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  Edición 609
  El Capital
 
Marcos Durán
   
  Don Casiano Campos recorría las calles de Saltillo a bordo de un «Moscovich», vehículo importado desde Moscú, pues se negaba a utilizar cualquier cosa que pudiera relacionarlo o que beneficiara al «Imperio» y traer ese automóvil a México, fue una proeza de proporciones increíbles. Su nieto, el arquitecto Sergio Mier Campos —en honor de los sueños de su abuelo— rescató ese histórico vehículo.

Casiano respiraba y transpiraba el sueño comunista y actuaba en consecuencia. Esa fue la causa que le provocó estar recluido en Lecumberri y en todas las cárceles de Coahuila. Fue amigo personal de Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, Frida Khalo, Vicente Lombardo Toledano y Valentín Campa, figuras de izquierda en un México en un tiempo en el que se perseguía y proscribía a quien se asumiera como tal, pues ser comunista significaba aceptar vivir en la clandestinidad, algo que sufrieron muchos entregados a la utopía de Marx, Engels, Lenin y Trotsky: el del surgimiento del hombre nuevo, un mundo de igualdad social y sin injusticias, el sueño de la liberación del hombre por el mismo hombre.

Don Casiano fundó el Partido Comunista en Coahuila y junto a mi abuelo José Guadalupe Durán, su filial en Monclova lo que significó para ambos, otra vez la cárcel. Se trataba de amedrentarlos, pues ser de izquierda significaba enfrentar el rechazo de una sociedad que los marginaba, de un Estado Mexicano que los perseguía y un empresariado que les cerraba las puertas. Después de eso, era el hambre o el sometimiento y a pesar de sus consecuencias, ambos eligieron lo primero. A don Casiano lo desterraron de Coahuila y junto a él su familia. Por su parte, mi abuelo fue despedido de AHMSA y nadie le volvió a dar empleo, luego eligió la profesión del nazareno.

En los años cuarenta, el maestro Casiano fue encarcelado injustamente y condenado a 12 años de prisión. Valentín Campa, histórico líder ferrocarrilero se encargó de pagar la fianza. Pero la prisión jamás domó su espíritu y en 1950 se unió a la «Caravana del Hambre» integrada por mineros de la Región Carbonífera que demandaban mejores condiciones de trabajo. Más de mil kilómetros caminaron hasta la Ciudad de México, pero no se consiguió nada pues 70 años después, se sigue esclavizando a los mineros del carbón en Coahuila y muchos se han enriquecido a costa de su miseria.

Casiano fue un hombre de izquierda de vocación y no por ocasión. Estudioso del derecho, la economía y la religión, igual filosofaba sobre Hegel, que discutía las teorías de Keynes o argumentaba sobre Comte. No fue un socialista de Facebook y Twitter, ideología que algunos en el mundo de las redes sociales desconocen. Y es que quizás, aburridos de sus cómodas vidas y con demasiado tiempo libre, se asumen desde sus computadoras y dispositivos móviles como de izquierda o progresistas. Defensores ocasionales de libertades que no aplican para sus vidas personales, pues de inmediato vuelven a sus acostumbradas comodidades que provee el capitalismo rampante y abusivo y al mundo de privilegios, negocios y vida social de derecha. ¿De verdad sabrán de lo que hablan o es solo una moda pasajera? Lo dicho: son estos tiempos prosaicos para hombres y mujeres de talla normal.

Don Casiano vivió y murió en congruencia y jamás se vendió. Tuvo una vida difícil, llena de privaciones para él y su familia a quien tengo el privilegio de gozar de su amistad. Fue ejemplo de vida y por eso lamento que no haya visto hecho realidad su sueño. Y es que la naturaleza humana lo volvió imposible y el hombre nuevo fue destruido por el mismo hombre. Además, muchos de los gobiernos comunistas y socialistas terminaron suprimiendo libertades, derechos individuales y se convirtieron en dictaduras. Al final, el sueño se colapsó y el neoliberalismo erosionó todo a su paso. Cuando Casiano murió en 1991, se había desmantelado la mayor parte de los regímenes socialistas del mundo.

Años después de su muerte, le preguntaron a su hijo el doctor Enrique Campos, destacado científico y pensador mexicano, fallecido también hace algunos años, acerca de la herencia que había recibido de su padre a lo cual respondió: «Además del orgullo de ser su hijo y su ejemplo como hombre íntegro, me heredó El Capital... Pero el de Carlos Marx».

 
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