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  Edición 607
  Lecciones del desabasto
 
Eduardo Caccia
Twitter: @eduardo_caccia
   
  Así como el desabasto de gasolina en varias ciudades dejó expuesta nuestra vulnerabilidad, dependencia, nuestro instinto tribal y de supervivencia a través de no pocas confrontaciones entre automovilistas (algunas llegando a los golpes), también nos dejó ver la capacidad de reacción de la sociedad que —superando por mucho al gobierno— se organizó en las estaciones de servicio para transformar (con el apoyo de los despachadores) el caos en orden; la fila de automóviles se convirtió en un ícono de la escasez pero también de la paciencia y la civilidad, dos medallas nada despreciables para un país donde romper la piñata es la primera enseñanza a los niños de que hay que quitarle al otro para obtener más ganancia.

La creatividad es hija de la carencia (entre otras maternidades), ahora puedo decir que la civilidad también. Por instinto de sobrevivencia, si se quiere, decidimos obedecer una gran instrucción colectiva. Las largas filas dejaron espacio en las intersecciones de las calles y se condenó a quien por error o dolo se metió en lugar de formarse al final. Hay testimonio de que a los señalados como tramposos no les surtieron combustible. No sé a ustedes, pero a mí esta reacción me llena de esperanza por un país que requiere multiplicar los ejemplos positivos. Como en la crisis por la potencial epidemia del virus H1N1 de hace unos años, otra crisis nos permite demostrarnos que los cambios sociales son posibles. Una nación que convierte el gandallismo en orden tiene futuro.

Me llamó la atención la articulación ciudadana a través de las redes sociales, no sólo por los básicos «pitazos» (esencia del Twitter) anunciando dónde estaba llegando una pipa de combustible, sino también por un entramado de apoyos dignos de celebrarse.

Existen varios grupos, particularmente de mujeres, que a través de medios como Facebook se han constituido por ciudades bajo la lógica del consumo y han extendido sus fines más allá de la compraventa de cremas de belleza. Concuerdo con mi colega «Lagos»: ninguna plataforma tiene un significado estable. De alguna forma es el usuario quien determina para qué sirve la herramienta. Tal es el caso del grupo «Pink Sale GDL», donde cerca de 20 mil mujeres buscan y obtienen solución prácticamente para todo. Por pláticas con algunas integrantes (autodenominadas «pinks») sé que no sólo sirve comercialmente, también como caja de herramientas.

Se difunden testimonios de prestadores de servicios fraudulentos, también de maridos cornudos, se consigue desde un banal remedio para quitar manchas hasta asesoría para denunciar un acoso sexual. Sobre este tema, la «pinks» ofendida fue acompañada a presentar la denuncia por otra «pinks» desconocida. Durante el desabasto de combustible surgieron ofrecimientos para llevar comida a las mujeres del grupo que estuvieran haciendo larga fila. Otra preguntó si alguna embarazada necesitaba ir al baño, se ofrecía a cuidarle el automóvil y el lugar en la fila.

Recientemente, usuarias del Metro en la Ciudad de México, integrantes del grupo en redes sociales «Las del Aquelarre», ayudaron a construir un mapa delictivo por intentos de secuestro y publicaron recomendaciones para salvaguardar la integridad. El instinto de supervivencia sigue siendo tan tribal como siempre, pero ahora las tribus son más que ocupaciones físicas del territorio, hay nuevas demarcaciones que generan las mismas condiciones que buscaba el ser gregario: seguridad, empatía, pertenencia, soporte, empoderamiento. La cohesión de este tejido social (que dista mucho de estar roto) funciona igual para el bien que para el mal. Gobierno y sociedad tenemos el reto de encauzar positivamente este potencial humano.

Vivimos la era de la vigilancia colaborativa; miles de ojos o cámaras que vieron algo y que servirán para prevenir delitos. Hay departamentos de policía en otros países que solucionan casos con el apoyo de evidencias y pistas que obtienen en las redes sociales. En momentos de crisis esta colaboración se extiende más allá de la vigilancia, permite estrechar lazos de empatía y apoyo que sacan lo mejor de nosotros.

Y de pronto te das cuenta que hay otro tipo de combustible, una reserva sin octanaje que no corre por los ductos: ser humano.

Fuente: Reforma

 
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