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  Edición 607
  Nunca más
 
Marcos Durán
   
  En plenitud de sus 99 años de edad, murió Ernesto Sábato, extraordinario físico-matemático, pero aún mejor escritor. Tras la dictadura criminal de Jorge Rafael Videla en Argentina, presidió la Comisión Nacional de Desaparecidos.

El resultado de su trabajo, fue el «Informe Sábato» de donde surgió el libro Nunca Más, que documentó la desaparición de ocho mil 960 argentinos que de un día a otro pasaron a formar parte de una categoría aterradora: los «desaparecidos», condición tétrica y fantasmal, dice Sábato, pues no estaban muertos o encarcelados: estaban simplemente desaparecidos.

El prólogo del «Informe Sábato», es conmovedor: «Durante la década del 70 la Argentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto desde la extrema derecha como de la extrema izquierda. Este fenómeno que ha ocurrido en muchos otros países. Así aconteció en Italia, que debió sufrir la despiadada acción de las formaciones fascistas y de las Brigadas Rojas. Pero esa nación no abandonó los principios del derecho para combatirlo, y lo hizo con absoluta eficacia, mediante los tribunales ordinarios, ofreciendo a los acusados todas las garantías de la defensa en juicio».

Al respecto, Sábato relata que con ocasión del secuestro y asesinato del primer ministro italiano Aldo Moro, un miembro de los servicios de seguridad sugirió al general Carlo Dalla Chiesa, jefe de la fuerza antiterrorista, torturar a un detenido que disponía de información del caso, a lo que este respondió con palabras memorables: «Italia puede permitirse perder a Aldo Moro. No, en cambio, implantar la tortura».

No fue así en la Argentina, a los delitos de los terroristas, las Fuerzas Armadas respondieron con un terrorismo infinitamente peor que el combatido, porque contaron con el poderío y la impunidad del Estado absoluto, secuestrando, torturando y asesinando a miles de seres humanos.

En México, hasta hace poco tiempo desconocíamos las proporciones de esta catástrofe humana atribuida en su mayor parte a las guerras intestinas entre grupos del crimen organizado que en su locura arrasan con todo a su paso. Y es que tras analizar muchos de los perfiles de los desaparecidos, se vuelve irresponsable decir que todos estaban coludidos con criminales y a pesar de que lo estuvieran, el Estado mexicano y la sociedad no hemos dado instrumentos legales para castigar a la delincuencia.

En este reconocimiento del problema, como primer paso para enfrentarlo y establecer mecanismos de búsqueda, hace unos días, la Secretaría de Gobernación, a través de la Comisión Nacional de Búsqueda, dio a conocer una cifra que es, por decir lo menos, terrorífica: en México hay más de 40 mil desaparecidos y 36 mil 708 muertos sin identificar. De todos estos, mil 780 fueron o son coahuilenses. Los municipios con más casos son Torreón con 548, Saltillo, con 342, y Piedras Negras, con 303 personas. En estos últimos, incluyen a los de Allende que recién se cumplieron ocho años de la matanza.

¿Qué habrá sentido Homero Ramos Gloria al levantar la mano para protestar como magistrado? ¿Tendrá la conciencia tranquila sabiendo que durante años, en sus manos estuvo llevar la justicia a las familias de los desaparecidos de Allende e hizo exactamente lo contrario?: simular, dilatar, fingir, preservar la impunidad. Tipos como Homero Ramos desprestigian las instituciones, pero tal parece que eso ya se hizo una costumbre en estas tierras. En posteriores entregas publicaremos más de sus desvergüenzas.

Yo mismo conozco a muchas familias de los desaparecidos de Coahuila y he podido observar sus rostros anochecidos por el dolor y el duelo permanente. Se dé sus desvelos y de sus días eternos, sé de sus súplicas por no ser condenados al olvido. Ellos buscan el sosiego para sus almas haciendo todos los días la misma pregunta: ¿Dónde están?

Mario Benedetti les dedicó a los desaparecidos de Argentina un bello poema del cual transcribo algunos de sus versos: «Están en algún sitio concertados, desconcertados, sordos, buscándose, buscándonos, bloqueados por los signos y las dudas, contemplando las verjas de las plazas, los timbres de las puertas, las viejas azoteas ordenando sus sueños, sus olvidos quizá convalecientes de su muerte privada».

 
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