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  Edición 612
  De lo que estamos faltos…
 
Esther Quintana Salinas
   
  En las postrimerías de los años 70, la filósofa y teórica alemana Hanna Arendt utilizaba el término «tiempos oscuros» para referirse a las repercusiones de la guerra y el sufrimiento humano. A ella le tocó vivir dos episodios amargos de su tiempo, la primera y la segunda guerra mundial. A Hanna la estremecía como habían dañado la humanidad los regímenes totalitarios que las habían provocado. Sabía también el costo que implica desafiar al opresor. Confrontar la violencia, desde la perspectiva de Arendt, supone un compromiso intelectual permanente, ya que al asumirlo se convierte en vigilante, porque hay ya eventos anteriores en los que ha quedado más que claro la devastación que esta arrastra consigo y se tiene que luchar para que no vuelvan a ocurrir.

Los problemas que vivimos hoy día —violencia, corrupción, discriminación, etc.— no solo son resultado de decisiones que toman los gobernantes, sino en mucho obedecen a la actitud pasiva y al silencio que la mayoría de la población asume, con la errada mentalidad de que «las broncas» de los demás no son asunto suyo, como si no vivieran en la misma comunidad y estuvieran exentos de ser víctimas en un momento determinado. Apuntaba el Dr. Martin Luther King que «lo preocupante no es la perversidad de los malvados sino la indiferencia de los buenos». Y habrá quien no actúe por ignorancia, y puede ser verdad, pero esto tiene solución: pregunte.

Si bien cada uno de nosotros es distinto en su individualidad, nos vincula nuestra condición de humanos. Pero nos vamos haciendo más distantes, pareciera que estamos prefiriendo ser ínsulas y no continente. Tenemos que reaprender a ser comunidad, mi generación tuvo esa maravilla, mis años niños transcurrieron en el seno de una que atesoro en mi corazón. ¿Qué cambió? ¿Que hoy somos un mundo de gente? ¿Que hoy ni sabemos ni nos interesa saber siquiera de quién o de quienes somos vecinos? ¿Que pasan años y se acrecienta ese desconocimiento? ¿Qué de bueno tiene? Me viene a la mente una de las estrofas de esa canción entrañable de Los Beatles, Hey Jude, que dice así: … «For well you know that it’s a fool who plays it cool, by making his world a little colder…» (Porque bien sabes que es un tonto quien juega a lo seguro, pues hace de su mundo un lugar un poco más frío). Y a eso «jugamos» en nuestros días.

Tenemos que abrirnos a la posibilidad de descubrir el impacto que tendrán nuestras palabras y sobre todo nuestras acciones, cuando nos permitamos aceptar que no somos ni dioses ni bestias, porque solo estas dos entidades no necesitan de nada ni de nadie, y empecemos a entender que continuar como espectadores indiferentes nos deshumaniza y que esta deshumanización que hemos venido alimentando en el día a día es en mucho causa y razón de esta violencia que está arruinando nuestra existencia. ¿O acaso usted piensa que el alza escandalosa de los índices de criminalidad es producto de la generación espontánea? ¿Qué los suicidios, la violencia doméstica, el desmembramiento de la familia, las adicciones a las drogas cada vez a edades más tempranas, la exigencia de la legalización del aborto, la prostitución inducida por los propios padres de sus hijos e hijas menores de edad, es obra de la casualidad? ¿Usted cree que son circunstanciales las raterías y las desvergüenzas de quienes ostentan un cargo público?

La filosofa norteamericana Martha Nussbaum dice que: «una sociedad que olvida acercarse al otro como a un alma, más que como un instrumento utilitario o un obstáculo para sus propios planes, no puede subsistir»; y es que la base de la democracia entendida como forma de vida es el respeto y el interés por el otro, que a su vez se sustenta en la capacidad de ver a los demás como seres humanos, no como cosas.

Una sociedad no se transforma por decreto, ni tampoco es resultado de un acto o varios actos de magia la convivencia pacífica, alcanzar esto demanda la generación de espacios de encuentro en los que podamos reconocernos y reconocer la humanidad de quien tengamos enfrente, implica también generosidad para salir de nuestra zona de confortabilidad para ponernos en los zapatos de otro y entender su realidad y la problemática que está viviendo. El amor no solo es el “eros” de pareja o el “philia” de familia y amigos, también es “ágape” sin más interés que conectarnos con otro desde su humanísima dignidad. Son tiempos para estar plenamente presentes y poner nuestro grano de área para la construcción de una vida mejor para los demás que viven en la misma sociedad que nosotros.

Cuando esto escribo me llega notificación de un periódico en el que se informa de que: «Un ataque a balazos contra una familia dejó un saldo de dos personas muertas y tres heridas, entre ellos dos niños de edad, en la vía pública del municipio de Córdoba, en la región centro de Veracruz...». Esas son las «edificantes» noticias que nos «hablan» de lo bien que estamos ¿verdad?

Y me entero también de que en Coahuila hay 30 mil adultos mayores abandonados por sus familiares… ¿Cómo? Pues así, renunciando a nuestra condición de seres humanos, sumergiéndonos en el océano que la mezquindad y la superficialidad van acaparando con el consentimiento de nuestra especie. No hay en la historia, en la larguísima historia del hombre sobre la faz de la tierra, civilización que haya podido sobrevivir a este embate. Los grandes imperios se derrumbaron cuando sus habitantes se permitieron toda suerte de excesos abdicando de los principios y los valores que le dan sentido a la vida y que fortalecen los vínculos entre los seres humanos. A la primera que infestaron fue a la familia, lo demás fue pan comido.

Me encanta el poema del novelista, ensayista y músico brasileño Mario Andrade, «Mi alma tiene prisa», porque dice mucho y cuanto de lo que vamos sintiendo cuando la madurez va llegando a nuestras vidas, del tiempo perdido y del tiempo futuro, de lo que vale la pena vivir y de lo que solo es paja, de los sueños y esperanzas equivocados o acertados… de cuanto vamos aprendiendo y luego tenemos que desaprender porque no nos sirve para nada, salvo para hacernos infelices y contribuir a que otros lo sean.

Releer al poeta, hoy que me apesadumbra lo que estamos haciendo en nuestro país o permitiendo que otros hagan, fue como un bálsamo para mi espíritu; repasar los versos escritos con tanta sabiduría, sencillez, contundencia y maestría… ¡Que descripción tan puntual de lo que debiéramos mandar al carajo sin pensarlo dos veces! Lea usted, por favor: «Ya no tengo tiempo para soportar a personas absurdas que, a pesar de su edad cronológica, no han crecido. Ya no tengo tiempo para lidiar con mediocridades. No quiero estar en reuniones donde desfilan egos inflados. No tolero a manipuladores y oportunistas. Me molestan los envidiosos, que tratan de desacreditar a los más capaces, para apropiarse de sus lugares, talentos y logros…»

No fue un hombre de nuestro tiempo… pero los tiempos son cíclicos… qué especie tan imperfecta la nuestra. Mario Andrade nació en 1893 y murió en 1945, pero dígame usted, generoso leyente, si lo que dice en su poema no es vigente en nuestros días… Lea esto por favor, siempre será aspiración: «Quiero vivir al lado de gente humana, muy humana. Que sepa reír, de sus errores. Que no se envanezca, con sus triunfos. Que no se considere electa, antes de hora. Que no huya, de sus responsabilidades. Que defienda la dignidad humana. Y que desee tan sólo andar del lado de la verdad y la honradez». ¿No quiere usted esto para su vida, para nuestro país?

Adoro la edad que tengo, de hecho, siempre he amado mis edades, pero esta es la de los años dorados, ésta en la que ya tienes claro que son más importantes los abrazos cálidos, las sonrisas abiertas, las miradas sinceras, que cincuenta mil explicaciones y justificaciones. Y es que se trata de vivir sin ponerle filtros a la realidad, mirando de frente el camino que estamos recorriendo. Y es que ya lo vivido nos ha hecho entender que no somos jueces de nadie, y que a las personas se les quiere por lo que son, porque si no eres capaz de eso, es que no las quieres… y además sufres de ese mal deleznable que es la arrogancia.

Me quedo con mis dulces, los que Dios me regaló y hoy igual que lo expresa el poeta: «Me siento como aquel niño que ganó un paquete de dulces, los primeros los comió con agrado, pero, cuando percibió que quedaban pocos, comenzó a saborearlos profundamente…». Y si les comparto a mis nietos me saben mucho mejor. No tengo el mínimo deseo de renunciar a nada de esto.

Felices Pascuas de resurrección… Dios está con nosotros.

 
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