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  Edición 604
  Privilegiar otro discurso
 
Jaime Torres Mendoza
   
  Permítaseme en esta oportunidad reproducir parte de un artículo anterior. No resistí a la tentación porque lo escrito en aquella ocasión viene bastante bien para lo que deseo abordar hoy.

Decía en aquel artículo que durante muchos años me he dedicado a la literatura. Incluso que he escrito algunos libros. Pero más allá de haberlos escrito y por ello considerarme escritor, soy muy buen lector porque sé que el escritor es, sobre cualquier otra cosa, un lector de libros para ser después un lector de la realidad.

Sé también que transitar por la literatura es aprender a escuchar, a ver, a habitar el corazón del bosque de lo humano. Realizar esa tarea permite recorrer en fluido trayecto entre lo grande y lo pequeño, entre el Arcano indescifrable que lo abarca todo y el ser humano, minúsculo grano de arena entre las dunas, pero capaz de trazar su caligrafía para dar cuenta del misterio de estar en el mundo y darse a la tarea de aplazar la muerte en la obra de arte que se escribe a diario con esmero, con disciplina ardua y con ardorosa pasión.

En efecto, sólo a través de la literatura cada significado de la palabra escogida encuentra su correspondencia en la expresión de un rostro antes anónimo, el sentido triste o alegre de los sonidos y los colores del mundo.

El descubrimiento del individuo y la intuición de ser propio, auténtico y genuino a través de la necesidad de conocer la realidad, es el objetivo de toda literatura seria que deviene siempre en verdadera literatura y en verdadera obra de arte.

El gran ejercicio de la palabra constituye el núcleo destilado de lo individual, la médula de aquello que late bajo la apariencia para palpar el yo indestructible, el ser crecido a la vera del dolor y del placer, la humanidad profunda que reside en cada individuo. Por eso es maravillosa.

Y la humanidad que todo escritor encuentra en sí mismo para modelarla en su obra y luego, con auténtica vocación universal, dejar constancia con toda nitidez, de la definición de sus mejores y más altos deseos y aspiraciones, esa es parte de la misión de la literatura.

Pero para que eso se alcance, la literatura debe tener una altísima dosis de lo imaginario pues no es una copia real de la objetividad instalada en la realidad, aunque parta de ella. La real literatura se hace desde la ausencia, desde el dolor, desde el lado oscuro donde están las más esenciales contradicciones de los seres humanos. Por eso la literatura más optimista resulta tremendamente aburrida y carente de significación.

Un texto literario está constituido por una vivencia del autor, por la imaginación y el lenguaje que se convierte en un acto de escritura a través del lenguaje escrito, de un estilo para crear un efecto capaz de conmover. Un texto literario es siempre una totalidad, es un mundo único donde el autor hace una selección del mundo y realiza una síntesis de una parte del universo. Así pues, no es una visión general, caótica, sino una visión particular donde prevalece el orden.

La literatura es una práctica de exploración de la interioridad; es un ejercicio de autodescubrimiento en el que participan el escritor y el lector en un esfuerzo común por desentrañar el mundo. La literatura otorga al que la ejerce, una vocación íntima de estar en el mundo y, mejor aún, de actuar sobre él, sin instalarse en el egoísmo, que suele envilecer el comportamiento humano. Es así porque ella es el proceso mediante el cual se concretan las cosas de nuestra intimidad.

La literatura mantiene como exigencia fundamental crear un idioma íntimo y prodigioso para realizar la más extraordinaria faena de descubrimiento al descifrar los enigmas de la existencia y ponernos en contacto con la realidad misma en su única y vital dimensión: la verdad de nosotros mismos.

La literatura es la gran responsable de los cambios esenciales de la humanidad, es un convoy cargado de amor, de alegría, de dolor, de esperanza… Por eso es bella, por eso es arte. Por eso también humaniza todos los eventos del hombre que configuran su existencia y desembocan en la vida, sin más.

La literatura clarifica el concepto del mundo pues es un ejercicio lúdico de reconocimiento de las áreas más ocultas del ser humano y cuando la literatura se hace música, una parte del individuo, una parte de una pequeña colectividad y una parte del mundo, tiene luz, y su resplandor es una de las experiencias más bellas e inolvidables del espíritu.

La literatura hecha poesía, que fluye con soltura como el agua de una acequia tendida sobre la tierra, es una canción que se arrulla suavemente en las olas del aire. Desde ese sitio se constituye en eco para decir una y otra vez los secretos del mundo.

Bueno, el lector sabrá ya a estas alturas que encuentro en el discurso literario una verdad incorruptible. La mención tampoco no es gratuita porque esa misma noción de verdad incorruptible quisiera encontrarla otro discurso: el político, de naturaleza vacía y mentirosa.

Durante muchos años he venido escuchando ese discurso que, a pesar de su prodigalidad en la palabra, jamás logra alcanzar la gran dosis de verdad y contenido humano que tiene el discurso literario.

No es por molestar, pero échele un vistazo al discurso del nuevo gobierno. Nada qué rescatar, basura y más basura para contaminar el paisaje de ideas en México.

La filosofía se ha cansado de decirnos una y otra vez durante años y años que el hombre es un animal ético o moral, un ser que se da a sí mismo su ley, decidiendo así su propio destino.

Y con base en lo anterior entonces se pude afirmar que conducta ética y responsabilidad moral, constituyen la tarea íntima, específica e irrenunciablemente humana previo a todo credo o ideología. Es decir, la gran tarea del hombre es la responsabilidad de su propia realización en la realidad que le toque vivir.

Ningún gobierno mexicano en turno ha sabido construir un mundo adecuado para el ciudadano; se ha aferrado a un discurso grandilocuente para inventar una realidad que no se corresponde con la verdad de la vida.

Aunque fuera sólo por la buena voluntad de estas fechas ¿no sería mejor bajarle el tono y la dimensión de desmesura con que se proclama y se privilegia el discurso vacío de la política por encima de cualquiera otro?

Sí, la verdad es que me hice viejo.

 
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