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  Edición 603
  Saltillo, la ciudad de los ahorcados
 
Marcos Durán
   
  Estoy empezando a creer que Ángel Erubiel, de oficio operario, que vivía en la zona centro junto a Braulio, que trabajaba en una empresa transnacional y residía en la colonia San Nicolás de los Berros, no se enteraron de que Saltillo es «La mejor ciudad para vivir» no solo de México, sino del mundo. Quizás no supieron o quisieron reconocer que somos «La tercera ciudad más segura» del país, vamos, somos de acuerdo a la publicidad oficial, una especie de sucursal del paraíso en la tierra.

Así que sigo sin entender los motivos que empujaron a Ángel Erubiel y Braulio que hace días se ahorcaron, para ser las víctimas 92 y 93 del año, que por cierto, aun no termina y ya ha superado la contabilización histórica de suicidios en Saltillo.

Ángel Erubiel y Braulio, junto a 91 saltillenses, más bien creyeron que somos la ciudad de los ahorcados, un lugar en donde víctimas de la depresión, creyendo haberlo perdido todo y sin esperanza alguna, sintieron que la vida se había convertido en una calamidad e imaginaron la muerte como un deber. Una compleja interacción de factores como enfermedades mentales y físicas, abuso de sustancias, conflictos familiares, pérdidas amorosas, falta de empleo y dificultades económicas, los llevaron a la última y más difícil de las decisiones que un ser humano puede tomar: acabar con su propia vida. Camus en El Mito de Sísifo, dice que el único problema filosófico verdaderamente serio es el suicidio.

Pero este problema filosófico se ha convertido en uno de salud pública. La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera el suicidio como un problema grave de salud, pues cada año 800 mil personas se quitan la vida. En México, durante el año 2015 se quitaron la vida seis mil 285 personas.

Pero detrás de estas cifras, está el dolor y la oscuridad para quienes decidieron acabar con su vida y el impacto brutal sobre las familias en términos del estigma y sufrimiento psicológico, aún más graves que el propio suicidio. Pero muchas de las personas que se suicidaron, también tenían una cosa en común: Lanzaron gritos de auxilio y no recibieron atención.

Así que al terminar el año 2018, serán más de 100 saltillenses los que se hayan quitado la vida. En enero, ya veremos la respuesta, será la de siempre: foros con «especialistas», una línea de ayuda 01-800, discutir hasta la eternidad estadísticas y mientras alguien las explica, los demás revisarán las redes sociales en sus teléfonos. Por supuesto que no faltará la mesa con galletas y refrescos, la foto grupal y el boletín de prensa para «decir» que están preocupados por el tema. Al final, crearán una comisión «interinstitucional» que revisará los suicidios y todo quedará en la nada.

Tal parece que se trata de actos inevitables: 93 suicidios en Saltillo, y si sumamos Acuña, Nueva Rosita, Piedras Negras, Torreón y San Pedro, suman 200 suicidios en el 2018. El año pasado la Fiscalía Estatal reportó que en el 2017, se registraron 178 muertes por suicidios, pero aún es diciembre, así que el pronóstico es que vamos a superar todos los récords, porque aquí queremos solo primeros lugares.

En lo personal, creo que en las causas del suicidio, está también la respuesta a cómo intentar disminuir su incidencia que todos deberíamos poder hacer algo porque en estos momentos, un suicida, además de ser su propio verdugo, es la víctima de los abusos de un sistema y una sociedad que los ha llenado de dificultades económicas, soledad y sufrimiento.

Pero creo que esta pregunta es importante hacerla: ¿La autoridad municipal de Saltillo tiene la culpa de que 93 personas se hayan suicidado en el 2018? La respuesta es no. ¿Pudo haber hecho algo la autoridad municipal por disminuir estos casos? Claro, y mucho. Pero no lo harán, porque esos 93 muertos no le han valido siquiera una mención de duelo a sus familias. No lo hará porque está más ocupada en honrarse así mismo, en soñar con el calendario electoral del año 2023 al que se siente predestinada, una cuestión de rutina.

Así que perder el tiempo en algo tan aburrido como prevenir suicidios que además no le representa ninguna rentabilidad política, carece de sentido y como además «los ahorcados» no votan, es preferible que en Saltillo se ahorque el que quiera hacerlo… y lo hacen.

 
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