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  Edición 605
  ¿Quién paga?...
 
Esther Quintana Salinas
   
  Si usted pertenece al grupo de personas que cada vez que nos llega el recibo de la luz le quiere dar el patatús, es factible que sienta como le hierve el cuerpo de ira cuando sepa que somos quienes con nuestros impuestos cubrimos el que el servicio le salga gratuito a todos los trabajadores sindicalizados de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) y también del jugoso paquete de beneficios denominados «conquistas laborales» de cuantos ahí laboran.

Los contratos colectivos de dependencias como Pemex, CFE y el IMSS, a lo largo de muchas décadas han «conseguido» para sus agremiados, beneficios que van desde no pagar la luz, pago del erario de lavandería, artículos deportivos, jugosos bonos para disfrutar sus vacaciones hasta pensiones que en algunos casos incluyen jubilaciones al 100% con solo 55 años de edad. Beneficios muy por encima de los que reciben empleados de la iniciativa privada.

Nomás por curiosidad lea usted en el Contrato Colectivo de CFE vigente —y todos los que lo preceden— «… tiene por objeto, en adición a las disposiciones legales, el establecimiento de las condiciones laborales específicas que deberán regir para la prestación del servicio público de energía eléctrica en la República Mexicana, en la Industria Eléctrica. Cuando las disposiciones de este Contrato, sean más favorables para los trabajadores, deberán sustituir a las de la Ley».

¿Irá a tocar la administración lópezobradorista esos «derechos adquiridos» de privilegio, en detrimento de la población que los financia?

Manuel Bartlett, titular de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), manifestó que la instrucción del presidente López es apoyar a quienes no pueden pagar los altos costos de la energía eléctrica, por elemental justicia social. Y como ya es tradición —desgraciada tradición— se condonará la deuda de algunos morosos en el país. Siempre premiando a los incumplidos. También que se revisará toda la estructura de la empresa y a la vez estarán buscando tener una mejor relación con los trabajadores. ¿Mejor?

El polémico «subsidio» de energía eléctrica por parte de la compañía para sus empleados estriba en otorgarles casi tres mil pesos mensuales en promedio. De eso no han dicho ni pío. ¿Va a continuar?

Y ahí le va otra canonjía, ésta, como dice mi amiga Laurita, «no tiene abuela»: en el caso de los electricistas, la fidelidad al sindicato cuenta con recompensa para la cartera. A partir de los 15 años de servicio los trabajadores de la CFE reciben una gratificación por antigüedad equivalente a 45 días de su salario tabulado. Después de este periodo reciben una compensación cada cinco años y a la misma se le suman 30 días más. (Cláusula 81)

Y lea esto: Cuando los trabajadores están solteros, sus padres y sus hermanos menores de 16 años que dependan económicamente de ellos contarán con cobertura médica, siempre y cuando no sean beneficiarios de esta prestación por otra empresa. Y hasta ahí vamos, pero he aquí el pero: para corroborar que los beneficiarios cumplan con estos requisitos sólo es necesaria la palabra del trabajador, según lo establecido en la cláusula 63.

También la casa-habitación de quienes son jefes de familia corre por cuenta de nuestros impuestos.

Trabajar en PEMEX también es ser parte de una casta «divina», sobre todo si se es integrante de la cúpula del Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana (STPRM), en la última negociación logró conservar salarios y prestaciones, viáticos, ayuda para transporte y gastos conexos foráneos para 73 funcionarios del Comité Ejecutivo General, que incluye también a asesores sindicales y al Consejo General de Vigilancia.

Estos «beneficios» los reciben en los mismos términos los 90 integrantes de las comisiones nacionales mixtas, los 158 comisionados nacionales y 12 comisionados adscritos directamente a las órdenes del Secretario General del STPRM, personal burocrático que no es productivo para la empresa petrolera. Y para corolar, como parte de la cláusula 251 del contrato colectivo, Pemex debe pagar hasta los lujos de las altas esferas del gremio petrolero en el país. Es decir, café gourmet, pensión para autos, papelería, accesorios para celular, persianas, reparaciones de autos, revistas, boletos de avión, hasta los recibos de la CFE y pensiones alimenticias, son tan sólo algunos de los beneficios con los que cuentan.

Asimismo, las bonificaciones por concepto de gasolina y lubricantes para los sindicalizados pasaron de 287 y 311 pesos diarios a 314 y 340 pesos; para gas doméstico, de entre 76 y 78 pesos a 83 y 85 pesos al día, según los tabuladores vigentes en el contrato actual.

Y ahora el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). Su principal atractivo lo constituye el que en este organismo la preferencia cuando hay vacantes es para los familiares de los sindicalizados, sin importar que haya mejores perfiles. Y esto aplica incluso en el caso del personal médico.

El otro gran logro sindical radica en su plan de vacaciones y jubilaciones. Una vez cumplidos los 30 años de servicio cualquier trabajador del sindicato, sin importar su edad, puede jubilarse con la cantidad máxima de pensión. Los trabajadores, por cada año efectivo de servicio disfrutan de un período mínimo de vacaciones de 16 días hábiles. Lo que significa que un trabajador del seguro social cuenta con 10 días más de vacaciones a partir del primer año, que cualquier trabajador que tenga solo las prestaciones de ley. Además, el aumento anual es de un día hasta llegar a 20.

Las vacaciones pagadas son lo de menos. Para que los trabajadores disfruten aún más estos días reciben una ayuda para actividades culturales y recreativas equivalente a 23 días de su salario después del primer año de trabajo. Después se agregan dos días por cada año trabajado hasta los 31 días.

Si son adictos, de nuestros impuestos se les cubre el tratamiento de rehabilitación. Eso sí —que consideración—, solo por una vez. Por seis meses el trabajador continúa cobrando su salario.

Y mire esta chulada: El Instituto está obligado a llevar la defensa de cualquier trabajador que sea denunciado, detenido o demandado por causas relacionadas con el cumplimiento de su trabajo como servidor del IMSS. Las fianzas, pasajes y cualquier gasto originado por el proceso también van con cargo al Instituto.

¿Va a enfrentar López Obrador a los lideretes sindicales? ¿Va a atreverse? Tiene todo para hacerlo. No tiene ni una sola excusa para no acabar con un cáncer que ha minado de manera importante el desarrollo económico de nuestro país. Además fue parte sustantiva de su campaña luchar contra la corrupción. Tiene al Congreso de su lado, su holgada mayoría se lo facilita. Ni Fox, ni Calderón tuvieron estas condiciones para hacerlo. Y no estoy excusando a ninguno de los dos. Los dos gobiernos de la alternancia se enfrentaron a la cerrazón del PRI, que sin presidencia, pero con el control del Congreso y de sus virreinatos estatales, amén de sus poderosos sindicatos, no permitieron avances relevantes. Por ejemplo, la reforma laboral presentada como preferente, por mandato de ley, por Calderón, simplemente no llegó hasta donde hubiera significado un golpe importante al corrupto sindicalismo mexicano. Y tengo bien presente el día que se decretó el cierre de Luz y Fuerza del Centro —otro huachicol de pudrición— durante la administración de Felipe Calderón, porque a mí me tocó posicionar en tribuna al Grupo Parlamentario del PAN en la Cámara de Diputados, la que se armó en rechiflas y descalificaciones por parte del PRI y de toda la izquierda.

El sistema priista sostuvo esta vergonzosa red de reparto socavado, disfrazado de “derechos” en estos tres organismos —y no son los únicos— para mantenerse 70 años ininterrumpidos en el poder, y eso es corrupción, amén del asistencialismo ad perpetuam, con la misma finalidad. ¿Va López a Obrador a romper con esto? El reparto, verbi gratia, de subsidios a jóvenes, a personas de la tercera de edad. Lo hizo cuando fue Jefe de gobierno en el otrora Distrito Federal, de manera indiscriminada… ¿Por qué? Es lo mismo.

Arrastramos una historia plagada de corrupción e impunidad, de grandes beneficios para unos pocos y miserias para los más. El arribo de López Obrador al poder con la proporción de sufragios que lo hizo es la prueba reina del hartazgo de millones de mexicanos de la clase media, del sector joven, del más preparado académicamente, porque a esta clase social le debe su arribo a la presidencia de la República, no a los más vulnerables, no a los marginados. Y él lo sabe. Supo convencer con su discurso a modo del que tenga enfrente, aprendido a lo largo de sus muchos años de caminar entre la gente, aprovechar el hartazgo, el quiebre de la confianza en todo lo que tuviera que ver con gobierno y con poder, para llegar a su objetivo. López Obrador no es ningún neófito en esto de las cosas del querer y del poder en la política, sabe entonces lo que está en juego. Tiene rasgos preocupantes: detesta la crítica, no tolera a la oposición, adora el control absoluto y no teme a la justicia. Son propios del perfil de un dictador. Un dictador que tiene a su lado gente que no lo apoya no puede hacer nada, pero él sí la tiene.

 
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