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  Edición 611
  Llamada de atención
 
Marcos Durán
   
  La edición del mes de julio de 1973 de la revista Popular Science consignó la noticia de un hecho ocurrido el 3 de abril. La crónica menciona que «Por un segundo, el teléfono —un aparato portable y computarizado, del tamaño de un walkie-talkie— se conectó silenciosamente con una terminal instalada en otro edificio. Luego se escuchó un tono telefónico familiar, y comenzó el marcado de los números».

Se trataba de la primera llamada realizada desde un teléfono celular en un proyecto que tardó 15 años de investigación y que requirió de la compañía responsable de la invención (Motorola) una inversión de 150 millones de dólares de la época. Cuando salió a la venta el primero de estos equipos —10 años después— el aparato costaba casi 4 mil dólares y pesaba alrededor de 800 gramos. En pocos años, los teléfonos se vendían a niveles demenciales y entonces todo cambió. Cuarenta y seis años han pasado desde entonces y hoy la tecnología de telefonía móvil nos ha permitido conectarnos, crear y aprender.

Pero para muchos, esos mismos teléfonos inteligentes se han convertido en un hábito que nos hace perder el contacto con el mundo real. Y es que pasó de ser una herramienta de comunicación para llamar a alguien a una que está avanzando en detrimento de otros aspectos de nuestra vida, lo que lleva a muchos a tener una condición psicológica de miedo o ansiedad ante la idea de estar separados de su teléfono, de sus redes. Y como usted sabe, dejar un hábito o un vicio —o una adicción— es difícil. Y es que las aplicaciones y los servicios de los teléfonos inteligentes están diseñados para mantenernos enganchados. Las fuentes de noticias, las notificaciones y el contenido nos están llevando a un proceso de socialización con la tecnología, no con los seres humanos.

Sin embargo, no habrá marcha atrás. La naturaleza adictiva de Google, Apple, Facebook, WhatsApp, YouTube e Instagram y muchas otras aplicaciones, aumenta con fuerza y el impacto que está teniendo en nuestras vidas personales y profesionales hace que cada vez nos sintamos ansiosos, perdamos el sueño por el teléfono y por supuesto es causa ya de pérdida de relaciones.

En menos de 50 años, pasamos de utilizar esta magnífica herramienta de comunicación a, como siempre, utilizar el conocimiento de forma equivocada, en una fórmula segura para el desastre y en ese sentido lo estamos haciendo muy bien. Y es que esta tecnología que debió ser una palanca que nos liberara de la ignorancia y con ello de la pobreza, la terminamos dilapidando en cosas banales.

Pero no se trata solo de teléfonos inteligentes y aplicaciones. A medida que la tecnología se generaliza, a medida que nuestros hogares, automóviles e incluso cuerpos se conectan, será cada vez más importante para nosotros saber cómo conectarnos conscientemente. ¿Pero estaría usted dispuesto a vivir sin las comodidades producto de ese desarrollo?

Es por eso que debemos trabajar rápidamente para establecer pautas sobre cómo queremos relacionarnos con la tecnología. Es posible que si usted lee este artículo lo haga desde su teléfono inteligente, gran logro de la tecnología, pero también es posible que frente a usted, esté su hijo intentando ser escuchado. Y es que absortos en los dispositivos tecnológicos, abrazamos un proceso de socialización con la tecnología, no con los seres humanos. Gracias a Facebook sabemos mucho más de la vida de personas que no conocemos a lo que sucede en nuestra propia casa. Queda claro que con la tecnología el hombre alcanzó conquistar la Luna, pero no disponemos de tiempo para visitar a nuestros padres.

A estos fenómenos responden los científicos diciendo que el propósito de la ciencia y la tecnología no es «dar felicidad», afirmando que el conocimiento no puede hacer que una persona triste esté feliz y que la propia búsqueda del conocimiento es en sí misma un motivo de satisfacción, no de felicidad.

Hemos llegado a un punto, en el que por primera vez en la historia somos responsables de nuestra propia evolución que ya no es biológica sino tecnológica. Me di cuenta de ello pues al terminar de escribir este texto mi celular sonó y no era un mensaje de WhatsApp. Tampoco fue una notificación de Facebook o Messenger y mucho menos de Twitter. Era una llamada...¡No supe qué hacer!

 
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