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  Edición 613
  Carroña bolivariana
 
Edgar London
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  Latinoamérica sigue enquistada en el pasado. Levantamientos populares, golpes de estados, guerra fría, dictadores totalitarios y la perpetua ausencia de diálogo que es suplantada, en cambio, por la violencia en las calles, nos convence de que naciones como Venezuela son, no el espejo, no la remembranza, sino la continuación de los peores regímenes políticos que desangraron a la mayoría de los países al sur del Río Bravo, durante principios y mediados del siglo pasado.

Un siglo después, en la tierra de Bolívar, nada ha cambiado. Mientras un figurín juega a inmortalizarse en la presidencia, otro busca derrocarlo con el apoyo foráneo. En tanto, las misiones militares encubiertas, las operaciones de espionaje, los arrestos arbitrarios y el uso de fuerzas paramilitares o agentes encubiertos son el pan nuestro de cada día… pan que brilla por su ausencia en la mesa de tres cuartas partes de la población. La misma población que es manipulada por uno y otro bando y siempre, pero siempre, lleva las de perder.

La «Operación Libertad» terminó por convertirse en «Operación Fracaso». Puede que la oposición en Venezuela lo describa en términos más alentadores y anuncie la continuidad de la lucha, el reclamos de la justicia, la defensa de la democracia y otro sinfín de eslóganes que, curiosa y paradójicamente, suenan idénticos a las frases del gobierno, pero la realidad es que, al final de una jornada marcada por el pánico y los enfrentamientos, Nicolás Maduro sigue en el poder y los únicos afectados tras la revuelta fueron los ciudadanos que ahora se encuentran encarcelados —las cifras oficiales manejan 83, pero es de presumir que sean, al menos, el doble— junto a los familiares de heridos y fallecidos. Acá otro punto a destacar, al momento de escribir estas líneas sólo anuncian una víctima mortal. Seguramente, antes de que el presente texto llegue a sus manos, ese número se habrá incrementado.

Para mal, que nunca para bien, Venezuela, otrora una de las naciones más ricas del continente y cuya reserva de petróleo es la única razón por la que tantos gobiernos extranjeros —con Estados Unidos y Rusia a la cabeza— se «preocupan» por su situación, se ha convertido en una de las regiones más pobres del planeta y aunque sus líderes pregonan su compromiso con el pueblo, es difícil creerle cuando atestiguamos tanquetas blindadas, al servicio del susodicho gobierno, atropellando a manifestantes desarmados en la calle.

Hoy, creer en el patriotismo de Nicolás Maduro es tan ridículo como admitir la solidaridad de Donald Trump. El resentimiento político y la falta de garantías democráticas hace mucho que condicionó el escenario bélico. La pugna por el poder, entre Nicolás Maduro y Juan Guaidó —con Leopoldo López a un lado— ya hace mucho que sobrepasó el objetivo iniciático de mantener o ganarse el máximo puesto en el gobierno. Se trata, literalmente, de una riña a muerte. Ambos saben que la cárcel sería el menor de los castigos para cualquiera de los implicados que termine perdedor y sea atrapado. Aunque, a puertas cerradas, en la oscuridad de una mazmorra venezolana, quizás la muerte se presente como una opción bastante piadosa.

Por si no bastara, alrededor de este conflicto sobrevuelan como buitres otras naciones, en espera de embucharse un pedazo de la víctima en ciernes. Estados Unidos, Colombia, Rusia, Cuba, por citar los más evidentes, siguen muy de cerca los acontecimientos, a sabiendas de que una consecuencia adversa impactaría directamente en sus propios intereses. Por el contrario, de mostrar apoyo al bando vencedor, más temprano que tarde terminarían por cobrar sus dividendos y se llevarían un trozo de carroña bolivariana. Petróleo y contubernio político, para ser exactos.

¿Y México? Pues con la vista puesta en las nubes y los dedos cruzados tras la espalda porque, si algo resulta harto conocido en pleno siglo XXI, es que la imparcialidad no tiene espacio en la política y las declaraciones del presidente a nadie convence. Cuestionado sobre la posición del gobierno frente a la crisis venezolana, López Obrador sacó de la manga al Benemérito de las Américas. «Apego a nuestra constitución, no intervención y autodeterminación de los pueblos y solución pacífica en los conflictos, no intervenir en estos casos, es muy clara nuestra postura, deseamos que haya diálogo, que se respeten los derechos humanos, que no se apueste a la violencia en todos los países del mundo, pero no intervenimos porque el respeto al derecho ajeno es la paz», dijo. Nunca la frase de Juárez había sido tan oportuna y, en boca de Obrador, nunca había sonado tan cobarde.

 
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