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  Edición 608
  El obispo de Saltillo y la LGBT
 
Francisco Aguirre Perales
Twitter: @aguirreperalesf
   
  Una nota replicada en algunos medios hace unos días relacionada con el obispo de Saltillo, Don Raúl Vera y la comunidad LGTB, me da la pauta para hacer algunas reflexiones en la actual entrega.

Los conservadores, que son los que piden excesos porque su conservadurismo no los deja ver los tiempos actuales, se asustan de la vida y se espantan porque existen personas, que siendo de un sexo determinado se inclinan por sujetos del mismo género, cayendo en el escándalo ante una realidad que concurre en el mundo.

Los críticos locales encuadrados en ese pensamiento dicen que la iglesia en Saltillo está en decadencia y que no se debe permitir el acceso a los templos a las personas de la comunidad LGBT, y declaran también, que no concuerdan con las manifestaciones del papa Francisco cuando se ha referido al celibato sacerdotal.

Es notorio que esos censores desconocen las afirmaciones que desde hace años han hecho los papas Juan Pablo Segundo, Benedicto XVI y el actual Pontífice, en el sentido de que el celibato sacerdotal no es un dogma, pues recordemos que son hombres como todos los demás y que son sacerdotes por elección y célibes por legislación.

Podremos estar o no de acuerdo con algunas posiciones del obispo de Saltillo, como por ejemplo su proclividad a los reflectores con el fin de adquirir renombre, o anteponer comentarios de carácter político, en lugar de generar preeminencia en sus acciones pastorales que debe inculcar a la grey que con fe escucha a su pastor, pues se podría pensar que hace de lado el mandato de Jesús cuando fue muy claro al decir «id y predicad».

En lo que sí estamos de acuerdo con el prelado, es con su posición de apoyar a los homosexuales a quienes les proporciona asistencia espiritual como hijos de Dios que son.

La iglesia debe estar hoy en día abierta a todas las manifestaciones, que de buena voluntad se acercan a ella en busca de aliento que les sirva de bálsamo, y suavizar las ofensas que reciben de tipos temerosos que los ven con odio.

Guardando todas las proporciones, habitamos un mundo cuya dificultosa cotidianidad la soportamos difícilmente tomados de la mano de Dios, pues si con Él el mundo es pesado, imagine como viviríamos sin Él.

La doctrina de la iglesia es tender puentes para que exista la fraternidad en el mundo, pero concurren corrientes impulsadas por el consumismo, el materialismo y el poder, impulsadas por naciones poderosas que denigran a otros países, y que con su poderío los aplasta envolviéndolos en pueblos vulnerables y por lo tanto carentes de calidad de vida.

Si Jesús nos pide que seamos hermanos debe ser con todo lo que conlleva esa expresión, sin distinción.

No es posible que la renuencia de sectores guardianes de un tradicionalismo que posiblemente fue aceptado en el pasado, obstaculice la tarea clerical de nuestros tiempos y desprecien a hermanos cuya inclinación de género no la admiten.

A los inconformes que creen en Dios, que dicen tener fe, seguramente deben recordar que Dios nos creó y que proclamó en uno de sus mandamientos que amaramos a nuestros prójimos como a nosotros mismos. Recordemos que lo dijo en modo imperativo, es decir, sin condición, sin ataduras.

La realidad de la vida en este mundo, es que coexistimos seres que debemos ser respetuosos con las características de género que posean personas que no pidieron ser de esa manera, y con las que, aun teniendo definido su sexo biológicamente, experimentan un género distinto al de su nacimiento.

¿Qué pretenden los inconformes con la actitud de la iglesia de nuestra ciudad que al recibirlos en la casa del Señor los ve como hermanos? ¿Que desean los que están en contra de la admisión de esas personas en el templo, cuya imagen descubre a primera vista su condición de homosexuales? ¿Que sean excomulgados? Nada más atroz.

Morris West en su celebérrima obra El Abogado del Diablo, en uno de sus parlamentos dice: «No hay nadie, ni el más abyecto, que no deba ser tratado con compasión».

Celebro la actitud de monseñor Vera, obispo de Saltillo, y aplaudo su postura de prodigarles cobijo pues los hace ver como lo que son. Como humanos.

Se lo digo en serio.

 
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