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  Edición 605
  Elección de papel
 
Gerardo Hernández G.
   
  Cuando en México no existían encuestas ni institutos electorales y el PAN no pintaba, el periodista Eduardo Elizalde Escobedo organizó una votación para saber por quién se decantaban los torreonenses para la alcaldía. Los precandidatos más fuertes eran Mariano López Mercado y Braulio Manuel Fernández Aguirre, cuyos padres habían sido gobernadores de Coahuila. Elizalde, de quien aprendí el rigor, el respeto y el amor por el oficio, publicó en La Opinión boletas con los nombres de los aspirantes. El público debía recortarlas y depositarlas en urnas transparentes instaladas en las oficinas del primer diario del estado, ubicadas entonces en las calles de Matamoros y Falcón.

En esos años (1972) empezaba a cubrir la fuente política. El favorito del gobernador (Eulalio Gutiérrez Treviño) era López Mercado, quien fungía como primer regidor. La “elección de papel”, como se denominó al ejercicio ideado por Elizalde, convocó a legiones. Cada mañana, los simpatizantes de uno y otro pretendiente se formaban para emitir su voto. Era fácil identificar las preferencias, pues quienes apoyaban a Mariano hacían fila por la calle Falcón y los de Braulio por la Matamoros. Cuando una superaba a la otra, llegaban refuerzos en camiones.

El delegado del PRI era el veracruzano Mario Vargas Saldaña, quien más tarde ocupó un puesto en la Secretaría de Educación donde una vez platicamos de Coahuila. La elección causó tal revuelo que el presidente y el secretario general del PRI, Jesús Reyes Heroles y Miguel Ángel Barberena, respectivamente, viajaron a Torreón para apaciguar los ánimos. En el aeropuerto Francisco Sarabia, los tres reporteros de la fuente entrevistamos a don Jesús, cuyo talento y liderazgo nadie ha igualado. (Décadas después asistí a una reunión con Enrique Ochoa, coautor de la debacle del PRI el año pasado. Decepcionante, un tecnócrata arrogante y anodino.)

Reyes Heroles despejó dudas sobre la selección del candidato: «No será un junior». Y cumplió. Uno de los aspirantes secundarios en la elección de papel era un modesto profesor y diputado local, sin conexiones económicas ni políticas: José Solís Amaro. El PRI lo postuló y ganó. En Saltillo, bajo el mismo criterio, el candidato fue Luis Horacio Salinas. Las candidaturas a cargos de elección popular no debían ser solo para los ricos. El partido fundado por Calles buscaba volver a su origen popular y premiar la militancia, pues a la familia revolucionaria ya le había ido bastante bien, sobre todo en términos patrimoniales.

La gestión de Solís Amaro, quien me confiaba sus penas, fue aceptable, pero no lució pues siempre tuvo en contra al gobierno del estado y a las elites locales; de no haber sido arropado por un grupo de empresarios, quizá lo habrían forzado a renunciar. López Mercado se convirtió en una especie de superdelegado (como ahora lo es Reyes Flores de AMLO). El gobernador acordaba con él y el alcalde era olímpicamente ignorado. La ciudad pagó los costos.

Fernández Aguirre y López Mercado fueron alcaldes después de varios lustros; el segundo, contra la voluntad del gobernador Rogelio Montemayor. Los partidos tradicionales deben revalorar a sus militancias, premiar el mérito, la experiencia y las virtudes ciudadanas, democratizar sus procesos de elección de candidatos y acabar con los cotos de poder. Por no hacerlo, los electores les dieron la espalda y prefirieron a Morena.

 
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