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  Edición 615
  Juego de Tronos y elefantes rosados
 
Edgar London
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  No. Definitivamente no utilizaré este breve espacio para aportar más argumentaciones sobre lo feliz o desdichado que resultó el final de la serie televisiva Juego de Tronos. La red ya se encuentra abarrotada de comentarios que pretenden, lo mismo, defender el desenlace que denostarlo.

Mi invitación es otra. Se trata del análisis de un fenómeno paralelo que se ha producido a partir de esta serie dentro del gremio de la alta intelectualidad mundial, sea lo que eso fuere, pero del cual todos, más o menos, podemos esbozarnos una idea.

Antes, sin embargo —y por rigor para sustentar más tarde mi hipótesis— recurro a un ejercicio demostrativo de psicología. Algo muy parecido a un juego, pero que bien empleado puede ser un arma eficaz. Me refiero a los elefantes rosados. No a los que, supuestamente, se les aparecen a los borrachos. Por el contrario, son seres que deben ser obviados, ignorados, pretender que no existen y que, tras una sencilla orden, surgen a pesar de la orden misma.

Si yo le pidiera a usted, desocupado lector, que no piense en elefantes rosados. Ni gordos, ni bonitos, ni orejudos, ni bonachones… no, tampoco en Dumbo, aunque no sea rosado, comprobará que el mero enunciado lo lleva inexorablemente a imaginar, así sea por una fracción de segundo, en su propio y muy particular elefante rosado. Ello, a pesar de que el enunciado lo convida, justamente, a negarlo.

Pues bien, una vez comprendido el vínculo expuesto, debo hacer notar que Juego de Tronos se convirtió en un enorme e incómodo elefante rosado para quienes se jactan de moverse únicamente dentro de la gran cultura o el arte elitista. Otra vez, sea lo que eso fuere.

En pocas palabras, la serie Juego de Tronos fue equiparada, de pronto, con una novela para lavandera, término peyorativo empleado hasta el hartazgo —me consta de primera mano— en naciones como México y Cuba. Lo que surgió en forma de comentario aislado terminó por convertirse, prácticamente, en trending topic en Internet. Al punto que competía con los fanáticos de los dragones y las espadas medievales en su afán por adivinar lo que sucedería en el siguiente capítulo. Sólo que para este grupo autoproclamado intelectual lo importante era dejar en claro que les tenía sin cuidado y no les llamaba la atención la serie. Muy parecido, en su obrar, a los homosexuales que tienen constantemente que dejar claro que son homosexuales o las feministas que no pierden un segundo para colgar sus consignas misándricas o las madres solteras que utilizan las redes sociales a modo de palestra pública —con especial dedicatoria al mal padre—y así dejar claro el sacrificio al que se exponen a diario.

Resulta difícil marcar cuándo sucedió exactamente, pero sospecho que el proceso de desprestigio comenzó desde el momento en que la serie pasó a convertirse en un fenómeno masivo. Es un secreto a voces que los integrantes de la élite cultural rechazan la más mínima relación con el vulgo.

Frases al estilo de “jamás he visto un capítulo de Juego de Tronos” o “no me interesa saber nada de esa serie” contrasta con el conocimiento que, a posteriori, presumen para criticar tal o más cual pasaje argumental o escena. Ah, por supuesto, sin olvidar una mención ad hoc del café de Starbucks o la botella de agua que nos divirtieron con su anacronismo a quienes sí seguimos, escena por escena, a los contendientes por el trono de hierro.

Realmente quisiera creerles, pero es tal su empeño en asegurarle al mundo que a ellos les vale un bledo esa serie para plebeyos que no puedo desprenderme de la cabeza la frustración de quienes aseguran no pensar en elefantes rosados. Como si ignorar una propuesta televisiva —sin importar su nombre— los salvara del fracaso creativo propio.

Estoy consciente de la banalidad implícita en muchas series, libros y telenovelas. Y es esa misma conciencia, la capacidad de comprender lo que estoy viendo en un momento dado, la que me salva de caer en futuras imitaciones, por no decir nefastas asimilaciones. Ver a los Vengadores en el cine no me motivará a salir a la calle vestido de súper héroe para salvar al mundo, tampoco por ver porno me quiero casar con Mia Khalifa y sobre la serie Juego de Tronos... haberla disfrutado no me hará un peor escritor, pero pretender ignorarla, ciertamente tampoco me convertirá en uno mejor.

 
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