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  Edición 612
  ¿Y los intelectuales?
 
Jaime Torres Mendoza
   
  Tengo en mis manos dos volúmenes de poesía que han logrado irritarme hasta el límite de lo impensado. Son dos libros que fueron hechos mediante una beca, de esas que otorga el dios Conaculta para crear escritores de la nada y, de paso, desperdiciar sin cargo de conciencia alguna los recursos públicos de este país.

Los libros hubieran pasado de largo en mi consideración si no fuera porque, precisamente, en su proceso constructivo pasaron por utilizar dinero de todos. Son libros sin sustancia, ocurrencias casi que no resisten el más mínimo abordaje crítico. Crítica, esa es la clave y sobre eso quiero bordar mi artículo.

Octavio Paz, el intelectual más feroz y de horizontes más críticos que hemos tenido en la historia del arte mexicano, se refería a la crítica como a un acontecimiento de palabras mayores, pues representa a la gran conquista de la edad moderna. La civilización se ha fundado, precisamente, sobre la noción de crítica.

La crítica es tan importante que nos lleva a otra noción de máxima jerarquía: el pensamiento y la libertad para pensar. De hecho, un pensamiento que renuncia a la crítica, no es pensamiento.

La crítica es una experiencia empírica de cualquier observador condicionado a las cambiantes contingencias a que son sometidos los fenómenos en el mundo social donde se mueve un individuo.

Es así porque la crítica no es patrimonio de un individuo, de un grupo o de una sociedad; es una función inherente a todos los hombres y tiene que ver con un sentido de mayor o menor grado de perceptibilidad de los fenómenos que ocurren a su alrededor. Implica una actitud consciente de los procesos emocionales e intelectuales que suscitan tales fenómenos y ante los cuales la crítica es sólo es una respuesta.

La crítica, considerada como una suma de experiencias subjetivas y objetivas que permiten alcanzar un cuadro de valores explícitos de los fenómenos que se examinan, nunca se vale de un mecanismo cómodo, apresurado y ausencia de esfuerzos reflexivos. Por el contrario, aspira a ser ella misma el vehículo ideal para desentrañar los mecanismos que forman la trama de lo que ocurre en una sociedad viva.

La crítica ejercida con rigor es vocera de una época, del pensamiento de un grupo humano específico, contribuye a difundir cánones de doctrinas nuevas con qué valorar el tiempo y la vida de esa sociedad.

Esto reitera la importancia de la crítica pues en la vida práctica no existen lugares ni momentos ideales; tampoco hay escenarios mejores o peores. La cuestión del vivir bien reside en el modo de acomodarse a las circunstancias en que el hombre en sociedad se ve envuelto y el trato que se mantiene con los demás.

Pero la clave de todo eso está en el hecho de no perder de vista que, desde la perspectiva crítica, el verdadero hogar del hombre es él mismo; más aún, donde mora su pensamiento, único vehículo ideal para ejercer la crítica.

La noción de crítica que sostengo mantiene una actitud frontal contra cualquier programa normativo emitido desde una autoridad. No se desentiende del mundo sino todo lo contrario, quiere llegar a él desde una postura comprensiva y un ánimo intelectual fortalecido por una serena reflexión para entenderlo y manejarlo mejor.

Todo hombre de genuinas ideas y auténtico compromiso social, tiene la obligación de participar en la cultura transformándola en un acto político, en el buen sentido del término, es decir, social. Su participación debe estar encaminada a desmitificar, aclarar y desarrollar su capacidad de influir en las decisiones del poder, cualquier poder, que tengan como fin último el beneficio de la mayoría.

Bueno, ese ejercicio de crítica corresponde hacerlo a los intelectuales; son ellos quienes deben poner en duda las ideologías imperantes que enajenan la vida colectiva; son ellos quienes tienen la obligación de destruir las visiones conformistas del resto de los miembros de la sociedad. Es su deber.

Y lo es porque a lo largo de su vida son los que han cultivado su pensamiento de manera pausada y libre, que mantienen una actitud de inconformidad frente a lo establecido fundado en las ideas, porque representan el intelecto humano, pero, sobre todo, porque representan y forman parte del gran discurso de la razón, de la indagación, de la sensibilidad e imaginación del género humano. Son la memoria organizada de la humanidad, son los depositarios del aparato cultural que ha sido creado; más aún, ese aparato cultural es sostenido por ellos porque son, como ya dije antes, la memoria organizada de la humanidad. Ni más ni menos.

Intelectuales son aquellos que producen el mundo simbólico del hombre a través de la ciencia, la religión y el humanismo; es decir, los creadores, sean escritores, pintores, músicos, filósofos, científicos, algunos editores y periodistas, y la mayoría de los catedráticos.

Por definición el intelectual es un ser comprometido y responsable. Es consciente de su papel de crítico. Es quien perturba la paz de las sociedades aparentemente apacibles porque desenmascarando y desmitificando todas aquellas situaciones de un mundo irracional, le devuelven su sentido de escenario posible para la vida.

Característica del intelectual es el cultivo de su pensamiento, el mantenimiento de una actitud crítica y de inconformidad ante todas las cosas, aunque parezcan buenas para una sociedad viva.

Bueno, todo este largo comentario obedece a que, como ya dije antes, tengo en mis manos dos libros irritantes. Dos libros hechos por intelectuales, según sendas solapas donde se privilegian sus virtudes.

Mi irritación obedece a que, si un intelectual se confronta con la crítica de manera tan cómoda, su postura de intelectual se derrumba pues un intelectual así desarrolla una sensibilidad epidérmica que lastima y por eso prefiere el discurso laudatorio de un libro que no dio nada y que a él tanto lo reconforta.

A un intelectual así, de comodísima actitud, la crítica se le ha convertido en un asunto de alta vulnerabilidad. Un intelectual así se ha convertido en un sujeto sin conflicto, sin actitud de batalla y sí de represión.

A un intelectual así, que escribe libros mediante comodísima beca pagada con los recursos públicos, le es vedada la posibilidad de poner al descubierto que hay algo demasiado podrido en este reino de autoridad en crisis, como es nuestro país, que promete a diario el paraíso que sólo existe en la pequeñez de su pensamiento político.

 
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