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  Edición 607
  Advertencia sobre la corrupción
 
Juan Antonio García Villa
   
  Como si hubiera sido apenas ayer, recuerdo perfectamente los acontecimientos de la histórica jornada del 2 de julio del año 2000. Ese día se celebraron las elecciones federales que abrieron paso a la alternancia política en nuestro país. Es decir, que después de siete décadas un partido político diferente al de siempre llegó a la Presidencia de la República. Y por la vía de las urnas.

Yo era integrante entonces del Comité Ejecutivo Nacional del PAN. Tengo presente que poco después del mediodía de ese 2 de julio recibí un escueto mensaje a través del cual se convocaba a una sesión extraordinaria y urgente del CEN panista, a celebrarse esa misma noche en las nuevas oficinas del PAN, aún en obra negra, sobre la avenida Coyoacán de la Ciudad de México.

Cuando recibí el aviso, de momento no tuve claro a qué obedecía la urgencia. Supuse que se avizoraba un escenario muy complicado. Que Fox ganaría las elecciones, según todo parecía indicar desde los días previos, pero que el priismo desconocería el resultado de las elecciones y trataría con cualquier argucia de imponer en la Presidencia a su derrotado candidato. Consideré a partir de esta hipótesis que nos esperaban días muy difíciles a todos los mexicanos. Y que en previsión el CEN panista analizaría la situación y diseñaría una estrategia a seguir para enfrentar el gravísimo problema que nos aguardaba.

De inmediato hice lo necesario para trasladarme por la tarde de Torreón, donde resido, a la Ciudad de México. Arribé al aeropuerto capitalino alrededor de las ocho de la noche. En el taxi del aeropuerto a la sede panista las radiodifusoras empezaron a difundir los resultados de las encuestas de salida ordenadas por las dos principales cadenas televisivas del país. Ambas daban como ganador de la elección presidencial a Vicente Fox, incluso con un margen por encima de la franja que se considera como «empate técnico». Era pues un hecho el triunfo del candidato opositor y la llegada, por fin, de la alternancia.

Cuando arribé al aún no totalmente terminado y equipado edificio panista, desde la entrada hasta el último rincón del inmueble todo era risas, alegría y jolgorio. Mucha gente se abrazaba, se felicitaba y hasta daba gritos de júbilo. Llegó el mariachi y el entusiasmo se desbordó.

Noté que una persona se apartó discretamente del corrillo en que se encontraba y fue hacia un lugar donde nadie lo pudiera observar. Su actitud me pareció extraña y él alguien conocido. Era Oswaldo Álvarez Paz, venezolano del partido hermano COPEI (Confederación de Organizaciones Político- Electorales Independientes), quien estaba en México acreditado como observador internacional de esas elecciones del 2000 y en su país había sido gobernador y senador, si no recuerdo mal. Se le veía abatido, lo cual me sorprendió.

A Oswaldo Álvarez Paz lo había conocido y tratado en diversas ocasiones, entre mediados de la década de los 80 y mediados de los 90, tanto en su país como en otras naciones de América Central, en reuniones de la Democracia Cristiana Latinoamericana. COPEI, partido hermano de Acción Nacional, había sido una formación política muy importante y fuerte en Venezuela. Dos de sus militantes habían llegado a la presidencia de ese país: Rafael Caldera y Luis Herrera Campins. Luego, con la llegada del chavismo, se derrumbó igual que su rival tradicional Acción Democrática, de corte socialdemócrata.

No le perdí la vista a Oswaldo. Al acercarme a él me pareció verlo llorar. Prudentemente me retiré. Cuando observé que se había tranquilizado lo abordé y le pregunté si se sentía bien. Me dijo que sí y que en ese momento se sentía a la vez profundamente alegre, por el triunfo de Acción Nacional pues sabía bien todo lo que esa victoria había costado durante más de seis décadas a cientos de mexicanos, que sin esperar beneficio personal alguno se habían entregado con generosidad a dignificar la vida pública de México. Que de ello él daba testimonio porque personalmente le constaba. Y triste, dijo, porque idéntico momento estelar había vivido su partido en Venezuela. Y ahora estaba derrotado y sumido en el desprestigio.

Amigo —susurró viéndome directamente a los ojos—: Después de esta epopeya ya nada ni nadie los puede derrotar. Salvo la corrupción, como sucedió con nosotros. Por eso, jamás permitan que la corrupción tenga espacio en Acción Nacional. Porque de ser así, correrán nuestra misma suerte.

Después de casi dos décadas, ¿qué tanta razón tuvo Oswaldo Álvarez Paz en la advertencia que hizo?

 
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