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  Edición 601
  Nuevo diálogo
 
Eduardo Caccia
Twitter: @eduardo_caccia
   
  La violencia, verbal y física, que venimos acumulando en México desde hace décadas debe detenerse, si no por la mesura de las figuras que habrán de encabezar la nueva administración federal (y que en buena medida ya ejercen el poder sin haberlo asumido formalmente), sí por parte de la sociedad civil a partir de un involucramiento inteligente. Parafraseando el discurso de Al Pacino en su papel de entrenador en la película Un domingo cualquiera: “o nos salvamos como sociedad, o morimos como individuos”.

Apoyar a “ninis” no será suficiente para disuadir a muchos jóvenes de enrolarse en las filas del crimen dado el altísimo índice de impunidad. Arrastramos generaciones de mexicanos que tienen como modelo de vida a capos de la peor calaña. Nuestro sistema social está produciendo criminales. Y quienes no lo son están enfrentados en posiciones polares como “chairos” contra “fifís”, “pueblo bueno” contra “minoría rapaz”. En esta lucha del blanco contra el negro necesitamos un nuevo diálogo que nos lleve a la tersura del gris, una zona de entendimiento y sanación.

Acabo de conocer “Impactos que dejan huella” del artista plástico tapatío Álvaro Cuevas, cuya obra me impactó profundamente. Arrastrado por un pasado familiar con víctimas mortales por armas de fuego, Álvaro rastreó en las ruinas de sus apellidos para encontrar que era del lado materno donde se acumulaba un patrón de desgracia y agresión. Encontró que no sólo había víctimas, como creían, también victimarios; entendió el fenómeno como una compensación sistémica. Para romper el círculo decidió conseguir armas de fuego confiscadas para convertirlas en obras de arte e iniciar un diálogo de conciliación no sólo para su propia familia sino para toda la sociedad.

Después de un riguroso proceso con la Sedena, Álvaro ha recibido varios cargamentos de armas (deshabilitadas) de diversas formas y calibres, uno de ellos con piezas que fueron usadas en el crimen del cardenal Posadas, en Guadalajara. Fiel creyente en la energía de los objetos, el artista tapatío me cuenta su historia y estira su brazo para mostrarme que la piel se le eriza cuando explica sus motivos.

A través de la cultura se puede revertir el fenómeno de la violencia si empezamos a sembrar mensajes de conciliación, cambiar el diálogo cambiará el ánimo y éste la conducta. “El cuerpo dispara lo que el espíritu carga”, me dice Álvaro, nombrado “Embajador de la Paz” por el Instituto de Justicia Alternativa del Estado de Jalisco. No solo sus obras tienen el lenguaje metafórico de la transformación, sus palabras parecen editadas con la sabiduría que oxida los metales. Próximamente hará piezas con pólvora y el nombre de la colección alcanza un simbolismo explosivo: “En pólvora eres y en polvo te convertirás”.

En un país que canta sin reflexionar “Mexicanos al grito de guerra”, necesitamos transformar la arenga bélica en una exclamación contra la violencia. Nada mejor que convertir objetos de muerte en piezas de naturaleza pacifista. Convencido de que está haciendo una revolución cultural, mientras todos los días hay crímenes que ya vemos con la normalidad de un atardecer o nos sorprende el grito estremecedor de una madre en una sesión de la Cámara de Diputados, el escultor suelda metales, tuerce cañones y cargadores, reacomoda gatillos y empuñaduras, graba una huella digital en un proyectil que ya no encontrará una víctima. Las armas transformadas en esculturas son ya una nueva conversación; un hombre de metal apunta con su dedo, el observador agudo notará lo que fue el cañón de una pistola. Otro individuo metálico extiende sus brazos e inclina las manos como sosteniendo un libro invisible, la idea del escultor es que ahí va un libro real.

El gris es el territorio común donde habitan el blanco y el negro, es el espacio fértil de entendimiento para la verdadera transformación de México. Escribo esto todavía conmovido por la última metáfora que les compartiré del artista: “Quiero transformar la mierda en abono, creo que soy un gusano capaz de hacerlo”.

En la soledad de un taller, un hombre deforma la violencia para formar silenciosas palabras de metal. Que su grito de guerra nos convoque. México se ha convertido en el país donde una bala espera un cuerpo. Ya basta.

Fuente: Reforma

 
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