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  Edición 602
  ¿Sí, la democracia?
 
Jaime Torres Mendoza
   
  No, la democracia no nace por azar ni de manera espontánea sólo por que sea un signo del tiempo. Más bien, esta esperanzadora experiencia de relación social, está vinculada estrechamente con los procesos históricos en los que nace y se desarrolla.

En México una serie de circunstancias históricas ligadas de manera sustancial a una incorporación brusca a los ejercicios democráticos, aunado a una accidentada evolución cultural en cuestiones políticas, han hecho que la democracia se asuma precozmente sin haberse perfeccionado, como lo demuestra el nacimiento de órganos formales representativos de un derecho del individuo, suplantando y vulnerando su derecho que debiera ser, no formal, sino natural.

Este hecho significativo ha vulnerado también la plena ciudadanía política golpeando profundamente los fundamentos mismos de esa ciudadanía mediante un trabajo netamente legislador que ha convertido a la democracia en una complejísima construcción técnicamente articulada por los institutos del orden, pongamos de ejemplo al INE.

Semejante construcción se apoya en la retórica de los partidos políticos, en sofisticados procesos electorales, en tribunales judiciales para dirimir controversias y en todos los movimientos garantizados por la libertad de reunión, de asociación y de expresión política, pongamos también por caso a los organismos no gubernamentales, los observadores nacionales e internacionales, los encuestadores, entre otros.

En todo ese entramado se pierde la noción de que en la democracia ningún interés puede vencer sino, más bien, alcanzar los consensos para realizar el ejercicio político-jurídico y la dignidad moral del ciudadano.

De hecho el Estado democrático moderno, se presenta hoy como el régimen que es capaz de transformar los intereses de todos en derechos y deberes, pero a partir de los intereses mismos y no de lo que interesa a los individuos o los grupos; es decir, un Estado que sea capaz de emitir leyes deseadas por los ciudadanos porque tienen una razón comunitaria fundada en la tendencia inclusiva de todas las voluntades y los intereses colectivos.

La razón de eso es porque hoy el Estado democrático moderno no se define a semejanza de la polis griega, dividida en hombres libres y esclavos, carente por ello de estructuras representativas y de garantías jurídicas, sino que la democracia moderna debe entenderse como un modelo de convivencia no sólo entre seres humanos, sino también que alcance otros rubros como la economía, la política, la moral o la ética, coordinando en todo un sistema institucionalizado, el Estado de derecho con el Estado social y la cultura.

Y en toda esta vorágine de acontecimientos, el elemento clave es el ciudadano, o sea, el sujeto que ejerce la ciudadanía política plena porque razona su participación para mover a la sociedad en que desenvuelve su quehacer para construir los instrumentos políticos que permitan alcanzar el bien común, a pesar de no coincidir a veces con el resto de los que también razonan y participan.

Por supuesto no hablo del otro, del ciudadano incompleto, el fragmentado, al que le hicieron pedacitos su conciencia y que por eso anda por ahí, dispuesto a comercializar su voto a cambio de la humillante membrecía en una tarjeta de vulgar supermercado, de una despensa miserable, de un bulto de cemento, de un tinaco de tercera, de unas cuantas varillas, de unos bloques, de unos tacos de barbacoa el día de las elecciones, voto que legitimará el ascenso al poder de un miserable politiquillo con aspiraciones de sanguinario gánster.

No, no hablo de ese que ha construido un país desarticulado que a diario representa una obra ajena a sí mismo, en donde cada personaje intercambia rostros, nombres y actitudes, dejándolos sin la esencialidad de la identidad, donde los escenarios tienen como base constructiva el azar, sin la más mínima relación con la obra representada arrojando como resultado una decoración que crea la sensación de estar en otro escenario, ajeno y extraño a lo que este país es en su más dolorosa intimidad.

Porque así viven millones de mexicanos, aislados, acribillados por la propaganda, acotados por la carencia de información, embrutecidos por el adoctrinamiento de los partidos políticos que los ha hecho serviles de la manera más indigna y que en el colmo de la degradación, han llegado a divinizar esta forma de vida y ya no saben que en verdad hay otra, igual de dura, cierto, pero donde el desafío constituye la piedra angular de la esperanza que eche por tierra la incertidumbre.

No, no entiendo por qué los mexicanos más preparados, hablo de médicos, abogados, catedráticos, ingenieros, artistas, es decir, los que debían ser la cabeza pensante del país, han aceptado ser vejados y humillados por el ejército de zánganos que gobiernan a México con la tranquilidad de quien sabe que su coto de poder no se encuentra amenazado por ningún destello que pudiera poner lumbre en el horizonte.

Por eso hablo del ciudadano que participa razonadamente en la construcción de su sociedad. Por eso también, espero con ansia en que llegue el día en que los mexicanos empiecen a referirse a los principios ciudadanos y no a los principios políticos, como una práctica de otro orden más elevado en la jerarquía de valores de una sociedad madura y lista para mejores y más grandes momentos de su historia.

Cuando eso ocurra, aparecerá entonces la idea precisa de que lo que legitima a la autoridad política no es el sufragio —tan manoseado por todos— sino la autoridad ciudadana. Y, en efecto, cuando eso ocurra, este país estará muy cerca de la madurez intelectual que lo proyecte hacia una condición de grandeza inalcanzable, aunque eso parezca hoy una utopía.

Bueno, toda esta reflexión ha venido a cuento porque, cuando este texto aparezca publicado, habremos cruzado ya el lindero que nos situará en un escenario donde un nuevo gobierno ejercerá sus funciones.

Y sólo quiero recordar que hemos tenido errores históricos. Todavía, incluso, en vísperas de las últimas elecciones que nos entregaron a este nuevo gobierno, manteníamos como antecedente incontrovertible un escenario donde se enseñorea la rapiña y la discordia.

Perdonen ustedes, pero desconfío del hecho de que sólo el voto sea motivo de análisis para otorgar la certeza de que así se expresa la verdadera voluntad mayoritaria. No creo que eso sea democracia.

 
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