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  Edición 601
  Jugar con fuego
 
Jaime Torres Mendoza
   
  Siempre será oportuno reflexionar sobre la identidad nacional, un concepto que, de ninguna manera, es una abstracción sino algo muy concreto y definitivo. En efecto, la identidad, como la salud, por ejemplo, son entidades naturales y a veces tan imperceptibles que su existencia se vuelve difusa e irreal. Sin embargo, están ahí y sólo se vuelven un tema de importancia cuando hay una transformación en puerta o cuando se ven amenazadas por algo que las ponga en riesgo.

Por supuesto, el tema de la identidad se despliega sobre un fondo peligroso porque está en juego la naturaleza del ser de una comunidad, de un pueblo, de una civilización, como en este caso tratamos la cuestión de la mexicanidad.

Cuando se habla de la identidad mexicana se aborda primero desde los caracteres fisionómicos que constituyen un fondo visible y constatable de irrefutable identidad pues no se trata de rasgos pasajeros sino de una especie de sedimentación producto de un largo proceso que, históricamente, ya ha alcanzado su estabilización.

Pero más allá de esos rasgos físicos, se puede afirmar que el mexicano posee una vertiente que lo identifica mejor y que se inclina hacia lo humanitario y benefactor. Esto se manifiesta en su actitud de protección a los débiles, niños, mujeres y ancianos, en quienes deposita una generosidad que no considera gastos.

Otro rasgo es lo humano, que muestra el aspecto débil y frágil de la naturaleza misma del hombre. Esta dimensión humana del mexicano es expresada en la suavidad de la voz, en lo pausado de los movimientos, en el ritmo lento del trabajo, en la delicadeza de sus sentimientos que no quiere ofender y que, en cambio, es fácilmente ofendido.

Además de lo anterior, existe en el mexicano la afirmación de la existencia que no tiene otras pretensiones más que las de mantenerse a flote, tratando de salvar lo necesario. Por ejemplo la supervivencia de los hijos, el honor de la familia, la estabilidad que conduzca hacia la paz y la tranquilidad interior.

Fuera de eso, todo lo demás parece relativo. En ese ingenuo flotar sobre condiciones adversas y humillantes, se vive jugando, se juega a la vida asumiéndola en toda su dimensión trágica, en esa vida en la que hay indecisiones, cambios de posición, un ir y venir entre el intento de penetrar la novedad y el regresar a lo conocido.

Sí, el mexicano mantiene una cultura desfondada, que conoce bien lo trágico, que juega a vivir y destaca el lado más tenebroso de las cosas, que sabe sonreír ante la mala pasada que la vida tiene, es decir, se adapta con facilidad a un estado de lucha contra un enemigo que es mucho más poderoso y, por eso, lo priva de un proyecto dinámico y determinante para la vida futura.

Para bien o para mal, el mexicano es así. Es su fisonomía, su modo de ser así es parte insoslayable de su identidad. Su modo de ser se traduce en un particular modo de vivir. Esta manera de su hacer, es lo característico.

México está tipificado por su literatura, por su poesía, por su pintura, por su música. Pero si la creación artística, en su modo de ser y crear, es algo que distingue al mexicano, ¿no se puede decir lo mismo de algunos platillos que saben a México? La comida nacional constituye una línea simbólica y de convivencia pues son el vínculo de solidaridad con el entorno de la naturaleza proveedora, pero también con los vecinos y los amigos, quienes con el intercambio de estos obsequios comestibles, recíprocamente se festejan.

Como parte de su identidad, el mexicano es un pueblo de mansedumbre y dulzura, en un resistir de frente al enemigo encarnizado y sobrevivir sin demandar mucho a la vida, reduciendo a un mínimo sus exigencias y asomándose apenas a la existencia. Mansedumbre, es cierto, pero que está dotada de una buena dosis de astucia para poder escapar a la anticultura que penetra como un proyecto de Estado todos los ámbitos de la cultura de México.

Esta penetración la vemos a diario en los grandes centros de ideologización consumista, repetidos monótonamente por todo el territorio nacional y que mantienen la misma estructura, los mismos instrumentos de pago, las mismas ofertas que vuelven homogéneos los gustos y ante los cuales el carácter nacional se desvanece porque todo es superficial y efímero.

La sociedad de masas de la que hablaba José Ortega y Gasset, esa que hace tabla rasa todo dinamismo cultural volviéndolo terriblemente monótono y aburrido.

Pero con todo y eso, la amenaza de la cultura nacional no proviene tanto de una cultura imperial sino de la prepotencia del Estado que ha asumido la anticultura como un proyecto del cual las élites gobernantes obtienen grandes y jugosos beneficios.

En ese contexto cobra vigencia lo que el mexicano puede ofrecer su modo de ser desprendido y de pocas pretensiones. Frente a todo eso, el mexicano toma la vida con cierta dosis de humor y actitud lúdica para bloquear todo sentimiento seriamente trágico. Frente a todo eso, el mexicano ofrece una razón compasiva y humanitaria en la que el quehacer imaginativo prevalece sobre cualquier otra forma de hacer.

Esta riqueza temperamental y, ¿por qué no? sapiencial, sobresale en el trasfondo deshumanizado y monótono en que se vive en este tiempo.

Así pues, en esta definición de identidad que me he permitido trazar en sus líneas generales, pudiéramos encontrar una alternativa integradora de tono humanitario que no sea el frío y anónimo papel dizque integrador que hasta ahora ha realizado el Estado mexicano.

Bueno, todo esto ha venido a cuenta porque en unos cuantos días tendremos un Estado mexicano representado ahora por un nuevo nombre, un nuevo partido en el poder y, sin embargo, la misma vieja idea de un México sin identidad porque el Estado mismo ha promovido su destrucción sistemática.

No confío en el nuevo presidente de México; tampoco en su equipo de colaboradores. Me parece que es el mismo PRI gobernando a través de Morena, así que no veo cómo estas personitas puedan imaginar un proyecto de nación fortalecido en su identidad, que es la mejor manera de saberse México, de saberse patria.

Y no hacerlo, me parece que es jugar con fuego.

 
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