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  Edición 609
  El beisbolista fenómeno y lo fenomenal del beisbol mexicano
 
Juan Antonio García Villa
   
  Jamás se me ha olvidado aquella enorme portada de la revista Life en español, quizá de 1960 o 1961, en la que aparece Fidel Castro con su uniforme de beisbolista y sus arreos de cátcher. Conferencia cerca del montículo con el popular líder revolucionario Camilo Cienfuegos, pitcher, quien poco tiempo después desapareció misteriosamente en el cielo de Cuba y por ende del escenario político de su país. De esta manera eliminó Castro al que veía como su principal rival interno.

La portada de esa revista y la leyenda que a partir de entonces se tejió fuera de Cuba, a muchos hizo creer que Fidel Castro era poseedor de un enorme talento para jugar a la pelota, como llaman en el Caribe al deporte rey.

En el formidable libro sobre la historia del beisbol en el país antillano, titulado La gloria de Cuba, escrito por Roberto González Echavarría, eminente académico de Yale nacido en la Isla, escribe a manera de anécdota lo siguiente:

Dice que cada vez que le mencionaba a algún norteamericano que estaba escribiendo ese libro (verdaderamente excelente, por cierto) lo primero que le comentaba «era sobre las supuestas hazañas de Fidel Castro en ese deporte, y la ironía histórica de que, si los Senadores de Washington o los Gigantes de Nueva York lo hubieran firmado en los años 40, la Revolución cubana nunca habría ocurrido».

Afirma González Echavarría, reconocido crítico literario, que se trata de una versión totalmente falsa, urdida por un periodista norteamericano de cuyo nombre hoy nadie se acuerda. Y que desde luego jamás se cuenta en Cuba «porque allí todo el mundo sabría en seguida que es una patraña. Es preciso dejar bien claro —escribe el autor citado— que Castro jamás recibió propuesta alguna de un equipo norteamericano y nunca alcanzó en este deporte el grado de notoriedad que podría haberle granjeado la atención de un reclutador experto».

Señala asimismo González Echavarría que «no existe constancia alguna de que Castro jugará jamás —y mucho menos en posiciones estelares— en ningún equipo. Nadie ha encontrado en los archivos ni una sola foto de un equipo de pelota en la que figure Castro».

Sin embargo, hay norteamericanos que dan por verdadera esa insostenible versión. Entre otros un amigo y colega del propio González Echavarría en Yale, el reconocido historiador John M. Merriman, quien la recoge en uno de sus libros.

Lapidario, el prestigioso crítico literario concluye: «Los cubanos saben que Castro no fue pelotero; aunque al llegar al poder en 1959 se disfrazara con el uniforme de un equipo bufonesco denominado Barbudos y jugara algunos topes (encuentros) de exhibición».

Aunque Castro, socarrón, dejó correr la versión de haber sido prospecto de Grandes Ligas, él nunca lo dijo y mucho menos lo presumió.

Viene a cuento lo anterior con motivo de que en días pasados, en el entorno de la inauguración del nuevo y espléndido Salón de la Fama del beisbol mexicano en Monterrey, el presidente López Obrador dijo: «Jugué beisbol con los grandes de mi pueblo, siendo todavía estudiante de primaria y en secundaria era prospecto para las Grandes Ligas, no es por presumir».

Su afirmación fue sin duda una broma, ciertamente no de mal gusto, pero sí con tintes de inocencia, de «ternurita», para usar su propia expresión. Porque al menos un par de cosas han de reconocerse a López Obrador: su férrea tenacidad en lo que emprende y su enorme gusto y afición por el juego de pelota. Qué bien. Pero, ¿prospecto de Grandes Ligas? Ni remotamente.

En los últimos días López Obrador ha sido objeto de fuertes críticas por destinar del presupuesto federal 350 millones de pesos al impulso y fomento del beisbol, con el propósito —así lo dijo— de que en el futuro un mayor número de mexicanos vaya a formar parte de las Grandes Ligas de Estados Unidos. Considero que es una meta factible.

Sin embargo, hasta donde advierto, el presidente no ha sabido enfrentar la andanada. Esos recursos pueden ser una magnífica inversión del país a mediano plazo. Les guste o no a muchos, la verdadera vocación deportiva de México es el beisbol. Es fácil demostrarlo, sólo que éste no es el espacio para hacerlo. En los años recientes una docena de mexicanos, en promedio, ha formado parte de equipos de Grandes Ligas, a pesar de no haber prácticamente apoyo oficial alguno —sino más bien bloqueos— a este deporte.

Con apoyos, bien aplicados desde luego, fácilmente esa docena de mexicanos en el mejor beisbol del mundo se puede multiplicar por dos, tres o más veces. Sin ánimo de hacer comparaciones que a algunos pudieran parecer exageradas, cabe señalar que Venezuela tiene ahora en Estados Unidos cuatro veces ese número, que incluye a varios peloteros estelares, y República Dominicana siete docenas, que le significan a este país caribeño alrededor de mil millones de dólares por año.

Con el tiempo bien podría andar nuestro país en esos niveles. Así es que los recursos que ahora se destinen a ese objetivo no se deben ver como fondos que van a la basura sino como verdadera inversión. Que además, como ya ha sucedido históricamente, le brindarán a México, como en el pasado, motivos de legítimo orgullo y gloria. La más sonada quizá, sin nada igual hasta ahora, la hazaña de los Pequeños Gigantes de Monterrey en 1957. Vale.

 
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