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  Edición 610
  Las penurias del espíritu
 
Jaime Torres Mendoza
   
  La Real Academia de la Lengua Española define como dolor toda aflicción, padecimiento o pena que sufre una persona. Simple y llanamente así.

Pero el dolor es una experiencia cultural de larga trayectoria. Padecimiento, aflicción o pena que, a lo largo de la historia, el ser humano ha intentado explicarse las causas del dolor. La ciencia médica se ha cansado de decirnos que el dolor es sólo un mecanismo de alerta para el organismo.

En fin, las percepciones son múltiples. Veamos. Durante la Edad Media europea y hasta ya muy entrado el siglo XVIII, las sociedades de ese continente utilizaron el dolor como un instrumento de justicia. Por ejemplo los condenados por algún delito, eran sometidos a sesiones de tortura pública. Cuando eso ocurría, el espectáculo era tan atractivo que la ciudad entera acudía a presenciarlos.

Mijaíl Bajtín en su Estética de la creación verbal, nos arroja luz a este respecto. Señala que los padres acompañados de sus hijos, las mujeres de sus esposos y los vagabundos sin más compañía que su propia curiosidad, se reunían en torno a la playa mayor y presenciaban sin mayor recato, el cruel espectáculo

La situación del condenado se ubicaba en la condición más extrema en que la dignidad humana ya no tiene ningún referente. Se le arrastraba a través de las calles. Flagelado y sangrante, difícilmente podía mantenerse en pie. Frecuentemente caía y, así, era arrastrado por las calles de tierra y piedras caldeadas por el intenso sol del mediodía.

Pero lo mejor ocurría en la plaza y en medio de los gritos de la multitud agolpada en el lugar. Con cuerdas de fuego o hierros candentes los verdugos buscaban infligirle el mayor dolor posible para que la muchedumbre viera lo que les sucedía a quienes violaban las normas que permitían mantener el orden.

Cuando el condenado estaba demasiado débil para gritar o intentar defenderse, era crucificado, quemado, colgado o decapitado, según lo estableciera la práctica del lugar. En más de una ocasión, el cuerpo sin vida quedaba expuesto hasta su putrefacción para escarmiento público.

Pues bien, la escena anterior, no es una fantasía histórica ni una invención morbosa. Los registros de época y los relatos de testigos que alcanzaron luego algún renombre, son pruebas contundentes de que eran prácticas habituales para mostrar el triunfo inevitable de la justicia.

Es un hecho irrebatible que, tanto en Occidente como en otras partes del mundo, el dolor fue considerado como un medio de enseñanza ciudadana. Es decir, las ejecuciones de los condenados por la justicia, eran espectáculos públicos para reunir a la ciudad entera en torno a la agonía de un hombre con un único propósito: el dolor tenía un incuestionable poder educativo. Eran una lección.

Lección aterradora, claro, que transpira sadismo de los verdugos y la luz cegadora de una cultura más que primitiva. Pero esa estampa es sólo lo visible, la consecuencia. La explicación exacta hay que buscarla en un imaginario de origen: la concepción judeo-cristiana del dolor.

En este imaginario colectivo, el dolor no es otra cosa sino un castigo de Dios hacia los hombres. La ruta de la explicación se encuentra en Génesis, particularmente en los versículos donde se señala que, tras la expulsión del paraíso, Adán y Eva fueron condenados a padecer dolor.

Si rastreamos la etimología de la palabra encontramos que proviene del latín poenus, cuya significación más profunda es, precisamente, castigo, como sinónimo de dolor.

Hoy, frente al enigma del dolor, se asume sin restricción alguna, que el ser humano puede y debe ser aliviado del dolor. La ciencia médica, por ejemplo, ha profundizado su estudio del dolor partiendo del supuesto que muchos de ellos no encierran ninguna utilidad y que los seres humanos merecen ser aliviados del sufrimiento.

Sin embargo, hay algo mucho más profundo y de mayor significación en todos estos afanes. El abordamiento debería hacerse desde la cultura, la filosofía, la religión, la etnografía, la antropología y otros saberes que tengan precisamente qué ver con la cuestión humana. Incluyo en todos ellos a la política, por supuesto.

Sí, la política, esa actividad que, llevada como debiera ser, mantiene tientes de extraordinaria intención benevolente para la totalidad de la sociedad donde se ejerce. Naturalmente, nada que ver con las formas en que hoy se practica: perversidad pura.

No todos somos mártires, como San Sebastián, convertido en verdadero símbolo de la sublimación del dolor que es convertido en una suerte de éxtasis.

El presidente de la república dijo en un discurso reciente que no más neoliberalismo en México. Aunque no dijo qué otro modelo de crecimiento iba a implementar, apoyo esa propuesta. Es la más acertada de todas sus acciones en los primeros 100 días de gobierno.

Porque en México ya tenemos mucho dolor. Tenemos una penuria del espíritu de una dimensión epopéyica. La influencia cultural en la manera de enfrentar el dolor se aprecia con más claridad en el proceso histórico. Las capacidades superiores de los mexicanos para soportar el sufrimiento físico han creado a su alrededor una especie de aura mágica.

Pero ya no. Las penurias de su espíritu son abrumadoras. La política en manos de la presente administración deberán hacer algo ya para aliviar tanta pobreza, tanto desempleo, tanta violencia, tanta injusticia, tanto abandono, tanta indiferencia, tanta desesperanza, tanto dolor.

¿Acaso es mucho pedir? Se me hace que sí. Claridad de pensamiento, eficiencia, buena voluntad y espíritu solidario serían algunas condiciones de exigencia mínima para los que hoy nos gobiernan.

La verdadera fuente del dolor radica en la ausencia de espíritus protectores que enfrenten el problema con la luz de un pensamiento fundado en la objetividad, no en la fantasía retórica de los que hacen la política moderna en nombre del Estado y que pregonan a más no poder el paraíso del bienestar, mismo que, por cierto, nunca llega.

¿Para qué vivir con tanta penuria, con tanto dolor? Caray, esto que pasamos cíclicamente los mexicanos es un dolor gratuito, amenaza constante que forma parte de un mundo sin significado.

 
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