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  Edición 605
  Utilidad de la política
 
Jaime Torres Mendoza
   
  Sí, resulta claro que la política es un elemento cohesionador de la sociedad. Para los políticos, digamos de profesión, su práctica debería representar la oportunidad de dibujar un ciclo coherente y unitario que desembocara siempre en programas políticos útiles para esa sociedad, que debiera ser también su razón de ser.

El hecho de que los hombres dedicados a ese quehacer afiliados a un partido, debiera ser simple y sencillamente un posicionamiento y no una adscripción doctrinal a un determinado grupo que piensa de la manera particular dictado desde las líneas definitorias del partido político que representa.

Esa deseable distancia resultaría muy sana debido a que esa adscripción doctrinal mina las bases que aseguran la convivencia social, puesto que la cohesión política es una condición indispensable para garantizar la unidad civil.

La utilidad de la política es incuestionable como instrumento pues es necesaria para guiar al núcleo ciudadano, en la construcción de una sociedad en la que sea posible la vida colectiva. Lo que se cuestiona en realidad son sus formas.

Desde hace ya mucho tiempo se sabe con certeza que el principal instrumento de cohesión social y condición indispensable para que una comunidad sea considerada, no como comunidad de bestias, sino una propiamente política, es decir, relacionada entre sí, es la existencia de la ley.

Los filósofos han proclamado siempre que a la Sabiduría la sucede la ley como condición inquebrantable de una vida civil sana; esto es así porque gracias a la ley los gobiernos pueden gobernar con límites y las repúblicas se mantienen en su lucha permanente por alcanzar el Estado de bienestar con base en un código jurídico que establece límites.

En más de una ocasión he dicho que los escritores, los filósofos y cualquier sujeto que tenga una audacia intelectual en el contexto del pensamiento humano, son seres que van a la vanguardia de todo. Siempre también me ha parecido increíble que los políticos, o sus asesores, no se hayan detenido un momento en los libros de esos seres particulares para conocer sus opiniones respecto a asuntos de vital importancia en una sociedad.

Mi asombro no es gratuito, por ejemplo, en cuestiones de ley, Giordano Bruno, filósofo italiano que mantuvo su vocación rupturista hasta que fue quemado vivo por la iglesia católica en 1600, mantenía muchas certezas fundadas en una sabiduría a toda prueba.

En efecto, en su libro Expulsión de la bestia triunfante, Bruno escribió que la ley tiene como principal objetivo el fomento de la cohesión social. Arte de las artes —decía— y disciplina de las disciplinas, la ley tiene que reprimir, particularmente a los hombres que, entre todos los animales, son los que tienen complexiones más distintas, costumbres más variadas, inclinaciones más diversas y voluntades e impulsos más inconstantes.

Y sí, aceptando esa postura del filósofo expresada en el libro citado, por todo eso el hombre no puede andar separado de la ley.

Quizá ahora en que México estrena una nueva administración, sería bueno recuperar todo este pensamiento que privilegia la ley como herramienta de cohesión social y baluarte infranqueable de una política útil para una sociedad que tiene fija su mirada en la esperanza de un escenario donde se pueda vivir mejor.

Quien me ha seguido en mis artículos, sabe que soy un escéptico de la política que se hace en México y que siento un desprecio profesional por los políticos que han hecho de mi patria un fracaso reiterativo de su crecimiento. La revisión histórica de las prácticas políticas en mi país, me conceden la razón.

Por eso también, haciendo una somera revisión de lo hecho por la nueva administración gubernamental durante los días de su gestión, debo mantener mi escepticismo porque lo que veo no alcanza para abrir el umbral del optimismo.

Me parece bien la disminución de salarios a los funcionarios públicos y el aumento al salario mínimo para los trabajadores; no estoy en contra de las conferencias de prensa mañaneras, pero el país tiene otros problemas con un trasfondo de mayor profundidad que no han sido tocados y quizá también, ni remotamente pensados.

Por ejemplo, en la violencia que se puede medir por la soledad de las calles en las ciudades y las cortinas hierro que cubren los escaparates de sus comercios; en el sistema de salud cuyo deterioro podemos ver la falta de medicamentos, en las salas de espera de hospitales donde muere algo más que la esperanza; en el sistema de justicia, cuya ineficacia abarrota las cárceles de inocentes mientras los verdaderos delincuentes gozan de libertad; en el desempleo y en la educación que no alcanza para formar conciencias ciudadanas capaces de transformarse en entidades productivas y comprometidas para los asuntos que le atañen a su sociedad.

Es cierto, al presidente en turno le fue entregado un país en deterioro. Pero si fuéramos rigurosos tendríamos que aceptar que él mismo fue parte de la destrucción de esta estructura patria que a veces parece desmoronarse con el más leve rumor del viento.

Como ven, mis amigos, sigo siendo escéptico. No confío en los partidos políticos, no confío en los políticos, no confío en las instituciones. Confío en la ley. Y esa es mi esperanza. Espero que alguien de la presente administración, el presidente mismo, si es posible, actúe con la ley en la mano, en cuya fuerza se abre la posibilidad de una esperanza.

Espero que alguien en el gabinete, tenga el atisbo de ver en la ley la posibilidad de encontrar los cauces para construir una política útil para enfrentar los problemas reales de un país en crisis; útil para dejar de lado la tentación de construir un discurso basado en la retórica para ocultar los problemas esenciales que afronta la sociedad mexicana.

Si algo espero del presidente López Obrador, es que me reintegre la confianza mediante la puesta en práctica de una política útil que abra la posibilidad de un desarrollo deseable para un ciudadano como yo.

 
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