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  Edición 611
  ¿Clientismo político al estilo romano?
 
Jaime Torres Mendoza
   
  En más de una ocasión he manifestado mi punto de vista respecto a la historia como objeto de conocimiento. Pienso que sólo sirve si se hace una re-lectura de diferentes lecciones que de ella pudieran obtenerse. Si no es así, esa disciplina es cosa muerta.

El apunte viene a colación porque quiero hacer un comentario de un asunto contemporáneo pero asociado a un evento del pasado.

Comienzo. Roma, en su significación imperial, nos dejó algunas cosas muy interesantes. Con Roma, las civilizaciones que recién habían dejado la prehistoria, conocieron nuevas formas de convivencia. Por ejemplo la noción de Jus (ley), le dio al individuo estatus de ciudadano y abandona la noción del hombre ideal que tenían los griegos. Sólo con eso Roma vuelve al hombre concreto, le otorga nombre y con ello lo convierte en un ser único e irreductible. Dueño de derechos y responsabilidades.

En Roma, el fundamento del Estado era la familia y el de la familia, el matrimonio. Mujer, hijo y hombre eran muy importantes en Roma. La mujer, por ejemplo, si bien estaba asociada a la vida de su marido, gobernaba su casa, se le felicitaba en público porque llevaba el gobierno del hogar. Compartía los honores que se le tributaban al esposo, aparecía con él en ceremonias, juegos, diversiones en el anfiteatro, el foro y el circo. En la casa no estaba confinada a las habitaciones, como ocurría con la mujer griega.

El hijo recibía el apellido del padre una semana después del nacimiento. Era educado por la madre hasta el día en que iba a la escuela; su sello distintivo en ese periodo era una bula, una especie de bolsita que contenía amuletos contra algunos males, como parte de un atuendo llamado toga pretexta. Conservaba ese objeto hasta que recibía la toga viril, por la cual era declarado mayor, aunque continuaba bajo la potestad del padre.

En la escuela, el hijo aprendía a leer, escribir y contar. Los hijos pertenecientes a la nobleza romana no iban a la escuela pues tenían un preceptor en casa que les enseñaba a leer, escribir y contar; pero además a su formación sumaba el aprendizaje de música, gimnasia y la literatura porque se trataba de formar oradores y administradores del imperio.

Sin embargo, lo más interesante ocurría con el hombre. Éste era dueño de su casa, de su familia y de sus esclavos. La autoridad paterna era grande. Durante mucho tiempo tuvo, incluso, derecho de vida y de muerte sobre los suyos.

En la ciudad, el varón es un ciudadano. Se dedica a los negocios públicos. Si era acaudalado, recibía a sus clientes (grupo de seguidores atendiendo a ciertos intereses), escuchaba sus peticiones, distribuía consejos y ayudas; después iba al foro, en donde formaba parte del tribunal o del senado.

Si era pobre, se inscribía como cliente de un rico, le hacía peticiones y recibía consejos y ayudas; después lo escoltaba en público al foro y lo sostenía con sus votos en las elecciones.

Roma tenía, además, una pasión: la diversión. Lo hacía en el teatro, en el circo y en el anfiteatro. Todo este entretenimiento era sostenido por el Estado, quien también hacía lo mismo con alimentos gratuitos a buen número de familias pobres con la finalidad de evitar conflictos sociales, siempre en puerta por esa razón.

Bueno, todo este rodeo es porque, según mi parecer, el presidente de la república Andrés Manuel López Obrador ha decidido seguir el esquema propuesto por el imperio romano hace ya algunos cientos de años. El programa de becas que el gobierno federal se ha echado a cuestas para beneficiar a una población vulnerable tiene más parecido con el clientismo que practicaban los romanos que una acción clarificadora a la hora de distribuir recursos públicos.

Con un sistema desordenado, casi caótico, los encargados de ponerlo en práctica lo hacen como si fuera una dádiva, tipo limosna, a una muchedumbre ávida de tener un beneficio obtenido con el menor de los decoro, y sí, en cambio, con el mayor acto de humillación que resquebraja la dignidad humana.

Eso no sirve, es demagogia, es retórica. La pobreza no se ataca con beneficios sin esfuerzo, sino con una lucidez asentada en procesos imaginativos surgidos desde la inteligencia más profunda. Regalar nos hace más pobres; ahí están los setenta años del PRI, que basó su éxito precisamente en ese sistema, mismo que despojó al individuo de su ciudadanía y lo volvió más pobre. Ahí está la docena de años panistas que no supo cambiar el enfoque de sus acciones y terminaron dándole continuidad a las políticas más chafas del PRI.

¿Por qué Morena y sus representantes en el gobierno deciden otorgarle carta de naturalidad a esa práctica tan vulgar de dilapidar los recursos federales en nada? Es un sin sentido. Mejor sería crear políticas de crecimiento donde la razón impere, donde la disciplina se imponga, donde haya ley, donde haya orden y donde haya libertad para pensar.

Según lo veo yo, esta práctica lopezobradorista no es sino una estrategia para ganar clientes que le garanticen a Morena un futuro donde no haya riesgo de mantenerse en el poder. Es decir, es una especie de clientismo político al más puro estilo de los romanos del imperio, sólo que con menos gracia y, por supuesto, eficacia.

Si este gobierno es el del cambio, entonces que empiece por cambiar todas las estructuras de un aparato de justicia que nos ha despojado a todos precisamente de la justicia; que eche a tierra todos los andamios de una planta industrial que no puede garantizar el empleo estable que dé tranquilidad; que construya plataformas de verdadera transformación educativa que den la certeza de estar formando a individuos capaces de hacer realidad utopías; que haga posible un sistema de salud que contribuya a sanar a un pueblo enfermo como el nuestro. Por ejemplo eso.

¿Para qué las becas? ¿No sería mejor crear instituciones educativas que no sean el espejismo que hoy tenemos? ¿Para qué las becas? ¿No sería mejor volver la mirada al arte? Digo eso porque en los procesos imaginativos del arte, los artistas encuentran siempre vías de solución para su obra.

¿Por qué nadie ve hacia el arte? Bueno, es simple, en un país que regala dinero a manos llenas pero que es incapaz de mirar al arte como la empresa más productiva por los procesos de creación que utiliza, no podemos esperar más que fracasos, como también fue el clientismo en el imperio romano.

 
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