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  Edición 608
  Educación y política
 
Esther Quintana Salinas
   
  Soy una convencida de que el modelo educativo actual ya quedó rebasado y que hay que adecuarlo a las circunstancias que hoy tenemos. Ese fue motivo importante que me llevó a participar como diputada de la LXII Legislatura en la factoría de la reforma educativa que hoy está empeñado Andrés Manuel López Obrador, por un compromiso de campaña, en echar abajo. No admite revisión a la misma, simplemente hay que borrarla porque atenta contra los derechos laborales del profesorado. Menudo argumento, se cae, no tiene sustento alguno. Vaya que cuidamos ese aspecto, es de párvulo.

Quien guste puede leer la fracción III del artículo tercero constitucional y le quedará perfectamente claro el tamaño de la falacia. Fue una reforma que vino del poder Ejecutivo, ni siquiera fue de extracción panista. Y fíjese qué curioso, quienes la defendimos fuimos los legisladores del PAN, ni siquiera los priistas, ¿por qué? Porque estaba encaminada a construir el andamiaje de un nuevo modelo educativo, cuyos frutos se verían en los próximos 10 años contados a partir de su entrada en vigor. En ella se privilegiaba la capacitación a los docentes para asegurar los resultados planteados en la misma, y se explica, son los transmisores del conocimiento.

La reforma nació en medio de un ambiente político crispado —hoy que pretende López Obrador y sus siervos con disfraz de legisladores destruirla, estamos igual— y por ello corría el riesgo de «morir de inanición» y de eso está muriendo, la administración peñista no le inyectó los recursos necesarios que se requerían, la abandonó a su suerte, y si a esto le suma la falta de acompañamiento de los gobiernos estatales pues el resultado está a la vista. Los recursos, para acabar de rematarla, fueron pésimamente distribuidos, 90% a nómina —los maestros mexicanos son de los peor pagados del mundo, ¿cómo?...— y 10% a infraestructura escolar y de ese 10% solo 1% para capacitación del profesorado. Me queda claro que la iniciativa enviada por Peña Nieto simplemente fue parte del relumbrón para impresionar el regreso del PRI después de los dos sexenios de la alternancia.

Cuando le propuse a Manlio Fabio Beltrones, presidente de la Junta de Gobierno del Congreso de la Unión que los diputados fuéramos a nuestros distritos a dar a conocer como había quedado la reforma después de los Foros a los que acudieron maestros, organizaciones civiles y quienes estuvieron interesados, porque era sustantivo socializarla, me contestó que lo iba a proponer. ¿Sabe cuál fue la respuesta? El envenenamiento gestado desde el propio gobierno federal para tildarla de atentatoria de los derechos laborales de los profesores, vía los lideretes sindicales.

De modo que seguirán los postulados del artículo tercero exclusivamente de adorno, odio decirlo, pero no veo otra cosa en el horizonte que tengo enfrente. ¿Por qué le ha de interesar a gobiernos de corte priista hoy redivivos en el morenista que los niños y los jóvenes de este país entiendan a la democracia como un sistema de vida que se traduzca en el permanente mejoramiento económico, social y cultural de quienes aquí vivimos? ¿Por qué recibir una educación que les lleve a comprender, no por encima, sino a plenitud los problemas que tenemos como país, verbi gratia, corrupción, impunidad, inequitativa distribución de los recursos, violencia en todas sus manifestaciones, pobreza y marginación, subdesarrollo material e intelectual, etc., y por ende a buscar las soluciones ad hoc? ¿Por qué no ser educados para la convivencia, que contribuye al fortalecimiento por «el aprecio y el respeto por la diversidad cultural, la dignidad de la persona, la integridad de la familia, la convicción del interés general…, los ideales de fraternidad e igualdad de derechos de todos, evitando los privilegios de razas, de religión, de grupos, de sexos o de individuos…»? ¿Por qué seguirá en el terreno de la aspiración «el mejoramiento constante y el máximo logro académico de los educandos»? ¿Por qué?

Educar para la paz y la convivencia es vacunar contra la intolerancia, concientizar del cuidado y el respeto que nos merece el medio ambiente es encaminar de manera objetiva hacia un sistema sostenible que no ponga en peligro la vida en el planeta… ¿O no? La educación debe gestar en la mentalidad de los seres humanos la igualdad entre hombres y mujeres por la simple y sencilla razón de que somos personas. Y hay otra asignatura pendiente, la educación que se imparte en nuestro país no está formando ciudadanos, sino ejércitos de indiferentes y apáticos a los que tienen convencidos de que la política es una basura, algo deleznable y asunto exclusivo de los políticos de carrera. El poeta español Antonio Machado decía: «Cuidado con los que os aconsejan que no os metáis en política, porque eso es que quieren hacer política sin vosotros y en contra de vosotros», por eso precisamente el jurista mexicano Miguel Carbonell expresa que: «la escuela no puede dimitir de ser política», la neutralidad la convierte en cómplice del poder político y económico. En la escuela los profesores deben estar capacitados para enseñar a sus alumnos el proceso de construcción de las posiciones, con el método del diálogo inteligente, basado en argumentos, abordándolo desde la honestidad y el respeto, que les ayude a aprender a pensar y contribuya a su desarrollo personal, moral, y social. Esa es la esencia de la educación. Ya basta de educar para ser masa, ya basta de aceptar sin chistar desinformación masiva, un pueblo así acaba adorando a su opresor y odiando al reprimido.

Necesitamos que se eduque a los niños y a los jóvenes con espíritu crítico. Una ciudadanía crítica le hace frente a los problemas derivados de la corrupción y la impunidad y de la democracia convertida en caricatura. La escuela debe servir para mejorar la sociedad y construir la historia. Por eso tenemos que apostarle a un modelo que asegure la igualdad de oportunidades, la equidad y el derecho a aprender con éxito de todo el alumnado. Esto solo lo garantiza con educación a cargo de maestros capacitados para ello de manera permanente y obligatoria, bien pagados de acuerdo a sus resultados medidos objetivamente, y con una infraestructura bien dotada de recursos. Esto es Inversión en futuro.

Los maestros deben sembrar la semilla de la curiosidad del alumnado hacia el conocimiento, enseñarlos a mirar para descubrir el mundo y sobre todo a que se deslumbren con sus propios talentos, porque hay millones de personas que jamás se enteran de lo que están dotados naturalmente y entonces se quedan en la medianía y serán los eternos conformistas, amargados o víctimas de su propia frustración, expertos en echarle la culpa a cuanto y cuantos los rodean de sus incompetencias.

México requiere de maestros que no solamente vayan a hablarles de valores, sino que los practiquen y los transmitan con la fuerza del ejemplo y la congruencia, que los concienticen de su pertenencia a una comunidad de la que son parte activa, no mirones de palo, y que por ello es importante aprender a escuchar, a dialogar y a construir con todos los demás. Necesitamos también retornar a la preciosa vinculación entre padres y maestros que se dio en otros tiempos, para cambiar el mundo.

No se vale que muchos padres de familia se laven sus manos y le endilguen a la escuela la formación de sus hijos, es tarea de ellos, se complementa con la educación que se imparte en las aulas. Asimismo, requerimos de una ciudadanía que se comprometa en la defensa de la escuela formadora de mexicanos ciudadanos.

Ya basta de seguir fomentando la idiotización, es decir la alienación ideológica, en léxico de nuestro tiempo; en la época de la Grecia clásica se llamaba idiotes a quien se mantenía apartado de los asuntos públicos, en contraposición al polites, que era el ciudadano comprometido y ocupado en la colectividad de la que era parte. En la idiotización, se «enseña» a ocuparse prioritariamente de lo que atañe al yo, como ser individualista. ¿Cómo? Si no vivimos en una isla. El hombre es un ser político por naturaleza y no hay espacio más idóneo para que esto aflore que el seno de una comunidad, esto ya lo apuntaba Aristóteles, 200 años antes de Cristo.

La educación recibida se refleja en la forma de hacer política en nuestro país. Votar, por ejemplo, no está influido por la convicción personal y mucho menos por el conocimiento de una plataforma política. Ahora se vota por el que dicen las encuestas que es el mejor posicionado, o el que recomienda con una cara de «yo sé mucho» el actor non plus de la novela de moda o la cantante que encabeza la lista de los más oídos en el Spotify. La mercantilización de la política a todo lo que da.

Hoy el debate político se banaliza, se espectaculariza y se envilece. Los slogans, los insultos, las burlas, el sarcasmo, la ironía… ese es el nivel de la política en nuestros días. Las discusiones que se leen en las redes destacan por la ausencia de reflexión. La democracia luce desorientada, sin atractivo para el electorado. El autoritarismo, el populismo y el clientelismo a todo lo que dan, y los partidos políticos desacreditados. El diálogo civilizado entre adversarios se hace cada día más complicado debido al clima de polarización alimentado por el mesías votado por 30 millones de mexicanos.

No se vale heredar esta triste manera de hacer política, no se vale resignarnos a ser una sociedad incapaz de encontrar soluciones colectivas a nuestros problemas. Por eso tiene que cambiar la forma y los contenidos de educar a las nuevas generaciones. Tenemos que aplicarnos a construir y a solucionar en plural, la educación tiene un papel sustantivo en ello.

 
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