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  Edición 612
  Un error para celebrar
 
Marcos Durán
   
  Una creencia ampliamente difundida es que Cervantes y Shakespeare murieron el mismo día, un 23 de abril de 1616. Los expertos han rechazado esto, asegurando que el «Manco de Lepanto» murió el 22 de abril y fue sepultado al siguiente día. La causa, la diabetes. De Shakespeare conocemos que murió de cáncer un 23 de abril, solo que del calendario Juliano, utilizado entonces por Inglaterra como parte de las interminables disputas religiosas con El Vaticano, que impulsaba la utilización del calendario Gregoriano que hoy rige a casi todo el mundo. Así que «El Bardo de Avon», murió en realidad un 3 de mayo del año 1616.

No es la primera vez que la historia se equivoca. Todos celebramos el nacimiento y muerte de Jesús en fechas erróneas y ni quien se queje. Es por eso que conmemorar el «Día Internacional del Libro», en la fecha en que se cree murieron los dos grandes nombres de las letras universales, es un error para celebrar. La UNESCO la ha decretado como un incentivo para lograr un mundo lleno de ciudadanos más cultos, más libres.

Y es que ¿puede imaginarse un mundo sin libros? Los libros derrumban mitos y muros, permitiendo que millones de personas descubran la verdad de las cosas. Leer, aprender, descubrir, son las únicas oportunidades de cambiar la realidad y su maldita costumbre de asesinar nuestros sueños.

Los libros son la oportunidad de dejar atrás la oscuridad que provoca lo que para Sócrates era y sigue siendo el «origen del mayor de los males del mundo y origen también de todos los demás: la ignorancia». Los libros, los buenos libros, logran acabar con dogmas, sacuden conciencias y pueden ser como escribió Kafka «El hacha para el mar congelado en nosotros».

Sin los libros, habría sido imposible entender a Newton y la más democrática de todas las leyes, la de gravitación universal, que establece que todos los objetos se atraen unos a otros y que todo lo que sube, tiene que bajar. Tampoco entenderíamos que no somos, no hemos sido, ni tampoco seremos el centro del Universo, como denunció Galileo. Es por El Origen de las Especies, libro escrito por Charles Darwin que sabemos que los humanos no descendemos de Adán y Eva. Es gracias al conocimiento adquirido en los libros por Einstein que pudo imaginar que existe una curvatura en el espacio-tiempo y que el Universo se expande. Sin los libros, no conoceríamos a Homero y la antigua Troya en La Ilíada y La Odisea y Sherezada no habría contado cuentos al Rey Schariar en Las mil y una noches. Sin La Biblia, el segundo libro impreso de la historia, no conoceríamos la vida y obra de Jesús el Nazareno y su muy difundida pero poco aceptada premisa de «Amaos los unos a los otros».

Fue un libro lo que permitió a Oscar Wilde dar a El retrato de Dorian Gray la eternidad que tanto buscaba y fue también gracias a los libros que conseguimos viajar a los confines del Universo en «naves de la imaginación» como sugirió Carl Sagan en su libro Cosmos: un viaje personal; es la lectura la que nos ayudó a descender a la profundidad de los mares junto a Julio Verne y el Capitán Nemo. Ha sido gracias a los libros que supimos de un oscuro escritor de Baltimore llamado Edgar Allan Poe y de la lejana y siempre convulsionada Rusia de la guerra y la paz de Tolstoi.

Porque sin los libros, no estaríamos celebrando la vida y llorando la muerte del gran Gabriel García Márquez, cuya obra nos ayudó a rechazar la realidad como un hecho irrevocable. Sin el conocimiento que encontramos en los libros, seríamos aún peores como humanos y nuestro mundo estaría aún más destruido. Celebremos el Día Internacional del Libro con la premisa de que lo único que podemos perder, es la ignorancia.

 
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