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  Edición 603
  Corrupción, el mal de México
 
Jaime Torres Mendoza
   
  Gotha es una ciudad alemana que fue en el pasado reciente un enclave comercial de superior importancia y que tiene, además, una riquísima historia. El hecho no tendría mayor importancia para nosotros si no fuera porque entre nosotros y esa ciudad, la circunstancia de que en ella se publica el Almanaque de Gotha.

La publicación tiene algunas características interesantes. Era, en principio, un anuario que compendiaba con todo detalle los datos de las casas reales, la alta nobleza y la aristocracia europeas. Es decir, es un documento interesante y, a la vez, extraño, pues ahí se consigna el origen de todos esos individuos, sus líneas de parentesco, la antigüedad de la estirpe y demás detalles. Ahí están emperadores, reyes, príncipes y todo lo demás.

El origen del Almanaque de Gotha, data de 1763, cuando dos personajes del medio editorial reunieron sus esfuerzos para crear la publicación y hacer de ella un centro de avanzada cultural alemana. Se trata del cartógrafo y editor Justus Perther y el enciclopedista Joseph Meyer, quienes lo editaron en la corte de Federico III, destacándose desde un principio por su afán casi obsesivo de enlistar con minuciosidad los datos de las dinastías reinantes en Europa, las familias más poderosas y la alta nobleza.

Como un mero dato adicional, la publicación se vio interrumpida en 1944 debido a la Segunda Guerra Mundial, pero volvió a publicarse hacia finales del siglo XX con una novedad: incorporó a su catálogo a los más ricos del mundo, o sea, se volvió un repertorio especializado donde aparecen los grandes de este mundo, según sus fortunas, a la manera de la vulgar y plebeya revista Forbes.

Pues bien, en ese gran anuario, que se publica en alemán y en francés, aparecen en los últimos años, algunos mexicanos, lo cual me parece a mí, asunto de escándalo no exento de inmoralidad, sobre todo cuando en este país existen millones de pobres que la pasan mal en su vida cotidiana.

Me parece que es una cuestión de escándalo porque yo he visto tantos rostros de niños, mujeres y hombres de todas las edades en las páginas de los periódicos. He visto en esos pliegos de papel los retratos de tantos cuerpos heridos o muertos.

Ante esa visión, como dijera un poeta, mi corazón no puede más, no puede en mundo que deja morir solos a sus héroes. Y me duele porque los héroes de este mundo no son los grandes que aparecen en el Almanaque de Gotha, esos que en todas partes tienen estatuas y reciben homenajes a granel.

No, héroes verdaderos son todos aquellos que en todas partes y todos los días del almanaque, que no es el Gotha, mueren por miles de causas, que mueren como si fueran delegados de la humana desdicha con todo su sufrimiento.

¿A dónde va a parar todo el sufrimiento del mundo?, podría ser una pregunta obligada. De verdad, por más racionalista que me ponga, no logro entender la injusticia, ni las leyes del azar que la reparten entre todos nosotros. ¿Por qué los pobres y no los ricos son los que reciben los mayores y más contundentes golpes de la vida?

Freud apuntó, quizá como respuesta a esto, a la idea turbadora de que en este mundo el mal es anterior al bien. El gran poeta Rainer María Rilke, que dicen que practicó una religión extraña pero sumamente poética, dijo que Dios estaba por venir y usó una palabra bellísima, un puro tiempo verbal maravilloso: devenir. Dios, dijo, devendrá en nosotros si nos preparamos a su advenimiento.

Schopenhauer, sin embargo y más contundente, estableció en El mundo como voluntad y como representación, su obra filosófica cumbre, que: «si Dios existe, no me gustaría ser ese Dios, porque la miseria de los hombres me desgarraría el corazón».

Perturbador, ¿no?

Quizá la cercanía de la navidad o el cambio de gobierno en mi país me hacen ver que he empezado a envejecer. Sí, soy viejo, y aunque sea sólo por eso, estoy autorizado a decir lo siguiente: aquí estoy, reclamando mi derecho a ser escuchado. Decirles a todos los conciudadanos que estoy dolido y que, como ellos, me carcomen y canceran las penas.

Estoy así, porque el año que está por acabar, acaba mal. Para unos acaba el año muy arriba, envueltos en pompa y galas; es decir, en el lujo total. Para los más, el año termina muy abajo, soportando sobre sus espaldas el monumento de la miseria y el descontento. Los granos de arena de cualquier playa mexicana, no alcanzarían para contar sus males.

Sí, sé que he empezado a envejecer porque he utilizado este espacio para decirles que he apostado y sigo apostando mi alma a favor de las causas populares (dicho sea de paso, sin retórica de por medio), por la simple y sencilla razón de que pertenezco al pueblo. Por lo tanto, el pueblo y sus causas legítimas me pertenecen de forma individual. Por eso las defiendo y adopto en estos artículos de pobre palabra. Sencillamente porque también hablan de mi pobreza espiritual y económica, como la de casi todos los mexicanos.

Estas causas no sólo son mías, sino de muchos, aunque sean minoría. Son de los que nos jugamos la vida por el otro, el semejante, aquel en que se está labrando el cordero y la daga que habrá de degollarlo.

Todo esto que he dicho en este artículo, ha tenido su punto de partida en la palabra «corrupción», esa horrible palabra que huele mal porque alude a la descomposición de la materia orgánica. Pero también alude a la descomposición del espíritu, que también hiede y todo lo apesta en derredor.

Bueno, en México hemos hecho de la corrupción una marca, sobre todo en política. Seguro que por eso la política siempre nos huele mal. Mencionamos la diabólica palabra y esparcimos por todos los rumbos un hálito de corrupción. Y ante eso nos tapamos los oídos y las narices, porque ya no queremos oír ni oler tantas cosas descompuestas.

Con todo eso, sólo quiero decir que no hacen falta ya programas ni promesas gubernamentales. Simplemente hace falta cumplir con la palabra dada y acabar con la corrupción en México, esa que malversa los fondos públicos a favor de unos cuantos y que tanto cansa y nos hace envejecer porque la hemos tolerado impunemente.

 
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