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  Edición 608
  Ni un lanzamiento antes, ni un lanzamiento después
 
Juan Antonio García Villa
   
  Siempre es necesario conocer el momento exacto y preciso en el cual las cosas —en particular ciertas cosas— se han de hacer. Por razones de distinta índole no es conveniente, justo ni procedente realizarlas —ni siquiera intentarlas— antes. Pero tampoco después.

Las cosas reclaman ser llevadas a cabo en el momento pertinente. Aun en cuestiones políticas, o quizá con mayor razón en este tipo de asuntos, se debe escoger y tratar de ser acertados en la correcta selección del momento. Hasta por razones de orden democrático, como en el caso al cual haré referencia aquí.

Quienes gustan del beisbol seguramente recuerdan aquella famosa frase del célebre e inolvidable cronista ya fallecido Pedro «El Mago» Septién, quien solía decir en sus narraciones la enorme responsabilidad que pesa sobre todo manager de no cambiar a su pitcher «ni un lanzamiento antes, ni un lanzamiento después». Los que conocen de este gran deporte aseguran que nada hay más cierto que este dicho de El Mago.

Exactamente igual sucede en política. Con una previa y pertinente aclaración. Cuando el timonel decide relevar a su lanzador, ya ha de tener todo preparado para que ello ocurra. Al menos un lanzador zurdo y otro derecho ya con el brazo listo para entrar en acción cuando se requiera. Es decir, en el momento preciso. Ni un lanzamiento después del pitcher que uno de ellos va a sustituir. Igual debe ser en política.

¿Cuál es el caso? El del actual gobierno federal y específicamente del titular del Ejecutivo. Todo parece indicar que el Presidente trae un plan para llevar al país por caminos que no propuso en su plataforma electoral registrada ante el INE, ni fue siquiera parte de su discurso de campaña o de sus frecuentes declaraciones aquí, allá y en todos lados. Incluso sus posiciones de entonces y ahora son claramente contradictorias. Un solo ejemplo, que fácilmente se puede multiplicar, es suficiente: el papel del ejército que en su mentalidad pasó de la denigración a la glorificación.

Resulta claro que las políticas públicas que López Obrador y su equipo cercano han diseñado y luego puesto en ejecución van en una dirección precisa y ahora ya fácilmente adivinable: centralización del poder, férreo y absoluto, en el Ejecutivo; sometimiento de los gobernadores por la vía de las restricciones presupuestales; preparación por distintos medios para tener el control del Poder Judicial, empezando por su órgano máximo, la SCJN; debilitamiento y simultáneo apoderamiento de los órganos constitucionales autónomos, con paralelas campañas de desprestigio, y así otras políticas similares.

En lo que poco se ha caído en la cuenta es en advertir el proceso mediante el cual los distintos programas federales asistencialistas se han venido modificando en su operación para el efecto de tener a través de ellos un control clientelar sobre la población, con el ánimo de ser ésta utilizada electoralmente. ¿Cuándo? En el 2021, año en que habrán de celebrarse elecciones federales de medio término. De ahí que haya dicho y reiterado que antes de tres años no habrá alzas de impuestos y otro tipo de medidas radicales.

Los tiempos están pues más que claros. Para el 2021 el lopezobradorismo espera tener todo bajo riguroso control para el asalto final en la dirección que ya claramente tiene marcada desde ahora.

Entonces, en el bullpen deben estar ya los lanzadores relevistas poniendo en condiciones su brazo para entrar en el momento oportuno a reforzar la defensiva. Ni un lanzamiento antes ni un lanzamiento después. Incluso, de ser necesario, no esperar a la fatídica 7a entrada, que sería el 2021. Para que no nos suceda lo de Venezuela.

 
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