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  Edición 607
  Hoy así... ¿y mañana también?
 
Esther Quintana Salinas
   
  “O la humanidad se da las manos para salvarnos juntos o, si no, engrosaremos el cortejo de los que caminan rumbo al abismo”.

Sigmund Bauman

México hoy tiene un desafío de proporciones enormes, erradicar ese cáncer dual generalizado: corrupción-impunidad. Estamos viviendo tiempos muy difíciles. La incredulidad y la desconfianza están a la orden del día. Cuando una sociedad pierde su bagaje intelectual, moral y humano se producen las grandes caídas. Ejemplos nos los proporciona la historia de la humanidad.

Verbi gratia, la decadencia del imperio romano es un concepto historiográfico que se refiere a las transformaciones que se dieron durante la crisis del siglo III que a partir del 395 DC condujeron a un rápido deterioro junto con su hundimiento. Su decadencia obedeció a factores internos como la degeneración de la moral, la inestabilidad política, el desinterés de los propios romanos para mantener el imperio, sumado a los externos, como las invasiones bárbaras que llegaron hasta la mismísima Roma. Y esto lo traigo como referente porque en México hoy día, tenemos una decadencia moral que debiera no solo preocuparnos, sino ocuparnos en resolverla.

Todos los días hay noticias escalofriantes, crímenes en los que destaca la crueldad, el homini lupus homini, porque es ser humano contra ser humano, con una ausencia cada día más acusada de humanidad, precisamente. El consumo de drogas al alta, embarazos no deseados de adolescentes cada vez más jóvenes que o terminan en un aborto o en el nacimiento de un nuevo ser condenado a la misma suerte; familias desintegradas, disfuncionales, violencia consuetudinaria en todas sus formas. Padres que se lavan las manos como Poncio Pilatos por lo que toca al deber más importante de todos los que emanan de ese hecho: formar y educar a sus hijos.

Cada día hay más niños huérfanos con padres vivos. Y en consecuencia, más personas abandonadas a su suerte, condenadas a la aridez de una existencia sin valores. Y una existencia en esos términos conlleva al aumento de suicidios, de homicidios, de engrosamiento a las filas de la delincuencia organizada. Y de esa sociedad en caos desde hace muchas décadas salen los gobernantes.

¿De dónde vamos a tener gobernantes comprometidos con las causas comunes? ¿Qué los vincula? En México tenemos fenómenos como el populismo, que forma parte intrínseca del sistema político imperante desde siempre, y que no obstante el dizque cambio de gobierno, sigue vivito y coleando, para desgracia de quienes vivimos aquí. Es el instrumento «perfecto» para mantener a millones de mexicanos como dependientes eternos de la dádiva que se paga con los impuestos de la clase media, en lugar, como es deber de un gobierno comprometido, de generar condiciones para que la gente se vuelva autosuficiente.

¿No debiera esto llevarnos a la conclusión de que es imperativo plantearnos un cambio radical en nuestra conducta? Habemos muchos mexicanos que no estamos de acuerdo con las políticas de repartición de recursos emprendidas por el gobierno federal… ¿Por qué tenemos que financiar a muchachos que ni estudian ni trabajan? ¿Entregarles una partida económica sin ninguna obligación de su parte? ¿Por qué otorgarles a todos los adultos mayores una pensión mensual? ¿Por qué el IMSS y el ISSTE van a tener que brindar atención médica y medicamentos a cuantos lleguen a solicitarlo? Si no pueden con su carga habitual. Los derechohabientes pagan por ese servicio, no es gratuito. ¿Por qué se acabó la partida para los pueblos mágicos? La cual significa inversión para la industria turística y genera empleos ¿Por qué esos recursos ahora van para la obra del tren maya? ¿Por qué se hizo pedazos la reforma educativa? ¿Para seguir como antes de ella, consecuentando a una runfla de vividores que tienen de maestros lo que yo tengo de Albert Einstein? ¿Por qué se procedió a echar abajo la construcción del NAIM sin importar el costo multimillonario de semejante medida? Hay un montón de interrogantes sin respuesta. Pero estamos callados.

Mahatma Gandhi decía: «Mucha gente, especialmente la ignorante, desea castigarte por decir la verdad, por ser correcto, por ser tú. Nunca te disculpes por ser correcto, o por estar años por delante de tu tiempo. Si estás en lo cierto y lo sabes, que hable tu razón. Incluso si eres una minoría de uno solo, la verdad sigue siendo la verdad».

Las más importantes teorías políticas sostienen que la práctica de la justicia tiene necesariamente que estar vinculada a la ética, si esto no se da, es devastador. De este vacío nacen la corrupción y la impunidad. David Beetham, profesor de Ciencia Política de la Universidad de Leeds en Gran Bretaña lo expresa así: «una autoridad es legítima cuando demuestra que su legalidad se ajusta al derecho, pero más aún a la ética. Es, entonces cuando los ciudadanos creen y confían en sus instituciones, pues la legitimidad es el reconocimiento público y la justificación pública de su poder, autoridad y credibilidad».

¿Usted confía en sus gobernantes? Una de las principales funciones de un sistema jurídico es proporcionar orden, sin esto, se vive en el caos y este no genera confianza en los ciudadanos que acuden a su arbitrio y amparo. Cuando un sistema jurídico no está bien administrado o bien explicado, lo menos que acarrea es confusión e indignación.

¿Estamos en condiciones, están las condiciones dadas para confiar en las Instituciones, en el ejecutivo, en el legislativo, en el judicial, en los medios de comunicación, que se dicen «el cuarto poder»?

Hoy lo que tenemos claro es que estamos inmersos en una realidad al tope de corrupción e impunidad, de traiciones por el poder, de mentiras, de arbitrariedades, de genuflexión ante el Ejecutivo por parte del Legislativo, de puestos de mucha responsabilidad entregados por el Ejecutivo Federal —nomás porque es su privilegio nombrarlos— a personas que no tienen ni la preparación ni la experiencia para detentarlos, o a verdaderos pillos de los que levantó para llegar al cargo que hoy ostenta.

Veo en la actual administración una necesidad insaciable de «yo gano, tú pierdes», y además a costa de lo que sea. Transita en la vía «de lo hago, lo ordeno y lo mando porque quiero y porque puedo». El presidente se pasea como toro en tentadero, haciendo gala de su fiereza, y la multitud lo vitorea, maná para un hombre que ama tanto el aplauso y la sumisión de los demás a su mandato.

El tonito del «me canso ganso» encubre su altanería y la sorna hacia cuanto no encuadre con su «filosofía» del ejercicio del poder. Fuera de su encuadre todos son corruptos, incapaces, malintencionados, todo está mal... menos él. En su esquema mental se prescinde por entero de otras visiones, solo cabe aquello que coincide con su pensar. Típico del fanático de cualquier color. El fanatismo es lo que ha desangrado comunidades y países en todos los tiempos, es muy difícil vivir en una sociedad en la que pensar diferente se convierte en peligro.

Es una pena que la Historia no sea asignatura que le agrade a la gran mayoría de los mexicanos. Me voy a permitir compartir algunos pasajes de la experiencia que ya han tenido en otras latitudes con administraciones como ésta, por la que votaron 30 millones de compatriotas el 1 de julio de 2018.

Mientras que la Europa oriental vivía su Perestroika, Latinoamérica transitaba en sentido contrario. En 1999, llega Hugo Chávez en elecciones democráticas a la presidencia de Venezuela y con «la nueva» del socialismo del Siglo XXI, empujado desde Cuba por Fidel Castro y se inician una serie de cambios presidenciales en la región: Evo Morales en Bolivia, los Kirchner en Argentina, en Ecuador Rafael Correa, Daniel Ortega en Nicaragua, con impronta de izquierda radical, y en Brasil con Lula de Silva, con Michael Bachelet en Chile, con Mujica en el Uruguay, una moderada.

Nada más que el combustible que alimentaba la revolución del socialismo del Siglo XXI se les acabó antes de lo previsto, básicamente por la caída de los precios del petróleo que acarreó la quiebra de Venezuela y por la muerte de Hugo Chávez, con ello se frenaron las aspiraciones expansionistas castro-chavistas y se produjo el reacomodo de varios de estos países hacia la derecha e incluso hacia la extrema derecha.

La experiencia está evidenciando que la implementación de una izquierda carnívora termina generando saltos al vacío, como es lo que ahora está viviendo Venezuela bajo la dictadura de Nicolás Maduro. Maduro se sentía a sus anchas, respaldado por la izquierda internacional y los buenos oficios con los países democráticos. No obstante el colapso económico, los vínculos con el narcotráfico, la protección a grupos terroristas, la despreciable corrupción estatal, el prácticamente nulo Estado de derecho, la persecución, encarcelamiento y muerte de quienes se le oponían, se mantenía. Hasta que se le cayó el entramado. Usted conoce los últimos acontecimientos.

Los gobiernos populistas son maestros en cubrir con el manto democrático sus proyectos dictatoriales. Suelen arrojar maíz gratuito para doblegar a la masa, porque no ven gente, ven masa. Sus dádivas asistencialistas las financian con el dinero de los contribuyentes y les llaman subsidios, programas de «bienestar social» y aderezan con fiestas, festivales, transporte gratuito, becas y más becas. Así les han robado a millones de personas su capacidad de ser críticos y libres para pensar, actuar y emprender. En México hemos tenido de esto per secula seculorum y la marginación sigue gozando de «cabal salud».

Las naciones exitosas poseen un notable capital humano e instituciones que sí funcionan. A cargo de sus gobiernos no hay seres especiales, sino leyes que se aplican a todos por igual y en los que se asciende no por amiguismo, complicidades, pago de favores, comportamiento supino o parentesco, sino por méritos.

¿Hay algún país del orbe que haya hecho esta proeza de lucidez, de envidiable sentido común? Sí. En 1848, tras la revolución liberal, Suiza decidió no volver a ser pobre jamás. Sacaron de su cabeza todas las telarañas de estupidez que se habían permitido.

¿Cuándo nos atreveremos en México?

 
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