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  Edición 608
  Del acto político al acto poético
 
Jaime Torres Mendoza
   
  Los griegos tenían una palabra para designar el acto poético: poiesis, decían. La palabra en cuestión no es cualquier palabra; su significado profundo es creación. Y sí, lo esencial de la poesía es su contribución a desvelar con mayor dosis de verdad el misterio del mundo a través de las herramientas que tiene como propias esta vertiente de las letras, entendida como arte: metáforas, imágenes, símbolos, entre otras, para dejar constancia de que la poesía es un espacio constructivo donde el mundo es en todo su esplendor.

En efecto, la poesía es un asalto a la realidad; asalto repentino, contundente y definitivo; es la fórmula intuitiva más poderosa con que el poeta resuelve a nuestro favor la incógnita de este mundo porque es un gran esfuerzo comprensivo para clarificar ese escenario que ellos, y nosotros, tenemos como casa común.

La poesía, con su autodescubrimiento del sentido de la existencia y su virtud para fundarla en toda su magnificencia, nos aporta lo más sustancial del ser humano: su proceso de búsqueda a través de los grandes temas: amor, muerte, soledad, dolor, angustia, alegría, sueños… Es así porque es también un conjunto de pinceladas de una paleta muy amplia para aplicar el color del sentimiento, la emoción y la posibilidad de expresar el pensamiento más profundo, sobre una página en blanco habitada luego por el mejor huésped que puede tener una casa de papel: la palabra.

Y son precisamente los poetas quienes, con su quehacer de contundencia irrefutable, dejan constancia de que su oficio constituye la elaboración más minuciosa de un mapa donde quedan trazados los puntos exactos para explorar una zona de escasa visibilidad por el misterio que entraña y la profundidad de abismo que posee: el interior del ser humano, ahí donde se ponen de relieve las emociones y los sentimientos más íntimos del individuo, del hombre universal si se quiere esa expresión, para reintegrarnos al reino de pájaros que cantan su alegría de abril, para instalarnos ante la visión de la cascada de hojas secas que caen con el primer murmullo del otoño, para apaciguar los ardores del alma porque nos han quemado las palabras con que se nombra el mundo; es decir, el reino de la vida, la vida pura, la de la luz perenne volcada sobre nuestro ser, el ser del Hombre, precisamente.

Y el fundamento de la poesía es el lenguaje, herramienta que nos sirve para comunicar ideas, en principio. Sin embargo su significación más profunda es que con el lenguaje el hombre se construye a sí mismo.

En rigor, se puede decir que no fue el fuego, ni la rueda lo que convirtió al ser humano en ser humano. Fue el lenguaje.

En la práctica cotidiana, existe un lenguaje directo, empleado en la lógica; otro simbólico, que representan, que significan, que refieren un universo mucho más amplio que el escenario donde se mueve cotidianamente el hombre. Este es el lenguaje de la poesía, el que la posibilita para expresar bellamente, estilísticamente, emociones y elementos de la razón.

La antigüedad griega conoció los poemas homéricos: La Ilíada y la Odisea. También conoció el texto escrito en prosa, aunque eran leyes admitidas para dejar constancia de hechos. La Edad Media se basó en la poesía para expresarse, aunque la prosa existía para la historia y otros saberes mediante los cuales se le empezó a dar importancia al hombre, al ser humano, gracias al Concilio de Trento, que le permitió al sujeto el debate. Por eso el hombre de ese tiempo empieza a escribir diarios en prosa, desde el sujeto; todavía en ese momento no expresaba cabalmente en poesía. Pero a partir de la expresión del sujeto, la prosa empieza a emerger como una posibilidad expresiva de sí mismo, de la sociedad, es decir, nace el interés por el individuo.

El ingreso a la Modernidad ocurre con un movimiento intelectual llamado Ilustración. Con Kant se presenta una revolución del pensamiento formal; luego Hegel añade que tiene que haber un movimiento dialéctico para lograr una síntesis que desarrolle una idea nueva.

El utilitarismo surgió como la certeza de que lo útil es lo valioso. El romanticismo responde a ello rescatando la emoción. Los románticos saben bien que el ser humano es más de lo que parece. Es una auténtica revolución poética, es ahí donde el Hombre es.

El individualismo cambia el proceso de la cultura. Nietszche se da cuenta que en la modernidad se pierde la moral, ya no se piensa en la tradición; se cree que el individuo es capaz de transformar la moral, en eso consiste la muerte de Dios, porque el hombre cree que es capaz ahora de transformar su propia moral, crear sus propios dioses, pérdida de valores o, con mayor rigor, se transformen esos valores.

La posmodernidad nace en el arte. Marcel Duchamp, con su obra plástica Desnudo descendiendo la escalera, despoja de todos los elementos que refieren a la realidad, sólo quedan las formas meramente conceptuales que obligan al sujeto a reflexionar sobre el objeto artístico. Nos alejamos de la realidad.

Bien, en ese contexto de escasas certezas, la poesía se presenta como la posibilidad real de la existencia de un territorio donde el hombre se reencuentre, se realice, se construya. Es así porque la poesía habla del ser humano, de las cosas de la realidad que le atañen de manera muy cercana.

También aquí su sustento es el lenguaje, pero no cualquier lenguaje, sino el estrictamente poético, cuyos timbres únicos llegan a las zonas más ocultas del individuo para crear, recrear, evocar todo su universo de intimidad donde, paradójicamente, se abre al horizonte más amplio de la existencia para ejercer la vida en el acto de mayor contundencia para él: el desafío de vivir.

El acto poético, entonces, no es una cosa menor, aunque poco se hable de él. El acto poético es la cualidad de mayor contundencia en el individuo a través del cual nos dice de manera irrefutable cómo se ha presentado el proceso de deconstrucción de sí mismo para volver a construirse en el siguiente momento a través de la palabra, a través del acto fundacional que significa el acto poético.

Pregunta sana: ¿Cuándo ya el acto político ha dejado en claro su fracaso para la construcción de una sociedad justa en México, no sería mejor abrir el umbral del acto poético?

Es sólo una pregunta, pero me remite a Pico della Mirandola, quien reflexionó sobre la dignidad del hombre. Y su respuesta fue que el ser humano es informe, es libre y es divino, por lo tanto, debe ser libre para su crecimiento puesto que puede elegir.

 
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