Espacio 4
Ediciones:
  Facebook Twitter
Inicio Sociedad Reportaje Gobierno Medios Luces y sombras Opinión Firmas El pez en el agua
 
 
  Edición 613
  Necesitamos estadistas
 
Esther Quintana Salinas
   
  La democracia se colapsa cuando se desdibuja el viejo principio romano de la auctoritas sustentado en la experiencia y el conocimiento, toda vez que del mismo deviene la legitimación de las instituciones. Hoy ni en cuenta, por eso cualquiera llegado al cargo público se da aires de lumbrera y cree que el mundo es suyo. Y no resulta complicado hacerlo, la política ha sido convertida en un enjambre de agravios, de dimes y diretes, en el que como decía mi tía Tinita el que tiene más saliva traga más pinole. Se ha ido infestando de demagogos profesionales, cuyo interés primerísimo es pasar a la historia como redentores del pueblo.

Lo que esto ha generado es una polarización de la política, basada en el todo o nada, en la victoria o la derrota gracias a que hoy las redes sociales permiten cuantificar opiniones de una manera inconcebible en otros tiempos, sembrando banderitas de enganche a «causas» a conveniencia. Y entonces esto ha ido empujando a participar en la vida política pero como si se tratara de un juego de futbol, dejando a un lado los aspectos cualitativos, tan relevantes en un ámbito de toma decisiones trascendentales como es el político. Esto se denomina democracia demoscópica, que estriba en poner de moda un movimiento X porque «refleja» el sentir de la gente.

Nada más vea usted algunas «pavadas», como dicen los argentinos para referirse a soserías, pero que dicen mucho de la «anemia» que mata a muchos de los que llegan a un cargo público, el sainete representado por la senadora Jesusa Rodríguez para manifestar su «preocupación» por la defensa del maíz, o la iniciativa de la diputada María de Lourdes Paz Reyes quien propone clausurar los negocios que vendan cerveza fría en el interior de sus locales o en la vía pública, para desincentivar el consumo.

No hay estadistas de la talla de Shimon Peres. Escriben sus biógrafos que cuando tenía 27 años fue puesto al frente de la Marina de Israel, pero no hablaba ni na sola palabra de inglés, ¿qué hizo? Se pagó clases particulares de su bolsillo para aprenderlo, alegando que su desconocimiento del idioma extranjero estaba justificado, pero que una vez puesto en el cargo público, ya no. Era experto en temas de inteligencia, intercambiaba información sensible con las potencias occidentales por recursos tecnológicos para desarrollar la ciencia en su país, ergo, era indispensable hablar inglés. Esto es ocuparse.

Necesitamos un estadista, aunque sea uno, en México. Si sabe de economía, mucho mejor, aunque esto no es lo sustantivo, cuenta, pero no es lo principal. Nuestra miseria hoy más que económica o financiera, es cultural, ética y política, la de los dineros deviene de estas. Lo que pesa hoy día en este país es el creciente deterioro de las instituciones públicas, la corrupción rampante y la soberbia de quienes nos gobiernan.

En el mundo actual, el estadista es consecuencia de la democracia. El estadista consolida la República, organiza y fortalece las instituciones, y con ello provee la seguridad y la paz pública, la justicia en la sociedad y el desarrollo de los valores cívicos. No desatiende la coyuntura, pero tampoco se agota en su tratamiento, la ubica eso sí, en un proceso insoslayable de avances y retrocesos y en un proyecto de país que está en la historia anticipada que su intuición y su visión han diseñado. Me parece que la tarea más relevante de un estadista es conjugar en plural las diversas aspiraciones de los diferentes sectores de la población, sin duda contradictorias, muchas veces, y quizá excluyentes en ocasiones, pero igualmente legítimas. Ahí es donde debe desplegar sus conocimientos, su experiencia de vida y trayectoria, su sabiduría, sus dones de conciliador y su intuición. Verbi gratia, Margaret Thatcher, una de las estadistas más destacadas a nivel mundial, entre 1979 y 1987 se enfrentó sin titubeos y firmeza a la izquierda y a los sindicatos, haciendo gala de valores tradicionales de la clase media que también entraron en conflicto con los de la alta, tan enraizados hasta entonces en la sociedad británica, y los resultados fueron a favor de Inglaterra.

Un estadista debe ser también un experto conductor de la realidad, con ideas definidas y objetivos de corto y largo plazo. El primer deber de un hombre de Estado no es imaginar gobiernos perfectos, sino «impulsar medidas de sencilla y segura implementación», esto lo escribió Aristóteles 200 años antes de Cristo. El estadista está sabido de que la marcha de la sociedad no está sujeta ni a sus ideas ni a sus aspiraciones, si no a las de las fuerzas sociales y materiales que interactúan en el proceso histórico y que lo que él hace es dejarle su impronta. ¿Cómo? Acelerando los procesos, facilitando la consecución de sus objetivos, contribuyendo a despejar el trayecto, pero jamás a detener la marcha de la historia. El éxito en mucho se da por la capacidad, el talento y las cualidades personales de quienes dirigen.

Me viene como ejemplo de lo expresado, la actuación memorable de un gran estadista alemán: Konrad Adenauer. Su probado amor por la libertad, su austera conducta y firme sentido de la paz y la justicia, y haberse llevado a su gobierno un brillante economista como Ludwig Erhard, permitieron levantar a una Alemania deshecha en la aventura totalitaria de Adolfo Hitler en 1945, el escenario era devastador, ciudades arrasadas, desmanteladas sus fuerzas armadas, su economía por los suelos. En pocos años lograron levantarla de la postración y además Adenauer extendió su destacada gestión para cimentar la construcción de la paz y la asociación para el diseño de lo que hoy es la Unión Europea. Nació el espíritu de solidaridad para el bien común. Eso solo lo logran los estadistas.

Y es que estar por encima de divisiones partidistas y de los diversos sectores que conforman una sociedad que demanda firmeza, determinación y claridad de miras, y además asumiendo a cabalidad responsabilidades, no se le da a cualquier hijo de vecino. El filósofo y ensayista español, don José Ortega y Gasset, escribió en 1927 Mirabeau o el político. En su texto expresaba que había estadistas de dos clases: escrupulosos y pusilánimes; «el hombre de Estado» debe tener lo que Ortega llama «virtudes magnánimas» y carecer de las «pusilánimes». Así de claro.

El estadista debe además de conocer la ley, acatarla, para que los demás no tengamos ninguna duda, de que estamos obligados a cumplirlas. También deben ser justos y pacientes, pero enérgicos y echados para adelante cuando toman una decisión, para eso se les da el voto y con ello, la confianza en las urnas. El estadista no es un mesías, sino un hombre de carne y hueso con la sensibilidad y la preparación idóneas, que toma las riendas de una nación en el momento preciso y en el lugar indicado. Su personalidad está orientada hacia el poder y hacia la adaptabilidad del cambio, no son cortoplacistas, tienen alcance para ver más allá que el común de los mortales. Su visión del mundo, ideología y creencias, adquiridas en el trayecto de su desarrollo personal, por lo general corresponden a las características de la crisis que le toca enfrentar. Se trata de un gobernante eficiente y eficaz por excelencia, porque es un fiel intérprete del interés de su nación. Ah… y tiene otra virtud, es capaz de aprender de sus errores y de la Historia.

Los estadistas son grandes políticos, porque a diferencia del común de quienes se dedican a esta fascinante disciplina, logran sintetizar en una sola persona las cualidades sine qua non de un político exitoso: sagacidad, prudencia, pragmatismo, habilidad para obtener consensos y bordar acuerdos y don de la oportunidad. Todo esto sirve para lograr cohesión en su propio partido, equilibrio en el Estado y unidad en la nación. Sin esto, ni se solucionan crisis ni se avanza en la transición.

No encuentro, y lo digo con todo respeto, en la actual presidencia de la República al estadista. Solo veo a un hombre que ganó la elección con 30 millones de votos, muchos de ellos motivados por el hartazgo de tanta corrupción e impunidad, pero que no tiene intención siquiera de sumar a los millones que no votamos por él o que ni siquiera acudieron a sufragar, que se ha rodeado a diferencia de Adenauer de personas que a lo mejor tienen buenas intenciones pero no están preparadas para el cargo que se les confirió, que tomó a otras verdaderamente impresentables para llegar al poder, que adora el deleznable presidencialismo y por ello no respeta la división de poderes, que se dice y se contradice casi a diario, que detesta a quienes piensan diferente que él, que siente y además se ostenta como si llevara la razón inmersa en su persona, que quiere imponer su visión de país en mucho apoyado por la fuerza que le da la mayoría legislativa que posee su partido —suyo de su propiedad—, que le importa un bledo la educación de calidad de millones de niños y jóvenes, que su lucha contra la corrupción es de lengua… y por muchas cosas más que como mexicana y ciudadana, al margen de mis filias partidistas, me llevan a pensar que López Obrador no es el hombre que México necesita en esta realidad que hoy tenemos.

 
Otras publicaciones
En su mundo…
¿Volver a la selva?
Los lenguaraces están de moda…
Renovarse o morir, no hay de otra
Dos venenos redivivos: Fascismo-populismo y fanatismo
¿Y los de adentro…?
De lo que estamos faltos…
Mucho ruido y pocas nueces
Se parecen…
Primero es México
Educación y política
Hoy así... ¿y mañana también?
La Guardia Nacional de Andrés Manuel
¿Quién paga?...
Educación con principios democráticos
Recuperar a México, pero en plural
¿Cómo es el México en el que usted vive?
Conjugar en plural… a ver si quieren
Las lecciones que nos negamos a aprender…
¿A quién le importa el futuro?
   
Publicidad
 
Espacio 4 © 1995-2019. Todos los derechos reservados Espacio Editorial Coahuilense, S.A. de C.V.

De no existir previa autorización, queda expresamente prohibida la publicación, retransmisión, edición y cualquier otro uso de los contenidos.

Ir arriba