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  Edición 609
  Una pregunta más
 
Jaime Torres Mendoza
   
  El sustrato que no es evidente en esa categoría conceptual creada para explicar y tratar de entender las nuevas formas que asume la sociedad en la posmodernidad es el desencanto. El aporte de este tiempo es haber dilucidado para nosotros que hoy ya no hay verdades, que hay que desconfiar de lo que se nos presenta como lo válido.

Nuestro tiempo nos ha dado el conocimiento de que todos los discursos pertenecen a un gran relato a través del cual se nos presenta la apariencia del escenario que tenemos como mundo habitable.

Pues bien, para efecto de lo que interesa abordar en este artículo, sólo basta recordar que el gran relato de los historiadores nacionalistas para, justamente, describir la historia cierta de la nación, una historia que desmitificara las bases del patriotismo que nos ha dado la idea de un imaginario lleno de sentimentalismo heredado de nuestros antepasados; lindo, sí, pero ineficaz para comprender el sentido de lo que ha sido el pasado para nosotros y cuyas consecuencias hoy resultan catastróficas pues han anulado la posibilidad de proyectar el futuro.

Eso obliga a una cosa: repensar el nacionalismo mexicano, pero repensarlo bien, lo cual significa descartar las diversas narrativas que dominaron la organización de los hechos con que se construyó la historia oficial que tanto perjuicio le ha traído a la conciencia ciudadana.

A estas alturas la obligación adquiere carácter de urgencia porque todo el conjunto de nociones que jerarquizaron y organizaron esas narrativas le dieron al traste a las identidades regionales pues, incluso todavía hoy, dominan las discusiones banales y los sobreentendidos de un gremio profesional de la mentira y la corrupción, quienes se han encargado de hacer patria a su manera; hablo por supuesto de los políticos.

La narrativa dominante hoy es la supuesta modernidad del México contemporáneo emanada de los gobiernos priístas, frente al atraso de otras que no correspondan con el discurso de ese partido hegemónico que edificó la idea de México que hoy maneja de manera tan ligera por los grupos de poder en este país.

Esta idea, repetida una y otra vez hasta el infinito, responde a sedimentos muy precisos que, por lo demás, resultan fáciles de identificar en el seno de la cultura mexicana del siglo XIX y XX pues obedecen a una continuidad historiográfica que no logra trascender los términos de un romanticismo tardío que cifró su éxito en la visión distorsionada del paraíso, asociándola al estado de bienestar perseguido por el Estado moderno.

La eficacia de este modelo narrativo historiográfico está fundado en sus grandes alcances para establecer las bases de una simplificación que suprime la verdad de la historia, que obstaculiza el acomodo de la información que señala lo verdadero y sólo dejar en la epidermis una lógica que lo explique todo de una forma ya asimilada y digerida, es decir, resuelta y, por tanto, sin admisión de un mínimo cuestionamiento de por medio.

Con esa narrativa oficial, se construyó la historia nacional cuyo mejor atributo es la brillantez de su discurso pero que oculta las grietas de la historia real; discurso que, a la luz de la realidad real, ha demostrado que le falta la fibra y el nervio conceptual para resistir la crítica, incluso si ésta es superficial.

Esa narrativa no ha tomado en cuenta los rasgos esenciales de la cultura mexicana y a través de una serie de estereotipos bien construidos, ha creado una cultura nacional llena de contradicciones pero que a sus constructores les permite ir de un lado a otro sin riesgos y sin dificultades.

El siglo XXI mexicano, a través de sus intelectuales, se ha rehusado sistemáticamente a las exploraciones indispensables que den luz en ese espacio histórico formado por trozos de conocimiento, chatarra ideológica, silencios forzosos y cortinas de humo que impiden el advenimiento de la modernidad en nuestra sociedad que la enfrente con otras realidades donde pueda contrastarse eficientemente.

Las narrativas historiográficas heredadas del pasado reciente, son tan exigentes que producen una especie de horror vacui a todos aquellos que quisieran hacer el intento de abandonarlas. Resulta mejor quedarse en la zona de confort que el relato mismo ha producido.

Por eso, para muchos, es mejor seguir manteniendo una historia, aunque sea falsa, unas ideas aunque no produzcan ningún cambio. Esa genealogía que les ha dado a muchos la posibilidad de mantener la continuidad de la holgazanería, el robo, la desvergüenza y otros horrores en el escenario donde la impunidad ha asentado sus reales: la política.

Todos ellos han hecho de su narrativa, la historia del país, aunque todos sepamos que bajo ese velo que los protege, existe la otra historia, la verdadera, la que habla del terror con que se vive a diario en un país donde las dudas y las interrogantes están a la orden del día.

Al hacer un recuento, apenas somero, de la historia de la política mexicana, uno no logra entender cómo auténticos forajidos pudieron llegar a recibir los beneficios del respeto, las alabanzas, las atenciones, la amistad de las más encumbradas figuras de la vida pública nacional.

Nuestro admirado y norteño Alfonso Reyes, explica en su sesuda producción ensayística que forajido proviene de las palabras latinas fora y exido cuyo sentido de traducción es: el que está fuera de… Bueno, la definición nos viene bien porque México es un país que, históricamente, ha sido gobernado por políticos de esa condición. Sujetos fuera de la ley, fuera del orden, fuera de la moral, fuera de la ética, fuera de…

Todos ellos se han creído a pie juntillas lo que los coristas a su alrededor les cantan como una dulce melodía cerquita del oído. Les han hecho creer que son sabios y capaces, negándoles sistemáticamente la verdadera situación: su torpeza y su inestabilidad, dos cualidades irrebatibles que nos han llevado a la quiebra.

Todavía estamos, según algunos, estrenando administración pero, por eso mismo, ¿no sería mejor empezar a construir un nuevo relato que nos aleje de los horrores de la mentira y nos aproxime a valores donde la credibilidad sea una posibilidad para empezar también a construir una realidad que se corresponda con el escenario de mundo que tenemos y proyectar un mejor futuro?

Es sólo una pregunta, no más que eso.

 
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