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  Edición 606
  Extraña vocación
 
Jaime Torres Mendoza
   
  El anarquista francés Pierre-Joseph Proudhon, que en la base de su pensamiento filosófico perseguía el ideal de una sociedad libre, decía que ser gobernado, es ser inspeccionado, espiado, dirigido, legislado, reglamentado, controlado, estimado, oprimido, censurado y ordenado por seres que no tienen ni el título ni la ciencia de la virtud.

Contundente, ¿no? El pensamiento de Proudhon me viene a la mente porque, leyendo los últimos acontecimientos ocurridos en México en torno a las medidas tomadas por el gobierno para acabar con el robo de gasolina y coronados por una cereza de pastel absolutamente indeseable: el casi centenar de muertos después de una explosión en un oleoducto en el centro del país, me parece pertinente hacer una reflexión que, como siempre, es sólo para mí, no intento imponérsela a los lectores.

De la contundencia del pensamiento de Proudhon, tomo algo que está implícito, toda la acción de ser dirigido, legislado, controlado, oprimido, censurado y ordenado por los que gobiernan desemboca siempre en la muerte.

¿Se ha fijado usted, amigo lector, que este país tiene una extraña vocación para la muerte? Y esa muerte generalmente viene de la violencia institucional.

Palabras más, palabras menos, hace algún tiempo escribí en este mismo espacio que la vida es un dato evidente: el problema es saber en qué consiste el vivir. Como respuesta, aventuraba entonces, que la noción metafísica de la vida consiste en aclararse que vivir es un movimiento de la potencia al acto, para seguir con el lenguaje filosófico: vivir significa un movimiento espontáneo surgido desde el ser, es decir, la vida arranca de mí mismo y de nadie más bajo el signo de una conducta luminosa, dirigida y organizada por el sujeto a partir de su propia conciencia.

La vida es la bestia más inhumana que se puede concebir, pero con momentos de lucidez, de belleza y manifestaciones de amor verdaderamente extraordinarias, contundentes y conmovedoras; es una gran danza cósmica en la que lo relevante es la diferenciación de mí respecto del otro, y en ese acto de diferenciación reconocerme a mí mismo y reconocer la presencia, la existencia y la conciencia de ese otro.

Sí, en buena medida eso es la vida, aunque vivir sea también —paradójicamente— ir muriendo. Es decir, si lo vemos con la óptica del otro filósofo, en este caso alemán, el gran Martín Heidegger, la vida es una preparación para la muerte.

Y la muerte es un evento inevitable. Es una presencia viva en la conciencia humana. Es inútil tratar de eludirla; nuestra tarea es, en todo caso, lograr una reconciliación con el destino porque cuando llega el momento último de la vida, el evento más extraordinario no es morir sino tener conciencia, aunque sea por leve instante, de haber estado en este hermoso mundo y en este maravilloso tiempo.

La vida es nuestra única posesión, es uno de nuestros regalos; otro es haber coincidido con aquellos que comparten nuestro destino.

Si bien es cierto que la muerte es sólo un llamado al que estamos obligados a atender, aunque sepamos bajo una certeza ineludible que nuestra última batalla sobre la tierra no se libra contra la muerte, sino contra nosotros mismos pues nos resistimos al viaje definitivo, también lo es el hecho de que es un acto doloroso. Lo es porque no somos nada en manos de esa fuerza misteriosa y de gran poder que nos arrastra como hojas secas a merced del viento.

El que muere no se va del mundo; se va de nuestra conciencia. La muerte en la conciencia es la más dolorosa de las experiencias. Que alguien nos olvide: eso es morirse. Morir no es dejar de respirar sino empezar a respirar el aliento que le da forma a otra forma de existir.

Pero la muerte posibilita la pasión por la vida. Vivimos precisamente porque tenemos conciencia de la muerte. Sin embargo, cuando las prácticas políticas nos han quitado también la pasión por la vida, qué profundamente desolada es ella, sobre todo cuando se va por la vida con un espíritu ablandado por la tristeza.

Y ablandado por la tristeza está la conciencia ciudadana de este país; esa conciencia que sabe bien que la violencia desatada por grupos de poder, sean institucionales o de otro orden sin que nadie pueda o quiera ponerle freno, se apoderaron de la vida de los mexicanos hasta el elemento más ínfimo de su cotidianidad.

Cual más cual menos, sabe a ciencia cierta del asesinato, el secuestro y la extorsión de personas cercanas o distantes, de la tortura exhibida como macabro espectáculo a través de las fosas clandestinas, de los cuerpos colgados en los puentes de las ciudades, de los descuartizados puestos en bolsas negras en los lugares más públicos, de los arrojados como bultos cualesquiera en la orilla de las carreteras, y…

Todo ello constatando de manera cotidiana la realidad de México, aunque los políticos se empeñen en mentir y nos quieran vender el discurso triunfalista de una nación instalada en el carril del progreso, de la estabilidad, de la bonanza económica, indiferentes al dolor abrasador de la humillación y la impotencia de un pueblo gobernado por miserables que disponen impunemente de su destino y, lo que es peor, de sus vidas.

Que alguien muera es entendible si se le ve como parte de un ciclo de la naturaleza. Pero que alguien, sobre todo si es institucional, le arrebate la vida, entonces todo cambia. México, en general, y Coahuila en particular, tiene ejemplos dolorosos de esto. Cito solo uno: Allende, cuya herida sigue viva, aunque la impunidad y la indiferencia de autoridades y gobernantes sea la realidad insultante que es.

Aunque yo no voté por Andrés Manuel, el presidente cuenta con mi apoyo. Veo bien, y coherente con sus promesas de campaña, el combate al robo de combustibles si eso ataca de fondo la corrupción y la impunidad que ello supone, pero esta primera gran crisis de su gobierno, coronada con esa cereza indeseable de saber que murió casi un centenar de ciudadanos resulta en sí mismo un cuestionamiento en torno a la eficacia de esas medidas.

Este país ya no tiene que seguir con esa extraña vocación de la muerte. ¿Accidente? Puede ser. Yo, como Gabriel García Márquez, creo que siempre hay una verdad detrás de la verdad. Pero hay que buscarla.

 
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