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  Edición 603
  Recuperar a México, pero en plural
 
Esther Quintana Salinas
   
  Es grave lo que sucede en nuestro país. El contrato social está roto desde hace mucho tiempo, le han puesto parches pero… así no funciona. Desde que los diferentes gobiernos emanados de un sistema que aunque suene a machacón de mi parte, debo subrayarlo, está obsoleto, ¿por qué?, porque la institucionalidad y la observancia de las leyes y todo cuanto tenga que ver con generar certezas, lo cambiaron por arbitrariedades, por discrecionalidades y por privilegios, para apuntarlo de modo comedido. Está a la vista la vista que los valores democráticos se fueron perdiendo en el marasmo de sinvergüenzadas de la clase política y lo que se impuso es una oligarquía despreciable.

Somos un país en el que la desigualdad agravia, en el que la riqueza se concentra en unas cuantas manos y la marginación se multiplica, y esto se convierte en un lastre para muchos mexicanos que no pueden en esas condiciones aspirar a vivir de una manera diferente, es decir, como corresponde a su dignidad de personas, y así no hay economía que levante. Por otro lado, al no existir la división de poderes más que en el papel, la corrupción ha avanzado rampante, sin nada que la controle. Esta es nuestra amarga realidad. ¿Tenemos que recomponerlo? Por supuesto, pero esta reconstrucción del orden social y constitucional no es tarea de un solo partido político, para decirlo con toda claridad no lo van a lograr ni el presidente de la República y sus legisladores de Morena, solos, para que eso se alcance tienen que trabajar de manera conjunta con las otras fuerzas políticas. Y eso lo dificultan en mucho la actitud y el comportamiento disperso, caprichoso, empecinado… y sobre todo la soberbia de Andrés Manuel López Obrador.

La tarea que tiene por delante nuestro país es titánica, es reconstruir nuestra comunidad. La agenda que demanda esta transformación tiene que contener acciones y estrategias como tiros de precisión para rehacer, actualizar y blindar los derechos de millones de mexicanos para que no los vulneren con la mano en la cintura quienes gobiernan, y puedan mantenerse a resguardo de sus caprichos y abusos, y también de las garras de la marginación y la precariedad. La capacidad de los pueblos para restablecer la empatía y sentirse parte sustantiva de su comunidad y por ende interesarse y luchar por ella, devienen en mucho de la seguridad que la autoridad les garantice en los hechos, en sus hechos, en su compromiso de servirles, no de servirse.

Cuando se habla de democracia como «forma de vida», se trata y permítame transcribir lo que Winston Churchill decía al respecto, porque no encuentro forma más feliz de describirla: «cuando uno oye que alguien llama a puerta a las seis de mañana, sabe que es el lechero». ¿Estamos? Eso es certeza de que así es y eso se traduce en confianza. Me explico, en un país en que se respetan la vida y los derechos de las personas que lo conforman, en el que uno sabe con claridad a qué atenerse si le violentan sus derechos un tercero o la propia autoridad, o si uno se los violenta otro, y que no habrá «torceduras» del orden jurídico… Eso es democracia.

La democracia, para decirlo en términos llanos no es más que un conjunto de normas que regulan de manera estable la relación entre fuerzas que son diferentes, incluso contrarias, pero sujetas a una serie de reglas previamente convenidas. Este formalismo permite que la lucha que vaya a darse en ese encuentro quede acotada al piso parejo, a condiciones válidas para unos y para otros. La democracia siempre es acción dirigida y limitada por los parámetros de la norma, se ejerce a través de la representación, por eso es tan importante ceñirse a lo dispuesto por aquella. Lo que quiera defenderse, por muy urgente o justo que sea, puede hacerse, pero siempre bajo los cánones determinados para ello. ¿Tenemos derecho a manifestar nuestro desacuerdo con respecto a actos de autoridad, de un partido, de un grupo? Claro que sí, pero respetando el procedimiento. Las formas para hacerlo son intocables, salvo que se reformen los mecanismos. La democracia es asunto de normas. Es verdaderamente lamentable que el titular del Ejecutivo, no quiera entender esto. Hemos visto como vulnera el orden democrático si es el primer obligado por juramento constitucional a observarlo y hacer que se observe.

La corrupción es una consecuencia de la inobservancia consuetudinaria del orden democrático. Nuestro país no debe permitirse un solo acto más de corrupción, es deleznable a lo que hemos llegado. Por ello todas las fuerzas políticas tienen que hacer un frente común para desterrarla. El presidente de la república y sus legisladores tienen que entender que no obstante la votación extraordinaria que tuvieron el 1 de julio, no son los únicos que viven en este país, que hay millones de mexicanos que no votaron por ellos, y que su obligación es conciliar con todos para llegar a acuerdos que beneficien a todos los mexicanos. Es tiempo de apertura, de escuchar, de entender que no obstante su victoria electoral, eso no significa que tienen una patente de corso. Están sujetos a la temporalidad y por tanto a la mesura.

Ganar una elección da privilegios para partir de su proyecto de país, no me cabe duda, pero en el país hay más formas de pensar que tienen que ser escuchadas y tomadas en cuenta. Al partido hegemónico se le olvidó eso y su caída está a la vista, a los dos gobiernos de la alternancia les faltó entender eso y aquí estamos, como segunda fuerza política nacional, pero bien distantes de la primera. Y a la primera se le está olvidando que son las sumas y las multiplicaciones lo que México necesita para transformarse.

Se tiene que desarrollar un proyecto social que responda a las necesidades, preocupaciones y hasta angustias de la gente, que sepa engarzar las esperanzas y de paso a la construcción de un país que sea bueno para todos. Si López Obrador mesura su estilo beligerante, burlón, va a contribuir con creces a esa transformación que les prometió a los mexicanos, incluso para quienes no votamos por él. Tiene el deber de comportarse como jefe de Estado, si se metió a «soldado» como reza el viejo dicho «ahora tiene que aprender a serlo», tiene que aprender a ser presidente de todos los que aquí vivimos. ¿Quién carambas no va a querer un país mejor? ¿Quién no va a estar de acuerdo con un sistema de salud público de primera calidad, quién va a vociferar en contra de una preparación académica de excelencia para sus hijos, quién a va a oponerse a que el país se convierta en un polo atractivo de inversión y se generen empleos bien pagados y con ello crezca y se fortalezca nuestra economía?

Nuestra insignia debe ser la democracia, la justicia, la solidaridad, la libertad, porque son los valores que unen a una población a secas y la convierten en nación. Necesitamos políticas sociales robustas para que la gente verdaderamente sea libre, no hay otra forma de deshacerse de la desigualdad sino generando condiciones para que todo el mundo tenga acceso a mejores niveles de vida.

Se tienen que recuperar las instituciones democráticas y ponerlas al servicio de la gente. Necesitamos ciudades limpias, bonitas, seguras, para que quienes las habitan puedan gozarlas y cuidarlas porque las sientan absolutamente suyas, que vean en cada recorrido que sus impuestos no se los están embolsando los políticos a cargo del gobierno y administración que se alquilaron y con muy buena paga para servirles. Se necesitan presupuestos para la distribución del gasto público pensados para darle prosperidad al país, no a la caterva de pillastres que llegan al cargo público a volverse ricos y en la absoluta impunidad. Se necesita abandonar la infame práctica asistencialista que forma parte de la genética de millones de mexicanos condenados a vivir como limosneros, como pedigüeños ad perpetuam, es vergonzoso el daño que se les ha provocado con ello, ya es hora de que la famosa transformación ofrecida los transforme en impulsores de su autonomía e independencia, que les devuelva su dignidad.

Lo que debemos hacer los mexicanos es marcarle rumbo al gobierno para que anteponga el interés de los mexicanos sobre el de cualquier otro que se inventen quienes están acostumbrados a llegar a un puesto público a llenarse los bolsillos con dinero ajeno y construir su jauja sobre la desgracia de millones. Tiene sátrapas y vividores entre los miembros de su equipo, y no es ningún secreto. Si no tuvo empacho en encumbrarlos a una posición inmerecida, ojalá que tenga los tamaños para impedirles que hagan lo que ya es costumbre. El presidente López Obrador dice que es muy honrado y que su ejemplo bastará para ello. Que así sea.

Finalmente, permítame desearle una Navidad arropada en el gozo de la cercanía, de la convivencia, del cariño y del amor de sus seres más queridos. Que haya paz y alegría en su corazón, apreciado lector. Dios con usted, siempre.

 
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