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  Edición 610
  ¡Stop, alto al maltrato a los seres vivos!
 
Gerardo Moscoso
   
  Somos un pueblo cruel, que desprecia a la naturaleza y animales improductivos. Los niños aquí le parten a trozos las colas a las lagartijas y ardillas, le tiran piedras con la resortera a los chanates, tortolitas y cuanto animalito se cruza por su camino. Cazan mariposas para quitarles las alas, despanzurran libélulas y machacan escarabajos. Traemos un largo entrenamiento en apedrear gatos y perros, en apalear burros, mulas y caballos. Podemos testificar a diario esta crueldad.

La «Fiesta Brava», herencia de otro pueblo inhumano y atroz con los animales como lo es el español, sirve para exhibir parte de lo que comento. Al toro se le tortura en las corridas hasta el límite de sus fuerzas, desde el banderillero que le clava los aguijones de acero, pasando por el rejoneador que a base de puyazos castiga a la bestia hasta hacerla sangrar y ceder ante semejante persecución y suplicio; y para terminar con el espeluznante espectáculo salvaje, si el animal tiene suerte, el matador le atraviesa con una espada su maltratado cuerpo. Es la cultura de la violencia. Afortunadamente hoy en Coahuila, se prohíben las corridas de toros, peleas de perros, de gallos y se sanciona a quién maltrate a un animal.

Es incomprensible y brutal el castigo que el hombre infringe a los animales que usa y maltrata. La mula, por ejemplo, cumplió con muchos oficios en nuestra centenaria comarca: Fue básico su trabajo en la agricultura, antes de que el agro fuese mecanizado, sirvió como transportista de Torreón a Lerdo, fue cartero, bombero y compañera de fatigas del campesino.

Duros oficios que nadie le peleó jamás y que le fueron muy mal recompensados. Me consta que algunos de los choferes de los carritos de mulas que deambulan por nuestras modernas vialidades, codeándose entre los eternos baches con camionetas y carros de lujo, les mantienen abierta una llaga para manejarlas con un palo, hurgando en la herida. No he podido conseguir que esta imagen de brutalidad que observé desde mi niñez en la Colonia Torreón Jardín, deje de estremecerme como símbolo de la maldad humana.

¿Hasta cuándo entenderemos que todos, los animales y los humanos, somos herederos de la Esencia Inescrutable del Universo, que compartimos con todos los seres vivos esta casa que es el planeta Tierra y que estamos destruyéndola sin medir las consecuencias?

 
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