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  Edición 612
  Del Departamento de Glosa a la Auditoría Superior del Estado
 
Juan Antonio García Villa
   
  En 1982 fui por primera vez diputado al Congreso de Coahuila, el primero en la historia de Acción Nacional en esta entidad. Ahora en la LXI (61) Legislatura lo soy de nueva cuenta. Entonces como hoy tiene este órgano legislativo la muy importante función de revisar las cuentas que de su gestión financiera le deben rendir tanto el gobierno estatal —de todas sus dependencias, cualquiera que sea la naturaleza jurídica de éstas— como los 38 ayuntamientos del estado.

Es obvio que los legisladores locales no revisan directa y personalmente las cuentas del gobierno. Sería prácticamente imposible que lo hicieran. Se valen para ello de un órgano técnico que entonces se llamaba Departamento de Glosa del Congreso. El Reglamento Interior del Congreso del Estado promulgado en febrero de 1940, atribuía en su art. 194 a dicho Departamento «la facultad de examinar y glosar las cuentas de cobro y de inversión de los caudales públicos», en los términos previstos por la Constitución local.

Entre las atribuciones del Departamento de Glosa, según las enunciaba el art. 196 del mencionado Reglamento, estaba desde luego la de «revisar escrupulosamente los cortes de caja de cada municipio», así como las «nóminas, recibos y demás documentos que deba pagar la Tesorería General del Estado, de acuerdo con el presupuesto de egresos», y así otras atribuciones de naturaleza similar.

Establecía la fracción III del mencionado art. 196 que «en caso de que al verificar esta revisión aparecieran algunas irregularidades, el jefe de la Oficina de Glosa deberá ponerlas en conocimiento del Congreso, para que acuerde lo conveniente».

Tenía ese Departamento de Glosa del Congreso algunas funciones que hoy nos parecen extrañas, como la de «revisar mensualmente los libros de altas y bajas de la Penitenciaría del Estado, pasando revista a los reclusos cuando lo estime conveniente», y también la de «revisar la contabilidad del Hospital Civil, así como los libros de altas y bajas» de éste (art. 196, fracciones VIII y IX).

De acuerdo a lo que disponía el artículo 195 del referido Reglamento Interior, para el cumplimiento de sus funciones el Departamento de Glosa contaba con el siguiente personal: «un jefe de la Oficina, un subjefe contador, un ayudante del contador, un taquimecanógrafo y un conserje, cuyos nombramientos se harán por el Congreso en los (mismos) términos que el personal de la Secretaría», del propio Congreso. En total cinco empleados. ¿Cómo se compara este número con el total de empleados con que hoy cuenta el órgano equivalente? En otra ocasión se hará tal estudio comparativo, no ahora por razones de espacio.

Cuando a principios de la década de los 80 llegué por primera vez como diputado local, tenía pocos años de haber sido inaugurada la nueva sede de los legisladores en el Palacio del Congreso, ubicado sobre el Boulevard Francisco Coss de Saltillo. De hecho, aquella legislatura, la XLIX (49), fue la segunda en ocupar ese Palacio. En los primeros días me di a la tarea de buscar el lugar en que se encontraba, con sus cinco empleados, el Departamento de Glosa.

No lo localicé. Pero sí me llamó la atención que a quienes les preguntaba por él parecían no saber de qué les hablaba. Después supe la razón. Sucedía entonces que el Departamento de Glosa del Congreso, por inconcebible que hoy nos parezca, ocupaba un minúsculo espacio en el edificio de la Tesorería General del Estado. Fui a comprobarlo personalmente junto con mi compañero diputado panista David Dovalina, ya fallecido y fiel a la causa democrática hasta el final. Mayúscula fue nuestra sorpresa cuando no sólo lo comprobamos sino que además nos dimos cuenta de que el Departamento de Glosa estaba en un saloncito anexo a la oficina del titular de la Tesorería.

El Reglamento Interior del Congreso, ordenamiento de 1940 como ya se dijo, quedó abrogado y han sido expedidas con posterioridad sucesivas leyes orgánicas del Congreso. El viejo Departamento de Glosa desapareció y su lugar fue ocupado primero por la Contaduría Mayor de Hacienda y después por la hoy denominada Auditoría Superior del Estado.

¿Qué tanto se ha avanzado en Coahuila en materia de rendición de cuentas y su correspondiente fiscalización en los últimos 35-40 años? Es una pregunta interesante que amerita ser respondida con datos duros. De entrada, a través del método comparativo, es decir, lo que entonces se hacía, con qué recursos y lo que se obtenía, y lo que ahora se logra, con qué y cómo.

Un primer dato revelador es el siguiente: El Departamento de Glosa del Congreso del Estado, encargado hace cuatro décadas de «examinar y glosar las cuentas de cobro y de inversión de los caudales públicos», contaba para realizar su muy importante tarea exactamente con cinco colaboradores. Su equivalente órgano actual, la Auditoría Superior del Estado, dispone nada menos que de 263 empleados. ¿Se puede afirmar que hoy los resultados y logros en materia de rendición de cuentas, la revisión de éstas y la promoción eficaz de las acciones que procedan en los casos de detectar irregularidades son más de 50 o al menos 10 veces superiores a los resultados de hace cuatro décadas? Considero que ni remotamente.

 
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