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  Edición 600
  Las lecciones que nos negamos a aprender…
 
Esther Quintana Salinas
   
  Brasil acaba de tener elecciones presidenciales y el que resultó ganador es Jair Bolsonaro, al que se califica de ultraderechista conservador. Derrotó a la izquierda de Lula Da Silva y a su sucesora la señora Dilma Rouseff, y en México hace unos meses ganó un izquierdista al sistema imperante desde el siglo pasado, no obstante la alternancia de 12 años del partido Acción Nacional. Las victorias de Bolsonaro y de López Obrador fueron apabullantes.

Los brasileiros le cobraron al Partido de los Trabajadores las sinvergüenzadas de Da Silva y de Rouseff, que siempre se vendieron con la bandera de la honradez y de su lucha contra los excesos de la derecha, votando por la derecha de nueva cuenta. En México López Obrador supo vender su oferta de izquierda redentora, su mensaje de la verdad de la verdad, de paladín de las causas de los pobres y sus políticas regeneradoras que van a limpiar al país de la inmundicia generada por la “mafia del poder” conformada por el “prian”. En Brasil, la gente les pasó factura a sus próceres izquierdosos porque sus promesas de gobierno inmaculado no fueron tales, venció el egoísmo personal, los compromisos pactados con los votantes para ser electos para dirigir la nación se perdieron en la nada.

¿Qué tienen en común estas derrotas y estas victorias? Que tanto en México, como en Brasil, se hartaron de los incumplimientos, de las raterías, de los derroches de dinero público, de su incapacidad para enderezar o por lo menos tratar de hacerlo, de todos aquellos errores, equivocaciones, dislates, intervenciones desafortunadas de sus gobiernos y dieron el revire al otro extremo. Ser pillastre no es de ideologías, ni de partidos, ni colores políticos, es de personas, de personas sin valores y sin principios.

Derrotar a gobiernos tachados de corruptos, de malos gobernantes, porque habiendo tenido la oportunidad de mejorar al país, y no lo hacen, ya tienen repercusión en las urnas. Ahí están México y Brasil, como ejemplo. En Brasil llevaron al país a la quiebra, y es que no es posible implantando políticas intervencionistas, supliendo la tarea de empresarios libres por funcionarios públicos, llevar al país al crecimiento económico; tampoco es posible despilfarrar el dinero del erario en mejoras sociales y políticas igualatorias, que de momento sí solventan las necesidades de los más pobres, pero no se pueden mantener ad perpetuam. No hay recursos que alcancen en este derrotero, la economía se colapsa, conducen a la industria y al trabajo —de los que si trabajan— al despeñadero. En México, las diferencias entre quienes sí tienen para vivir como gente y los que nada más sobreviven porque Dios es magnánimo, son aterradoras. Son esas diferencias, entre otros factores, las que han provocado la vulnerabilidad de nuestro país, verbi gratia, a manos de la delincuencia organizada, la pobreza es un panino para surtir sus filas. Dar eternamente a quienes no tienen los convierte en mendigos, en pedigüeños generacionales, jamás son autosuficientes y quien no lo es está condenado a una esclavitud deleznable. En sociedades gobernadas por corruptos, al margen de que los gobiernos sean izquierda o derecha, esto sucede.

Está más que claro que el pueblo se harta y castiga a los corruptos, y entonces al impulso de este sentimiento de frustración y de ira, elige a quienes les dicen lo que en su estado anímico quiere oír y le importa un bledo que se trate de demagogia, que estén desbordadas de fanatismo, de extremismo, de autoritarismo, de odio. Esto no es nuevo, se está repitiendo lo que ya se ha vivido en el pasado cuando la diatriba comunistoide y el fascismo agarraron vuelo y pusieron en jaque las democracias de entonces, con resultados como los de Adolfo Hitler, y era un pueblo culto el alemán, y también con los más pobres e ignorantes en la Rusia de los zares, que corrió por cuenta de los bolcheviques… ¿se acuerda? Pero en nuestros días el problema se agudiza, ya no se circunscribe a una zona, se ha vuelto global. Y a lo que se ve, la democracia está en un tris de ser arrastrada con este embate. La gente está hasta la ídem de los partidos de siempre, ya no cree en ellos, de la desinformación generada en medios que no están al servicio de la verdad sino de lo que les ordenan que publiquen los gobiernos que los alquilan, de la falta de líderes de opinión con un mínimo de autoridad moral, del desbarajuste que se arma en las redes sociales con las fake news —perdón por el extranjerismo— y todo esto sumado a la mediocre educación recibida en las aulas, se convierten en un pase directo a la debacle generalizada en la que los autoritarios son los ganadores. Bolsonaro no es sino un ataque más a la democracia del país sudamericano, igual que López Obrador para México.

¿Cómo demonios hemos llegado a esto? ¿Por qué nos estamos haciendo el harakiri? Es estremecedor cómo la corriente populista va ensanchando sus márgenes. Hoy son Bolsonaro y López Obrador, pero ahí están los gringos con Trump, los italianos con un Matteo Salvini en la Vicepresidencia… los españoles con Iglesias… ¡Horror! Los populismos, sean de derecha o de izquierda, son daniños y hoy están alcanzado niveles escalofriantes. Y si está sucediendo eso es porque la gente los apoya, los proclama, los aplaude, los laurea, los quiere y los vota. De modo que tan populista el líder como el que lo sostiene.

En su libro El miedo a la libertad, Erick Fromm plantea la atracción que tiene el hombre de occidente por los totalitarismos. Estudió el fenómeno a la luz de los impulsos psicológicos y sociológicos que condujeron al pueblo alemán a dejarse avasallar por un individuo como Adolfo Hitler y volcarse por el nazismo… ¿Qué tiene el desgraciado populismo que apaña conciencias y voluntades? Hitler salió de la propia sociedad alemana… los pueblos tienen los gobiernos que se les parecen… ¿los alemanes andaban en busca de un dictador? Pues lo encontraron, para su mal y daño. Es de no creerse, por lo menos desde un pensamiento lógico, cómo los pueblos desdeñan los derechos reconocidos y alcanzados, sus propias libertades y se vuelcan en el mar furioso de los populismos despreciables.

La certeza en una única idea frente a las dudas permanentes y la autocrítica. Autoritarismos y populismos venden certeza, los sistemas liberales deben navegar gestionando la incertidumbre. Los primeros ofrecen seguridad, los segundos confían en la libertad. Pero, hasta ahora, y a pesar de sus titubeos, las decisiones basadas en la libertad, a medio plazo, han ganado siempre la batalla a los totalitarismos, sean estos fascistas o comunistas, que tanto montan como montan tanto.

Los populismos, hoy día, están engatusando a las masas. Eligen entre las promesas que no van a cumplirles y la integración de un parlamento conformado por personas que puedan darles esa posibilidad con la fuerza de un equilibrio racional; prefieren las “certezas” de hojalata del populismo —“con el ejemplo acabaremos con la corrupción” AMLO— aunque su razón —si es que la tienen en algún sitio— les indique así no es posible; se atan a la pantomima de la dependencia ad perpetuam —“dádivas” de los programas asistencialistas— renunciando a la responsabilidad de la libertad. ¿De qué sirvieron los dos derramamientos de sangre de 1810 y 1910 y la debacle de 1968…no aprendimos ninguna lección de ellos? Los populismos de ayer y de hoy, siempre, pero siempre, nos llevan a la desgracia…

Ignacio Sánchez-Cuenca, sociólogo, filósofo y profesor de ciencia política español apunta que la izquierda tiende a pensar siempre que sus ideas son mejores que las de los que piensan distinto a ellos, de ahí la “superioridad moral” que se arrojan. También se montan en el entendido, su entendido, de que determinadas clases sociales están “obligadas a votar por ellos, dada su condición socioeconómica”. Y cuando sus “cautivos” los desdeñan, como ocurrió en Brasil hace unos días, se vuelven locos buscando culpables externos, ¿cómo cuáles?: La manipulación de la televisión, la “falta de conciencia de clase”, el clientismo de la derecha, la parcialidad del órgano electoral, etc. Lo que jamás aparece en el listado, es que sus programas, sus candidatos o sus errores, les han dado la victoria a sus adversarios. Haga memoria estimado lector, en México tenemos de eso. Que a toda… la supremacía de la izquierda es un alivio para la congoja interior… explican los males del mundo, cargándole la culpa a los demás.

El descrédito se ha extendido a toda la clase política, a pulso nos lo hemos ganado. Mi partido particularmente, está recogiendo lo que sembró en la sociedad, en parte de esa sociedad para la que un día fuimos esperanza de transformación y que dos veces seguidas nos dio la oportunidad de demostrarle que era genuina nuestra responsabilidad. Dejamos pasar las cosas, nos dejamos llevar por la inercia y creímos o quisimos creer que todo se resolvería por arte de magia. Nos sentamos a comer con displicencia lo que décadas de PAN comprometido se ganó entre los mexicanos, pensamos que nunca se iba a acabar. Cerramos los ojos ante conductas huérfanas de ética de muchos y muchas que llegaron con el aval del partido a un cargo público, que criticamos en otros tiempos, antes de llegar al poder, y mire usted que cada día nos fuimos pareciendo más a los tricolores. En 2012 nos mandaron a volar y tampoco hicimos reconsideraciones, este año sucedió lo mismo… ¿y qué estamos haciendo? Un triste espectáculo de reparto de migajas, una exhibición de nuestras miserias y mezquindades…

O recapacitamos de una vez por todas, o simplemente bajamos los brazos y dejamos que el gobierno populista y autoritario, que arranca formalmente el 1 de diciembre, porque de facto ya está actuando, haga pedazos al país. Las evidencias están a la vista, por las vísperas se sacan los santos, reza el viejo adagio. López Obrador y sus huestes vienen a instaurar la primera dictadura del siglo XXI en el país. Ya tuvimos dos en el pasado, la santanista y la porfirista… ¿no le parece que llegó la hora de aplicarse en las lecciones?

Posdata: ¿Por qué en la caravana venida de Centroamérica no hay panameños ni costarricenses? ¿Por qué los de Nicaragua se asilan en Costa Rica y los venezolanos en Panamá? ¿Sabe por qué? Porque en Costa Rica hay un grado de justicia independiente y posibilidades de remontar en la escala social. Y Panamá está a nada de convertirse en la nación con mayor ingreso per cápita, superando a Chile, que hoy día lidera aquella región. México ¿qué te hemos hecho? …

 
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