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  Edición 610
  Salvar el pellejo
 
Gerardo Hernández G.
   
  El jefe de la apocada fracción coahuilense del PRI en San Lázaro busca su propia resurrección, no la de su hermano. Rubén Moreira necesita impunidad, ahora bajo el manto de Andrés Manuel López Obrador a cuyos hombres en el estado, Armando Guadiana, Reyes Flores y Javier Guerrero, en orden de afiliación, persiguió rabiosamente y contra quienes profirió insultos y amenazas, fiel a su estilo pendenciero y fanfarrón. Moreira II empleó la intimidación y el miedo para gobernar. Maestro en guerra sucia —como también lo es su álter ego David Aguillón—, una de sus aficiones consistía en escuchar conversaciones privadas de sus colaboradores y críticos para después decidir cuáles editar y cuándo utilizarlas en las redes sociales. Así actuaba este paladín de los derechos humanos.

Enfermo de poder y con un complejo de clase que no pudo superar ni en los campos de golf, Rubén Moreira terminó la obra iniciada por su hermano Humberto seis años antes: devastar a Coahuila, solo que, en su caso, con un mayor grado de perversidad e insania. Moreira II no tiene problemas en el estado, pues la mayor parte de los diputados del PRI fueron antes sus empleados —el líder del grupo fungió como paje de su mujer—. El Poder Judicial está a sus pies: los magistrados Homero Ramos Gloria, Iván Garza y otros que soportaron humillaciones y bajezas, tienen ahora la encomienda de cuidar a su jefe en el organismo encargado de impartir justicia.

El Sistema Estatal Anticorrupción (SEA) también es obra suya. Con la aquiescencia de la anterior legislatura, dominada por el PRI, marcó los ritmos y los tiempos de la farsa. Moreira II nombró a incondicionales suyos y de su hermano para jamás ser investigados ni denunciados. Es insultante e inadmisible que uno de los estados donde se han registrado escándalos de corrupción de alcance internacional, y posee la mayor deuda per cápita nacional, aún no tenga entre rejas a quienes vaciaron las arcas para construir fortunas personales a costa del empobrecimiento de millares de familias. No conformes, las principales cabezas de la confabulación le abrieron las puertas del estado a otra plaga: la del crimen organizado.

El SEA es un monumento a la simulación, dedicado, en todos sus niveles, a devorar recursos públicos sin ton ni son, a tender cortinas de humo y a perpetuar la impunidad. Para llamar a cuentas a los responsables del saqueo del estado, no solo se requiere valor, sino autoridad moral. El tamaño de la responsabilidad abruma e intimida al fiscal anticorrupción; su ocultamiento pone de relieve su falta de idoneidad. Prefiere pasar por cómplice —al fin son legiones— que ponerse a la altura de las circunstancias y del clamor social de justicia. Sabe de lo que Moreira II es capaz y no desea exponerse ni perder la sinecura. Para renunciar a una tarea ingrata se requiere congruencia. Tampoco la hay.

Rubén Moreira puede lograr la indulgencia de AMLO, quien confunde a lobos con corderos y no duda en lastrar con rufianes la Cuarta Transformación, pero en el estado jamás habrá perdón ni olvido por el daño y los agravios del moreirato. El clan y sus cómplices no tienen problemas en México y menos en Coahuila. Moreira II —junto con su rebaño de dos en la Cámara de Diputados (Fernando de las Fuente y Marta Garay)— puede votar con Morena y traicionar al PRI, o los despojos de ese partido, pero no podrá evadir la justicia de Estados Unidos donde no ha puesto un pie desde sus años de gobernador. La suerte, para los hermanos, está echada.

 
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