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  Edición 604
  Ni los veo, ni los oigo
 
Marcos Durán
   
  Usted lo sabe, la guerra entre México y Estados Unidos comenzó con una disputa entre ambos países sobre la anexión de Texas en 1845 por parte del gobierno de los Estados Unidos. En enero de 1846, el presidente James K. Polk, un firme defensor de la expansión hacia el oeste, ordenó al general Zachary Taylor ocupar el territorio en disputa entre los ríos Nueces y Grande —El Río Bravo, para nosotros—. En consecuencia, las tropas mexicanas atacaron las fuerzas de Taylor, y en mayo de 1846 el Congreso de ese país, aprobó una declaración de guerra contra México.

Luego de eso, Taylor avanzó prácticamente sin oposición hasta llegar a Saltillo durante los primeros días de noviembre de 1846. De inmediato eligió como su lugar para establecerse «El Mirador», a solo unos pasos donde 300 años antes, el capitán portugués Alberto del Canto había fundado la Villa de Santiago del Saltillo.

La razón principal de Taylor para elegir ese sitio como cuartel general del ejército norteamericano fue muy sencilla: era el punto más alto de Saltillo y Taylor podía dominar desde ese punto cualquier especie de movimiento que pusiera en peligro sus tropas.

Pasaron los meses y en febrero de 1947, el entonces presidente de México, Antonio López de Santa Anna, rodea a las fuerzas de Taylor en lo que se conoce como el Paso de la Angostura y exige una rendición inmediata. Pero a pesar de ser superado en números de efectivos militares, el general Taylor se negó y supuestamente respondió a Santa Anna con un sonoro «Que se vaya al infierno». Al siguiente día, Santa Anna envió a unos 15 mil soldados para atacar a cinco mil soldados estadounidenses.

Muchos historiadores consideran a éste como uno de los episodios más extraños de la historia de México, pues superando tres a uno al ejército invasor, Santa Anna da la orden de retirada. El resto es historia: Un año después de la estancia del Ejército de los Estados Unidos en el «Mirador» con Taylor al frente llegaron hasta Chapultepec.

México pierde la guerra y tuvo que firmar el tratado Tratado Guadalupe-Hidalgo y con ello, el despojo de los actuales estados de: Arizona, California, Nevada, Utah, Nuevo México, y partes de Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma.

Nadie sabe hasta qué punto la economía e industrialización de los Estados Unidos se benefició por la anexión de Texas, cuyas reservas de petróleo ayudaron a hacer de ese país, el productor más grande del mundo (71% de la producción mundial, en 1925) y tampoco sabemos si la historia de México y su posición económica, habrían sido distintas si la guerra hubiera terminado de manera diferente.

Lo que sí sabemos es que Taylor demostró ser un brillante comandante militar y se convirtió no solo en héroe nacional, sino que además ganó la presidencia de ese país en las elecciones de 1848. El otro héroe de la batalla de Buena Vista, Jefferson Davis, se convirtió en secretario de Guerra bajo el mando del presidente Franklin Pierce, en 1853, y presidente de los Estados Confederados de América en 1861.

Esa es la historia del «Mirador», la misma que desconociendo su legado, ahora la autoridad municipal pretende pasar sobre ella, construyendo en el sitio que cambió para siempre la historia de este país una torre (quizás para que más gente tenga un sitio de donde suicidarse). Ya un grupo de organizaciones civiles y destacados historiadores y empresarios han firmado un documento dirigido a Manolo Jiménez, alcalde de Saltillo, pidiendo reconsidere la obra ante la importancia de preservar lo poco que queda del lugar.

Pero hay gente que desprecia la historia (o más bien la desconoce) y su legado y prefieren seguir construyendo lo que ellos creen, será su propia gloria. Así que de una vez vaya haciéndose a la idea de que en un par de años veremos esa horrible torre sobre donde alguna vez acampó el ejército norteamericano. No tengo la menor duda de que quienes ahora demandan detener la obra recibirán como hasta ahora, una sola respuesta: Silencio. La negación de siquiera establecer un diálogo, que bien podríamos resumir con aquella celebre frase de Carlos Salinas de Gortari: «Ni los veo ni los oigo», que no es más que la intolerancia a través de otra forma: la indiferencia.

 
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