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  Edición 610
  Se parecen…
 
Esther Quintana Salinas
   
  Hugo Chávez antes de ganar las elecciones presidenciales del 6 de diciembre de 1998, como el candidato del Movimiento V República, presentó un documento llamado «Programa Económico de Transición 1999-2000», en el que se establecían como prioridades cuatro medidas para sacar adelante a Venezuela, a saber: 1) Dinamizar la economía venezolana, 2) Establecer una economía humanista, autogestionaria y competitiva, 3) Nuevas formas de relación entre el Estado y la sociedad y 4) Diversificación del aparato productivo.

Nada de eso cristalizó. La transición económica de la llamada Quinta República, con la que se iba a hacer realidad el Socialismo del Siglo XXI lo único que produjo fue la expropiación y nacionalización de las empresas básicas (por eso no hay cemento), de la Industria Venezolana Endógena de Papel (por eso no hay papel de baño), Lácteos Los Andes (por eso no hay leche pasteurizada ni en polvo), Fama de América (por eso no hay café), Agro-Isleña (por eso no hay fertilizantes), Industrias cementeras (por eso no hay cemento) y las Empresas Arroceras y de Azúcar (por eso no hay arroz ni azúcar). También se llevó al abismo el funcionamiento de bancos, las compañías de electricidad, la Siderúrgica del Orinoco, hoteles e importantes empresas de alimentos como Cargill y Molinos Nacionales. Actualmente no hay nada.

Cuando Chávez juramentó como presidente de su país se comprometió a luchar sin descanso junto con su pueblo para cumplir y hacer cumplir los mandatos de la Revolución Bolivariana: «Comienza para Venezuela un tiempo nuevo, una nueva esperanza (…) Atrás hemos dejado las tormentas, el huracán. Venezuela se levanta sobre bases nuevas…».

Llegó al poder con casi el 60% de los votos. Les prometió a sus compatriotas que acabaría con la corrupción, que habría una república refundada que regeneraría la política y lograría la tan deseada justicia social. Y mire usted lo que pasó.

Jean-Werner Muller, profesor alemán de la Universidad de Princeton, ha estudiado a profundidad a los gobiernos populistas y concluye que sus desenlaces son sistemas totalitarios y autoritarios para sostenerse en el poder político, y es que, «los populistas siempre hacen daño al sistema democrático reivindicando que ellos son los únicos que representan a la mayoría».

Los rasgos del gobierno de Chávez, hoy a cargo de Maduro, según el especialista alemán son los siguientes:

1. El anti-elitismo. La élite política, económica, o simplemente urbana, se pone de espaldas a las necesidades del pueblo y son los responsables de todos los problemas de la nación, calificándolos como clase oligarca. Cuando llega la nueva administración se convierten en la nueva élite, y a espaldas de las necesidades del pueblo, tienen un estándar de vida igual que la de los que acusaron de pillos elitistas (gran parte de las familias de los jerarcas viven en el extranjero o en el mismo país, pero con todos los privilegios).

2. El exclusivismo (sólo «nosotros»). Quienes detentan el poder son los auténticos representantes del pueblo, los «otros» son los enemigos del pueblo. En Venezuela es el discurso recurrente. Se afirma que sin la revolución bolivariana (chavismo-madurismo) el país no tendría paz, progreso, ni estabilidad. Sus adversarios son apátridas, terroristas, enemigos y culpables.

3. El caudillismo. Se institucionaliza el culto a la personalidad del líder, quien se asume como el gran intérprete de la voluntad popular, alguien que trasciende y supera a las instituciones, cuya palabra se convierte en el dogma sagrado de la patria. En Venezuela, todo, absolutamente todo, giraba en torno a la figura de Hugo Chávez y hoy a la de Nicolás Maduro. El caudillo influye en cada una de las estructuras del Estado, originando en una parte de la población idolatría.

4. El adanismo (por Adán). La historia inicia con ellos. El pasado es solo una suma de fracasos, desencuentros y puras traiciones. En Venezuela, la quinta república fue el nacimiento de una nueva era. ¿Cuál? Sigue invicto lo que según el discurso incendiario de Chávez se erradicaría: corrupción, pobreza, división, odio, miedo, impunidad, destrucción masiva de los recursos y riquezas existentes.

5. El nacionalismo. Una nefasta creencia en la propia superioridad que conduce al proteccionismo. En Venezuela, el chavismo-madurismo es el único que tiene un proyecto país que ha llevado al progreso de la patria, pero solo son discursos, declaraciones utópicas (multiplicadas por el control férreo de los medios públicos de comunicación).

6. El estatismo. La acción planificada del Estado, y nunca el crecimiento espontáneo y libre de la sociedad y sus emprendedores —no leyeron a Keynes— , porque, ¿quién mejor que el Estado para colmar las necesidades del pueblo amado? En Venezuela, las consecuentes adquisiciones forzadas de empresas privadas productivas, que pasaron a ser administradas por el gobierno, originaron la destrucción del aparato productivo nacional. Casos destacados: Agroisleña, Café Madrid, Fama de América. Hoy se encuentran quebradas, sin producción, constituyen una carga insostenible para el Estado.

7. El clientelismo. Concebido para «controlar» millones de voluntades que le deben todo al gobernante que les da de comer y constituyen su base electoral para mantenerse hasta la consumación de los siglos en el poder. En Venezuela, el gobierno elige, decide y otorga beneficios, tales como: alimentación, vivienda, salud, telefonía, mediante la figura del Carnet de la Patria, excluyendo a quienes no lo posean, sencillamente por pensar distinto a su postulado.

8. La centralización de todos los Poderes. El caudillo o la cúpula dominante controlan el sistema Judicial y el Legislativo. La separación de Poderes, los contrapesos no existen. En Venezuela, el Poder Ejecutivo dicta al Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), Contralor General, Poder Electoral y Defensoría del Pueblo cómo actuar. En 2017 hubo ruptura del orden constitucional por parte del TSJ, que asumió competencias constitucionales del Poder Legislativo, que tiene legitimidad de origen y de desempeño. Igual sucede con el endeudamiento externo, que requiere aprobación de la Asamblea Nacional y fue reemplazado por el Poder Judicial.

9. El control y manipulación de los agentes económicos. El banco nacional, o de emisión, se vuelve una máquina de imprimir billetes al enloquecido dictado del Ejecutivo. En Venezuela, el Banco Central de Venezuela (BCV) perdió autonomía y se utiliza para la impresión de dinero inorgánico que demanda el Poder Ejecutivo para mitigar el crónico déficit fiscal.

10. El doble lenguaje. La semántica se transforma en un campo de batalla y las palabras adquieren una significación distinta, verbi gratia, «libertad» se convierte en «obediencia», «lealtad» en «sumisión». En Venezuela, la imposición del Gobierno sobre los medios de comunicación le permite tener el control de los contenidos, en los que la semántica es la manipulación.

Por otro lado, y con esto concluiría. La manera de organizar la gestión de las políticas públicas en Venezuela, lo constituyen las misiones, es uno de sus instrumentos fundamentales para operar su «vinculación» con la sociedad.

Me explico. Se trata de una figura organizativa de gestión comunitaria directa, en la que no tienen mediación los gobiernos estatales ni municipales, sino que va a lo local en estrecha conexión con el poder central —presidencia de la República— No obedecen, en consecuencia a un proceso convencional de descentralización. Tampoco dependen ni responden, en consecuencia, a la tradicional, entramada y burocrática institucionalidad de grandes ministerios (Secretarías de Estado para nosotros), sino que devienen en estructuras que coexisten de manera simultánea con la primera. Esta es la naturaleza y el sentido de las misiones en el actual contexto venezolano, y también la razón por la cual la oposición política al gobierno las califica como «estructuras paralelas y extra–institucionales». ¿Le vamos encontrando similitudes o de plano igualdad con los súper delegados de AMLO?

Hugo Chávez las implementó porque eran su conexión directa con su llegada al poder —marcada por una enorme polarización y conflictividad política— a la que había que darle cauce, porque su discurso revolucionario de rompimiento frontal, opuesto al neoliberalismo, dirigido a los más pobres, así lo demandaba. Era sustantivo mantener la adhesión de los sectores populares mediante programas compensatorios, de alta aceptación entre la población objetivo de los mismos. Programas asistencialistas 100%.

Toda esta maraña de elementos acabaron socavando, deteriorando y llevando a la debacle en la que hoy se encuentra inmerso el pueblo de Venezuela. Los gobiernos populistas se convierten al final del día en un sistema de dominación que engendra división entre la sociedad porque manda a segundo plano el bienestar generalizado y se centra en mantenerse en el poder a costa de lo que sea, de quien sea y como sea.

 
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