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  Edición 601
  Conjugar en plural… a ver si quieren
 
Esther Quintana Salinas
   
  “Mucha gente piensa, o por lo menos siente, que el que no tiene sus hábitos y sus entusiasmos es un enemigo…”

Pío Baroja

Pareciera que hoy día el debate político se construye a golpes de inmediatez, como si el mundo pudiera explicarse partiendo de semejante perspectiva. La realidad es múltiple y así debe entenderse para ser ponderada con objetividad. El Internet, por ejemplo, como instrumento transformador de la comunicación, en nuestros días, incorpora actores diversos que a querer o no influyen en la vida social, política, económica y cultural de la sociedad.

Todo permea a una velocidad impresionante. Las certezas se vuelven frágiles, la moderación no se privilegia y se aplaude la verborrea que sin duda se identifica con aquello de que “el que tiene más saliva traga más pinole”. El ilustre Ortega y Gasset decía que: “la civilización, cuanto más avanza, se hace más compleja y más difícil. Los problemas que hoy plantea son archiintrincados. No es que falten medios para la solución. Faltan cabezas. Más exactamente: hay algunas cabezas, muy pocas, pero el cuerpo vulgar… no quiere ponérselas sobre los hombros”. Sirva para explicar lo insulso del debate político, condenado a la superficialidad, nunca promoviendo el análisis constructivo, nunca abriéndole puertas a la reflexión que da luz y enriquece la testera y le da sustancia a la acción, la vía se la extienden al infausto populismo, que hoy se está tragando a dentelladas la confianza, y la confianza es uno de los nutrientes básicos de la democracia.

Los retos de este siglo son bien distintos a los de ayer, hoy estamos, verbi gratia, ante la mecanización del trabajo, su robotización y digitalización… si nos quejamos de falta de empleo, imagínese lo que nos viene. Cada día la sofisticación generada por la revolución industrial del XXI camina hacia la sustitución de la mano de obra humana… ¿Qué desplaza a quién? Mire el éxodo de centroamericanos a los Estados Unidos y pasando por México… ¿qué lo está provocando? Sin duda que la falta de oportunidades para vivir como gente o la de libertad… ¿Y los nuestros que tienen décadas emigrando hacia allá? Y el problema de esa ausencia sigue vigente en México. ¿Lo va a resolver el nuevo gobierno repartiendo lo que producen los que si trabajan? Jamás se ha “aliviado” la pobreza con esas “medicinas”. El populismo no actúa con “sentido de estado”, es decir, no aborda los problemas con responsabilidad pública. La estabilidad y el equilibrio son dos elementos que no deben faltar en los gobiernos democráticos. El populismo desdeña la moderación y “juega” con las reglas de la radicalidad, apostándole al enfado y/o al miedo.

Don Adolfo Yáñez, escritor español originario de Ávila, en su libro Palabras que no lleva el viento, apunta sobre la necedad como nadie. Transcribo un párrafo de su obra: “Los tontos han existido siempre. Da la impresión de que se turnan y de que van apareciendo… siglo tras siglo, como una nociva plaga de imposible erradicación. Aunque sirven para muy poco, ya Marco-Porcio Catón, el Censor, hacía notar la paradoja de que ‘el sabio aprende más del necio que el necio del sabio’ y eso es quizá lo único bueno que tienen: sirven a los demás de paradigma de cuanto hay que evitar. Los necios alcanzan un grado máximo de peligrosidad si mezclan su estulticia con fanatismo, pues resulta inútil intentar convencerlos de nada y utilizarán los errores que abrazan como armas arrojadizas contra los que intenten contrariar sus designios. En un fanático inteligente cabe alguna pequeña posibilidad de que entienda y acepte los argumentos que le damos; un fanático tonto ni acepta razones ni las entiende… Es cierto que la estupidez no deja de serlo por el hecho de que se hagan eco de ella millones de personas y más cuando esa estupidez la observan en individuos que por su preponderancia social se han labrado cierta ‘auctoritas’ sobre los demás… El tonto desprecia lo que no entiende, habla sin escuchar, sostiene lo insostenible sin sentir la menor duda ni el menor empacho y decide sin detenerse a juzgar... No busca la verdad ni la sabiduría porque cree que ambas cosas las posee desde siempre y para siempre… El bobo necesita mirarse y recrearse en el espejo de otras personas a las que honra porque haciéndolo cree honrarse a sí mismo”.

La ausencia de inteligencia y la abundancia de necedad están llevándose la convivencia ciudadana al abismo, ambas se han convertido en obstáculo para el diálogo que necesita nuestro país en aras de ir resolviendo los dolores que hoy lo agobian, empezando por la corrupción y la impunidad, madres ambas de la inseguridad pública, de la marginación en la que viven millones de mexicanos, de la educación tan deficiente que se imparte en las escuelas, de la desconfianza en las autoridades al margen del partido político del que procedan, de los pésimos servicios de salud pública, de la deplorable impartición de justicia, entre otras “perlas”. Sin ser catastrofista, porque no es eso lo que pretendo al compartirle estas reflexiones, estimado leyente, es importante caer en cuenta que los daños que le han causado a nuestro país, pueden llegar a ser, si no se les atiende con la cabeza fría y escuchándonos, irreversibles. Los mexicanos, triste y lamentablemente estamos acostumbrados a oír mentiras y a recibir vilezas de quienes nos gobiernan, sin chistar. Hemos desarrollado una especie de sordera absoluta que nos bloquea para reaccionar contra el agravio.

Me resulta muy difícil entender, retomando el manoseado tema de la consulta pública que hicieron los morenos para “escuchar” la opinión de los mexicanos sobre continuar con la construcción o no del aeropuerto en Texcoco, a todas luces y no voy a repetir cuanto se ha dicho al respecto, porque de sobra se sabe, que se hizo sin respetar ni un solo parámetro legal y sin embargo —no hay sorpresa— ya se decidió no continuar con ella. ¿Cómo? Si la democracia se encarna en el orden jurídico, en los procedimientos prescritos por éste, en las instituciones que sostienen el hecho político por antonomasia, es decir el Estado. En una democracia no se pueden saltar las trancas y quedarse como si nada, no se deben consecuentar caprichos de “iluminados” pasando por encima de las instituciones, porque esta es la ruta hacia los regímenes totalitarios. ¿Por qué a los mexicanos les vale una pura y dos con sal esta exhibición de prepotencia de López Obrador?

Ya estamos viendo como “trabajan” los legisladores de Morena y sus aliados en ambas cámaras, no es asunto menor su holgada mayoría. No existe en la legislación vigente un solo mecanismo jurídico que les impida hacer lo que quieran con el Poder Legislativo. La ausencia de equilibrios institucionales, como ya lo he apuntado en otras colaboraciones, ha sido la ruina de este país nuestro. El 1 de julio pasado los electores le entregaron la dirección de México en charola de plata a Morena. Si votaron para deshacerse del priato, lo reinstauraron con los descendientes de estos. Los norteamericanos han tenido elecciones intermedias hace unos días, pero allá si se ocuparon de ponerle freno al Ejecutivo, el Senado con mayoría de los republicanos, pero en la Cámara de representantes se la otorgaron a los demócratas. No vislumbro apertura para el diálogo de la fuerza mayoritaria con la minoría, revise usted su actuación. No es edificante en políticos serios desdeñar a quienes no piensen como ellos, la izquierda mexicana lo sabe, porque lo vivió en carne propia. Con ese esquema no media más que un paso para ponerse el traje de la desmesura, de la demagogia y del oportunismo, todo es asunto de cantidad, es decir de asientos en el Legislativo de la Unión. No es posible construir un país distinto, que satisfaga los imperativos de una sociedad tan desigual como la nuestra, cuando se excluye a una parte.

La tozudez de quienes se sienten redentores entume, porque desde su punto de vista no hay más alternativas que las propias ¿A quién carambas le sirve esto? Hay quienes estiman sus obcecaciones como aciertos. Michel de Montaigne decía: “Nadie está libre de decir estupideces, el problema es decirlas con énfasis”. Cuando en serio se quiere dialogar no caben los oportunismos y el aprovecharse de lo que a un grupo conviene en detrimento de los demás nomás por su posición de privilegio, eso es ser mezquino. Necesitamos diálogo, no soliloquios ni monólogos, porque cuando se dialoga se empiezan a comprender las razones del otro, pero se requiere para ello hacerlo sin odio y sin apartar a aquellos que piensan distinto, porque bajo ese considerando se produce una especie de parálisis ideológica que impide llegar a acuerdos. Y sin acuerdos no hay transformaciones a favor de la comunidad en general.

La intransigencia es propia de los necios, de los que están convencidos que la razón la traen inmersa en su persona y no admiten visiones ni puntos de vista diferentes a los suyos. México necesita que quienes gobiernan, quienes hacen leyes y quienes tienen a su cargo la impartición de justicia, asuman sus funciones con alto sentido de responsabilidad y con espíritu de servicio. No son comunes estas virtudes en el grueso de quienes ocupan un puesto público, y no obstante se requieren. Dialogar, ponerse de acuerdo a favor de lo que le conviene a México, sin olvidar que se gobierna para una población con pensamiento diverso por las circunstancias vividas no obstante tener la misma nacionalidad y compartir tradiciones e historia en común, demandan mente abierta, soberbia encerrada bajo siete llaves y voluntad para escucharse. El nuevo gobierno que arranca el 1 de diciembre tiene la obligación de crear espacios para la convivencia de cuantos aquí habitamos, con el compromiso solidario de generar condiciones en pro del crecimiento y desarrollo del buen vivir de todos, acorde por supuesto con las realidades del siglo XXI. Ese es el reto.

 
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