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  Edición 608
  Que su Dios los perdone
 
Marcos Durán
   
  Fue el escritor Jacinto Benavente, uno de los autores teatrales más importantes de la historia y Nobel de Literatura en el lejano año de 1922, quien alguna vez dijo: «Perdonar supone siempre un poco de olvido, un poco de desprecio y un mucho de comodidad». Una buena parte de lo que dice es verdad, porque habría que aceptar que los hechos pasan y no los podemos cambiar. Al hacerlo, solo resta olvidar, perdonar o decidir que lo que pasó no admite el perdón y que este no siempre es posible, y mucho menos aplica para todos los casos.

A la llegada del argentino Francisco Bergoglio a la silla en donde se sentó Simón Pedro, me entusiasmé llegando a pensar que, en su discurso progresista, renovador, en donde se reconocía los derechos de los homosexuales, condenaba los dogmas, las doctrinas morales y pugnaba por castigar los crímenes de pederastia cometidos por ministros de su iglesia promovía un verdadero cambio al interior del catolicismo.

Con gran ingenuidad empecé a creer en Bergoglio y sus intenciones de abrir el sarcófago en donde se esconden los pecados que tanto han dañado al cristianismo. Pero todo eso acabó cuando el papa Francisco anunció primero que otorgaba la indulgencia plena a la Legión de Cristo y a su movimiento seglar Regnum Christi durante el Jubileo y por su 75 aniversario.

La Orden fue fundada en 1941 por el mexicano Marcial Maciel, quien condujo con mucho éxito la Legión hasta que a mediados de los años noventa empezaron a aparecer los signos de su putrefacción y doble vida. Aún así, la Legión navegó algunos años más en silencio hasta que su barco se vino a pique al descubrirse que a quien llamaban con elocuencia «Nuestro padre», fue acusado de pederastia, fraude, extorsión, abusos sexuales y de tener más hijos que yo. Luego en una intentona de apagar el escándalo, Joseph Ratzinger, quien en abril de 2005 había sido elegido Papa, desterró a Maciel del ministerio a una «vida de oración y penitencia»; pero de castigo nada.

Pero en otras órdenes del propio catolicismo siguieron surgiendo: Irlanda, Argentina, Perú, México y el más reciente en los Estados Unidos de América en donde hace apenas unos días se reveló un comunicado de la diócesis de Brooklyn (Nueva York) que divulgó los datos de 108 miembros del clero acusados de abuso a menores a lo largo de sus 166 años de historia, una lista que se suma a las recientes publicaciones de otras demarcaciones católicas en Nueva Jersey.

«Sabemos que esta lista generará muchas emociones a las víctimas que han sufrido terriblemente. Por su sufrimiento, lo siento terriblemente», escribió el obispo de Brooklyn, Nicholas DiMarzio, en una nota junto a la lista que espera sirva para reconocer «lo que se les hizo» y les aporte cierta «reparación».

Todos los acusados han admitido su mala conducta sexual con menores o han recibido denuncias consideradas «creíbles» por una junta de revisión de la iglesia o por los procesos establecidos por un programa de compensación a víctimas de la diócesis, añadió.

El número de incidentes de abuso sexual «tuvo su pico en los 60 y los 70, pero la mayoría de denuncias llegaron tras la aplicación en 2002 de la Carta de Protección de Niños y Jóvenes», explica la institución, que señala que los reportes se dispararon en 2017, cuando se estableció un programa de compensación.

Se trata pues, de crímenes sin castigo que me llevan a pensar que ni siquiera una refundación del catolicismo, los puede salvar de su comportamiento gravísimo y objetivamente inmoral. Luego de décadas de un silencio oprobioso, en donde no tuvieron para sus víctimas «la misericordia de Dios», pero si es que su Dios existe, con toda seguridad ha enviado a estos deleznables personajes al fuego del infierno, el mismo infierno al que han hecho pasar por tantos años a los niños y niñas de quienes han abusado.

El dolor de las víctimas, los agravios a sus familias, el encubrimiento institucional por décadas desde lo más alto de la jerarquía católica pone a la iglesia nuevamente herida por sus propios pecados y ni siquiera hay ya un «Mea culpa», esto se trata más bien de un esfuerzo institucionalizado para darle vuelta a la página, como si eso fuera posible. Hoy, para ellos, solo queda el perdón del Dios que han inventado.

 
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