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  Edición 613
  Como quería Octavio Paz
 
Jaime Torres Mendoza
   
  Sabio como era, Octavio Paz sostuvo siempre que era necesario en este país volver una revuelta. No se asusten los enquistados en las estructuras de poder, el poeta no se refería a una revolución armada sino a un volver a ciertos valores del pasado que hoy nos permitirían resignificar nuestra contemporaneidad.

Veamos algunas razones. Una sociedad —como la nuestra— entrenada sistemáticamente en el culto a la autoridad, ha creado un tipo de ciudadano que se disciplina de manera indiscriminada en la observancia de esta regla a tal extremo, que su actitud raya en la sumisión más humillante que un individuo puede experimentar, acabando con toda la dignidad de la persona, cancelando sus expectativas de una vida en libertad por una práctica de meros autómatas, espiritualmente desmoronados, con apego y fe absolutas a la autoridad en turno, como si no hubiera otra opción.

Por supuesto este mal no nos viene de ahora; nos sorprendieron los signos de cambio que han ido ocurriendo en el devenir de la historia. Y en esa sorpresa no nos dimos cuenta que la población fue desvalijada de sus derechos para tener acceso al bienestar social. Sin enterarnos siquiera, se insertó en nuestro quehacer una práctica política basada en criterios egoístas para buscar el beneficio personal o de grupos que entendieron la política como un negocio propio.

En ese contexto, una nueva clase con un renovado status político, despótica y voraz, terminó por consumar una injusticia repetida sistemáticamente contra una población desposeída, de todo, sin autonomía para pensar, sin libertades que ejercer.

El origen de todo esto es haber seguido un modelo de desarrollo colonial basado en el sometimiento hacia la metrópoli, basado también en una serie de valores fetichistas, carente de un proyecto orientado hacia lo nacional cuyo propósito fundamental consistiera en anclar con lazos firmes en el suelo nuestro; es decir, se olvidó nuestra historia, nuestros valores de origen.

En pleno siglo XXI seguimos siendo colonia sometida a múltiples presiones de las múltiples metrópolis de las que no podemos romper el cordón umbilical. En una práctica cotidiana semejante al dogma, admitimos como un hecho consumado que la mayoría de nuestros problemas nos vienen de una situación de crisis en el mundo entero. Recurrimos al método fácil y castrante de considerarnos víctimas.

Pero eso es sólo una parte de nuestro problema. El verdadero es que no nos conocemos y por ello no logramos reconocernos en nosotros mismos. Ignoramos el sentido de nuestro ser. A pesar de la riqueza histórica y de los valores que poseemos como nación, tenemos la sensación de no pisar suelo firme. No logramos comprendernos como sociedad porque los caminos que seguimos no son los indicados cuando desconocen o niegan nuestro pasado; es decir, nuestra herencia.

Hay un momento crucial en la vida de los hombres, de los pueblos, de las sociedades, de las civilizaciones; ese momento es el instante en que desaparecen. Se dejan morir. La causa no es un enemigo que venga de afuera, más fuerte y más poderoso ante el cual sucumben. No, la causa profunda proviene del mismo hombre, pueblo, sociedad o civilización. Surge cuando se ha agotado o se ha perdido su impulso creador y su motor vital ha detenido su marcha para seguir indicando el rumbo a seguir.

Somos un país desarticulado que a diario representa una obra ajena a sí mismo, en donde cada personaje intercambia rostros, nombres y actitudes, dejándolos sin la esencialidad de la identidad, donde los escenarios tienen como base constructiva el azar, sin la más mínima relación con la obra representada arrojando como resultado una decoración que crea la sensación de estar en otro escenario, ajeno y extraño a lo que este país es en su más dolorosa intimidad.

Hay qué reconocerlo. Este es un país donde la cultura de la sensiblería cultivada y reforzada desde la televisión, casi único medio por el que opta el mexicano para entrarse de lo que pasa en el país, es cosa corriente que nos desbordemos en llanto inconsolable ante los dramas de escenografía que nos presenta la pantalla chica, pero pasamos indiferentes ante las matanzas cotidianas que siembran terror e incertidumbre; nada nos dice la situación de drama de los migrantes utilizados como estrategias políticas para que se acomode el poder; indiferentes somos si nos hablan de las fosas clandestinas que aparecen como yerba mala en campo florido Y...

Duele, ¿no es cierto? Pone los pelos de punta saber que en el seno de mi país, los vencidos políticos, los vencidos ciudadanos, los vencidos todos, sometidos por el filo de la espada de la retórica más estrafalaria y vulgar que todos los gobiernos que han administrado el país utilizan como vía de explicación del mundo.

El ciudadano incompleto, el fragmentado, al que le hicieron pedacitos su conciencia, es el que anda por ahí, dispuesto a comercializar su voto a cambio de la humillante membrecía de los partidos políticos a cambio de una despensa miserable, de un bulto de cemento, de un tinaco, de unas cuantas varillas, de unos bloques, de unos tacos de barbacoa el día de las elecciones para dejar asentado el voto que legitimará el ascenso al poder de un miserable politiquillo con aspiraciones de sanguinario gánster.

¿No es esto una dolorosísima tragedia al mismo tiempo que una vergonzosa postura ante los hechos que nos agobian?

Lo es ciertamente. Por eso urge un retorno a nosotros mismos, a nuestro pasado, como quería creador de El laberinto de la soledad; no para revivirlo e imponerlo como sistema de vida y proyecto de nación, sino para que esta vuelta al pasado se convierta en un soporte firme para crear proyectos forjados en el conocimiento real de nuestra multiplicidad de herencias histórico culturales.

¿Por qué nadie del poder ha leído a Octavio Paz?

Hoy, pues, tenemos la urgencia de una re-vuelta, una vuelta al pasado, porque si tenemos un conocimiento pleno de lo que fuimos, estaremos en mejores posibilidades de soportar los embates del exterior y manejar, de la mejor manera posible, los problemas internos, los que nos destruyen; pero, sobre todo, sabremos que buena parte de nuestra situación nos viene de nosotros mismos, de esos males que nos echamos a cuestas cuando elegimos autoridades.

Conociéndonos, con fundamento en la conciencia, podremos emprender mejores y más firmes proyectos de nación, sin necesidad de los rufianes que nos agobian.

 
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