Espacio 4
Ediciones:
  Facebook Twitter
Inicio Gobierno Reportaje Justicia Medios Luces y sombras Opinión Firmas El pez en el agua
 
 
  Edición 614
  Por cuarta vez
 
Jaime Torres Mendoza
   
  Hice esta mención por primera vez en un libro, que hasta hoy permanece inédito; por segunda vez participé de esa misma idea en un artículo para este catorcenal; insistí una vez más por tercera ocasión en otro de mis artículos hace tiempo y, ahora por cuarta vez, me veo obligado a abordarlo dada la recurrencia del fenómeno y la vigencia y actualidad que mantienen aquellos comentarios que, en su momento, realicé de manera pública.

Decía entonces que «me duele mi país. Sin que nos diéramos cuenta sus calles solas a hora temprana de la noche, se fueron convirtiendo en una cuchillada que ha cortado de cuajo las voces de algarabía que en otro tiempo remitían a la noción de tranquilidad y hacían pensar en la posibilidad de concretar ese concepto tan difuso y confuso, por abstracto, como es la paz. Hoy, sin embargo, las ventanas cerradas y las cortinas corridas, las puertas con cerrojo para asegurar la entrada, los muros altos que cercan las escuelas, las cortinas de acero para sellar los escaparates y los guardias de seguridad privada que le ponen coto a los espacios públicos que antes fueron de todos, son signos inequívocos de la magnitud de la tragedia que vive mi patria, sumida en la más rotunda anarquía, en donde el miedo se convierte en el perro rabioso que nos muerde el alma durante las veinticuatro horas del día y que renueva su furia en cada minuto en que el reloj da cuenta de su andar. Ante esa fiera suelta, el instinto llama a protegernos, por eso blindamos nuestra casa: una reacción psicológica de sobrevivencia. La realidad es que contra la violencia desatada, no tenemos defensa, pero menos aún, contra las mañas y los intereses que la desataron y le permitieron libertad plena dejándonos a su merced».

Eso fue lo que escribí en varios momentos históricos y lo retomo nuevamente porque no puedo permanecer indiferente ante esa máscara de país que se descompone frente a mí en diferentes trazos de una realidad que dejó de ser digna de ser vivida porque se ha impuesto el dolor más agudo, la desesperanza más desoladora y la cancelación del futuro para muchos mexicanos en general, para muchos coahuilenses, en particular.

No era aquel libro ni aquellos artículos un texto de política en el sentido moderno, en todo caso, de política en sentido aristotélico sí. El texto no contenía acusaciones inútiles, que bien podrían estar perfectamente justificadas si así me lo hubiera propuesto; nada de eso. En todo caso se trataba de un libro, de un artículo de lamentos que recoge las voces hipotéticas de los que han sido víctimas directos de la maldad que habita en cada rincón de mi patria, pero también de los que sufrimos la agonía de contemplar el desmoronamiento de esta casa de todos ante la complacencia del poder público que se regodea en la interminable autocontemplación y el autohalago desmedidos.

Al hacer una revisión de los contenidos, tanto del libro como de los artículos, me doy cuenta de que todo resulta profético, anticipatorio de lo que se esconde en cada signo de violencia de que dan cuenta, apenas someramente, los medios de comunicación y, contrastantemente con una profusión caótica, las redes sociales..

Y lo que se esconde es el miedo, la desesperanza, la agonía lenta de una ciudadanía que se desmorona cada día porque su realidad concreta no se corresponde con la realidad construida desde el discurso oficial.

Si revisamos cuidadosamente los signos cotidianos con que convivimos a diario, nos damos cuenta de que la violencia ha vuelto a instalarse en los eventos rutinarios de cada día en la vida nacional. Basta con echarle una miradita a la prensa y la contundencia de las noticias desmorona cualquier versión oficial que intente sostenerse públicamente.

En Coahuila, el crimen organizado ha vuelto por sus reales, los secuestros vuelven a ser pan de cada día, las ejecuciones, la extorsión, las persecuciones por las calles de sus ciudades, son, otra vez, una realidad visible. La reciente matanza de nueve personas en Saltillo, las ejecuciones de Monclova y Piedras Negras, son apenas los signos visibles de una realidad que trata de esconderse a toda costa. Los informes de diferentes organismos relacionados con eventos del pasado en el mismo ámbito, lo confirman y lo reconfirman.

Hay, sin embargo, otros signos de mayor gravedad que nos confirman el regreso de la violencia y que tiene que ver con la vivida institucional. Me refiero, claro, al hecho de que los organismos electorales hayan legitimado el regreso de la delincuencia practicada legalmente. Hablo del regreso de los Moreira a través del partido político familiar que el Estado les permitió traer desde la tumba.

A mí no me cuentan. Toda la violencia última que se ha visto en Coahuila, tiene que ver con este desliz institucional.

Recuerdo que al expresidente panista Felipe Calderón, todo mundo le llevaba la cuenta exacta de los muertos ocurridos en su sexenio, conteo hecho a manera de acusación. Al expresidente priísta le llevaron una cierta estadística y prácticamente nadie lo acusa pero hoy resulta claro que no hubo ninguna diferencia sustancial respecto del otro.

Hoy, en el curso de la cuarta transformación la violencia sigue, es inocultable, y no es razón suficiente que el presidente AMLO nos diga que le fue entregado un cochinero para no tomar verdaderas acciones para que eso concluya.

Soy un profesional de la lectura y suelo aprovechar las ventajas de la internet para echarle un vistazo a los periódicos del país. Y en ellos encuentro las mismas noticias que encuentro en los diarios de Coahuila que dan cuenta de matanzas, cuerpos mutilados con tiro de gracia, embolsados tirados a la orilla de las carreteras y otros terrores.

No, no hay forma de ocultar la violencia. Sería mejor hablar de ella hasta que le conozcamos el rostro y poder enfrentarla mejor. ¿Por qué ese afán de decirnos tanta mentira citando estadísticas que no se corresponden con la realidad? ¿Para qué maquillar todo esto anteponiendo ese fantasma llamado Guardia Nacional?

Por eso traigo a colación, una vez más, este tema. Necesitamos hablar de la situación que vive mi patria y que nadie puede o no quiere detener, ni AMLO.

 
Otras publicaciones
Política de la razón vs. política de la emoción
Forma y fondo
La encrucijada de la política
De liderazgos y otros males
La verdad sobre nosotros mismos
La política en la encrucijada
Tiempo de incertidumbre
Drama y terror
Pablo Neruda: visión de México
Asunto humano
Obediencia y docilidad
El arte: la otra perspectiva
El gobierno del mal
Como quería Octavio Paz
¿Y los intelectuales?
¿Clientismo político al estilo romano?
Las penurias del espíritu
Una pregunta más
Del acto político al acto poético
La verdad de este país
   
Publicidad
 
Espacio 4 © 1995-2019. Todos los derechos reservados Espacio Editorial Coahuilense, S.A. de C.V.

De no existir previa autorización, queda expresamente prohibida la publicación, retransmisión, edición y cualquier otro uso de los contenidos.

Ir arriba