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  Edición 605
  Adiós, Rosenda Monteros
 
Gerardo Moscoso
   
  Su desaparición deja un legado importantísimo en sus excelentes interpretaciones llenas de vitalidad y de fuerza. En lo particular, queda el recuerdo imborrable de de sus lucidas y admirables enseñanzas, entre ellas, destacaría su fuerza y disciplina, pero, en lo personal, el sentido de responsabilidad y optimismo que fue decisivo en mi incipiente debut como actor y asistente de dirección en «La ópera de 3 centavos» de Bertolt Brecht en 1977.

Mi historia con Rosenda viene de muy atrás. Desde que un servidor era pequeño. Jorge Papacristofilou y su esposa, María Méndez, sus mentores fueron mis padrinos de bautizo en 1945. Ella fue quién me recibió en Madrid cuando llegué a España para estudiar medicina. Ella era ya una actriz de gran trayectoria en el cine europeo donde encabezaba créditos al lado de James Mason, Úrsula Andres, Hortz Buchholtz, Yul Brinner, Fernando Fernán Gómez, etcétera.

La disciplina aprendida con Rosenda me hace recordar con detalle las ayudas recibidas, a los amigos leales, las situaciones divertidas, los techos donde refugiarse durante las tormentas. No hay lugar para el olvido, para quienes la conocimos y trabajamos con ella era una antorcha que iluminaba por donde pasaba. No se olvida con facilidad aquello que ilumina el horizonte, los pasados que pueden alumbrar su presente.

La vida exige siempre empezar a vivirla. Eso es lo que hacía y enseñaba Rosenda: qué hacer y cómo hacer con el teatro, allí donde sea necesario. Rescatarlo de una memoria distorsionada y convertirla en un arma cuyo riesgo sea darle vida como lo hizo con el teatro del Siglo de Oro Español y resistir al thriller que nos ocupa.

En definitiva, hacer que los sueños se parezcan, —como el teatro—, a la vida, es lograr que el arte dramático sobreviva. Ya es hora de que creadores y promotores nos aproximemos sin tapujos ni simulaciones y que intercambiemos experiencias y puntos de vista para tratar de sentar una alternativa conjunta a la peculiar situación que globalmente nos amenaza.

Adiós, querida Rosenda, te recordaremos siempre como alguien que nos dejó tatuadas sus enseñanzas, su solidaria amistad y sobre todo el amor al teatro.

 
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