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  Edición 614
  La experiencia regional
 
Marcos Durán
   
  El historiador y periodista Javier Villarreal Lozano, uno de los estudiosos más acuciosos de Venustiano Carranza, describe al Barón de Cuatrociénegas como un personaje casi místico, alguien con un llamado superior a favor de la patria. Y es que Venustiano Carranza Garza, cieneguense de nacimiento, recorrió toda la escalera de cargos públicos: desde presidente municipal, diputado, senador, gobernador de Coahuila y finalmente presidente de México. Ese conocimiento en los gobiernos locales lo llevó a escribir la obra La experiencia regional, en la que relata que en sus tiempos como presidente Municipal de Cuatrociénegas, Carranza gobernaba no más de dos mil cieneguenses. Ahí conoció de cerca los problemas locales y la fortaleza del núcleo municipal. Después, a su paso como legislador, entendió la necesidad de los consensos y su fragilidad ante los grandes intereses. Como gobernador, padeció al centro en las épocas en que todo, todo, se decidía en la capital del país.

Venustiano Carranza era hombre austero, con capacidad de remontar con trabajo la poca fortuna de una tierra que por sus desiertos puede rayar lo hostil. Hombre de compromisos, Carranza apoya a Madero tras los inicios del Plan de San Luis y éste lo hace ministro de Guerra. Tras el artero crimen del mártir, Carranza lanza el Plan de Guadalupe en donde casi en actitud de suicidio político y militar se subleva en contra de Huerta. Obsesionado con el orden legal, Carranza aducía que las acciones del tirano contravenían el espíritu de la Constitución de 1857, jurada también un 5 de febrero.

Encabezando al norte, Carranza derrota a las fuerzas huertistas e inicia el esfuerzo más grande por dar cauce legal a las demandas que habían sido la causa de la sangrienta revolución: jornada laboral de 8 horas, educación laica y gratuita, las bases para el reparto de las tierras, el control de nuestros recursos naturales y los derechos sociales hasta entonces casi inexistentes. Carranza era un hombre culto que conocía los otros dos grandes movimientos liberales de finales del Siglo XIX: la guerra de Independencia de los Estados Unidos de América y la Revolución Francesa.

Hoy se cumplen 99 años de su asesinato en la sierra de Puebla. También, este año se cumplieron 162 años de la promulgación de la Constitución de 1857, y 112 años de la promulgación de la Constitución vigente. Y aunque todos sabemos que las leyes no solucionan por sí mismas los problemas y fallas que tenemos los seres humanos, también es cierto que sin éstas sería imposible gobernarnos y comportarnos dentro de los límites permitidos. En ambas constituciones precedió un largo y sangriento proceso en donde las diferencias políticas se dirimieron con las armas.

En el caso de la revolución de principios del siglo pasado, se contaron un millón de víctimas, entre muertos, heridos, desaparecidos y desplazados. Pero Carranza tuvo la visión y el empeño de dar cauce legal a las exigencias de la revolución. Ese día, el 5 de febrero de 1917, el trabajo y arduas discusiones de José María Cravioto, Félix Palavicini, Francisco Múgica, Heriberto Jara, Luis G. Monzón, Jorge E. Von Versen habían llegado a su final. Ellos eran los herederos de Ponciano Arriaga, Francisco Zarco, León Guzmán, Guillermo Prieto, Santos Degollado, Manuel Doblado, Ignacio L. Vallarta, Vicente Riva Palacio, creadores de la constitución de 1857. Todos fueron poseedores de una vasta cultura y tenían gran conocimiento de los problemas nacionales y de las necesidades sociales del país. Pero en ambos casos, hoy perdidos en el recuerdo no dejan de ser más que nombres en las calles mexicanas. El filósofo y ensayista español José Ortega y Gasset, decía con sabiduría, que conocer nuestro pasado es el tema de nuestro tiempo, porque es la mejor forma de entender nuestro presente y programar nuestro futuro.

Carranza aceptó nuestra Carta Magna a pesar de que no habían triunfado muchos de los conceptos que él había promovido y poco después fue signada por el cieneguense que así se comprometía a respetarla. Empezábamos a dejar de ser un país anárquico, sin respeto por las leyes. Triunfaba la experiencia regional.

 
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