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  Edición 607
  La verdad de este país
 
Jaime Torres Mendoza
   
  Una fotografía trasciende el mero y evidente ámbito de reproducir una imagen; es, más bien, un mapa de la memoria, una guía para transitar en un tiempo que no es el nuestro, un misterio que se intenta desentrañar desde el silencio del documento gráfico que nos interpela. Frente a ese documento iconográfico se abre la duda y después de la duda está la incógnita, idéntica a un abismo, profundo y oscuro.

A pesar de eso, el documento fotográfico ilumina porque su requisito fundamental es ser un soporte de precisión que permite transmitir y, a la vez, conservar algún tipo de experiencia ocurrida como evento a una persona o a una sociedad en algún momento determinado en el tiempo.

Una fotografía configura una serie de conexiones, incrustadas, almacenadas, en el conjunto de la historia. Cada papel, cada idea, cada acción, cada pensamiento, modifica sustancialmente las conexiones dentro de esa vasta red. Con todo ello, la historia se fortalece, se debilita, o se forman nuevos hechos. La esencia física del acontecimiento y, digamos, espiritual en el ámbito del contenido y sus alcances, cambia; incluso cuando se ignora la existencia del documento.

Como todo documento, la fotografía es una metáfora que encierra un gran misterio. Siempre será una incógnita la sonrisa congelada en la imagen; jamás podrá saberse el sentido de la mirada triste y melancólica que sostienen los personajes atrapados ahí; nunca sabremos el grado de profundidad en los campos de significación para los protagonistas respecto de los objetos que logró capturar la cámara y que se encuentran en su entorno inmediato y, por supuesto, nos está vedado el espacio íntimo donde se abisma la emoción.

Pero a pesar de eso existe una certeza: una fotografía es la noción exacta de que la escena presa en el marco, no ha sucumbido al paso del tiempo en tanto que nosotros —los espectadores—somos los testigos de cuánto hemos cambiado y envejecido. Quienes asisten al acto de ser fotografiados, están asistiendo al instante de trascender hacia la eternidad. Ese es su triunfo sobre el tiempo, aunque los protagonistas nunca lo sepan.

Cada vez que nos asomamos al instante que el retrato logró arrebatarle al tiempo, somos intrusos, desde luego. De alguna manera hollamos impunemente el principio de privacidad. Nadie, por supuesto, nos dio permiso de mirar, de contemplar, eso es una intromisión abusiva de nuestra parte a la sagrada intimidad de quienes están ahí, en el papel que nos plantea un misterio.

Pero el hecho de que estén, nos permite asomarnos a su tiempo y buscar la interpretación plurisignificativa de sus miradas, de sus gestos, de sus posturas, de su existencia en los muchos universos que constituyeron su realidad inmediata para tratar de realizar aprendizajes y, quizá, encontrar respuestas a los desafíos que nos plantea nuestro presente a la hora de desenvolver nuestro quehacer en un escenario que se aspira sea democrático, libre y equitativo.

En efecto, las fotografías dan cuenta de diversos hechos. Interpretando desde la contemporaneidad los distintos signos contenidos en ellas, se pueden obtener algunas respuestas que sean una lección para el presente que vivimos. Sin embargo, no se ignora su carácter de documento, por lo tanto, éste sólo constituye una mirada parcial, efímera y fugaz de una realidad mucho más amplia, porque el documento es sólo una metáfora para describir la memoria y una forma más de hacer ficción.

Y las fotografías entendidas como documentos están allí, con su espejismo de fortaleza otorgada por el tiempo y su fragilidad de papel; con sus verdades a medias y sus muchos borrones porque lo que ellas nos cuentan, a la hora de interpretarlas, no siempre tiene visos de transparente verdad y sí mucho de tenebra urdida con mentiras, con acuerdos favorecedores a intereses particulares.

Pero aproximarse a una interpretación objetiva y equilibrada de estos misterios de papel a fin de acercarnos a una visión más comprensiva del fenómeno constructivo de la sociedad constituye hoy casi una exigencia porque una fotografía mantiene intacta esa calidad extratemporal de una memoria fija en un tiempo indefinible porque es la reafirmación tangible de una aspiración con noción de certeza: un recuerdo no se puede borrar porque todo lo que está contenido en una fotografía no es sino un universo encajado en una memoria disgregada pero que en el ahora podemos reunir sus partes para captar el sentido original de la vida que se ha quedado en algún lugar de la memoria y que también se ha ido muriendo a cada instante, en el instante mismo en el decaer de la vida, sin el fondo del futuro o en el despertar instantáneo de unos ojos que se abren a la luz de otra memoria nueva y que, al mirar con nueva luz, renueva, re-crea el escenario de aquella vida contenida en la fotografía.

Es así porque una fotografía confirma de manera contundente los cambios que se han operado en la vida de una sociedad; ese documento testimonial nos advierte que la vida es otra en cada momento del tiempo

Una fotografía es la imposible espera de alguien que se quedó preso en el tiempo, es la inmensa tersura de la luz, el silencio de la quietud, el instante repetido cada día, el abismo de unos ojos que miran sin mirar, la casa vacía que ya no se habita pero donde todavía laten los más vivos anhelos, es un espejismo que se eleva en el aire líquido de una tarde de lluvia, una materia inconexa donde es perceptible la ausencia, el abandono, la fuga del universo aludido en la fotografía y que ya no es.

Cuando un espectador se acerca a una fotografía, viaja en la memoria muchos años atrás y se instala en un universo que ya no es pero que, paradójicamente, sigue estando ahí, y, por lo tanto, es. Ese es el poder de la imagen atrapada en una fotografía, ese es su misterio.

Una fotografía colorea la memoria, tanto individual como colectiva para dar nueva vida a un instante impasible del pasado que impacta de manera contundente en la vorágine del presente porque cuenta el universo completo de una historia.

El desafío que plantea una fotografía es la realización de un ejercicio hermenéutico donde quizá podamos desentrañar cada historia para escribirla en nuestro tiempo y, tal vez, en ese mismo acto de introspección, simbólicamente podamos también escribir la nuestra y re-significar los eventos que configuran hoy nuestra existencia.

Por eso invito a los lectores a observar las fotografías de violencia que aparecen en los periódicos amarillistas, las fotografías solemnes que nos venden los diarios serios, las que nos entregan con morbo las revistas de espectáculos. Deténgase un instante en ellas porque ahí está la verdad de este país, no en los discursos vacuos de los políticos.

 
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