa hacer un esfuerzo y no le da la gana realizarlo y prefiere o espera que otros actúen.

¿Imagina usted lo que sucedería si todos asumiéramos la misma actitud beligerante, y nos fuéramos contra todos y contra todo lo que no estuviera acorde con nuestro pensamiento y nos resultara incómodo? No concibo la división como solución a lo que hoy estamos viviendo en nuestro país. Y me preocupa sobremanera que el jefe del Estado mexicano no le dé ninguna importancia.

 
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