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  Edición 600
  Bety
 
Sergio Arévalo
   
  Cuando niño la recuerdo en la cocina, usaba mandil por miedo a ensuciarse. Mamá era sumamente feliz, cumplía con aquella frase de “la reina del hogar”, no solo hacía la comida de manera deliciosa, limpiaba con sumo cuidado, precaución y dedicación. Para mí era sinónimo de comida rica (siempre gordo). Era puntual al trabajo, llegando con tacones altos, mas nunca entendí —hasta con el paso de los años— por qué a quién yo llamaba Bety, mamá no dejaba de corregirme para que lo llamara Alberto.

Lupita Jones, ex ganadora del certamen de belleza Miss Universo y actual dirigente de Mexicana Universal (por aquello de los derechos de autor, dramas de Televisa), declaró durante la inauguración de un evento de teatro, estar en contra de que las mujeres transgénero participen en estas competencias pues aseguró que “no son iguales” y considera no tener nada en común con un transgénero; “no es un lugar diseñado para ellas” refiriéndose a Ángela Ponce, transexual ganadora de Miss España.

Alberto dejó de ir a la casa, mamá estuvo mucho tiempo angustiada, su mano derecha en la casa se había ido, no existía tanta tecnología como para dar con ella y yo mi entristecí, ese buen sazón ¿con qué lo podría remplazar? Pasaron días, meses, años, Alberto pasó a la historia. Con el tiempo entendí que era hombre, un hombre vestido de mujer, delicado, amable y con un sentido de humor bastante alivianado.

Cuando en México hay polémica, no importa de lo que sea, todos nos subimos al famoso “tren del mame”. Ante las declaraciones de Jones, Victoria Volkova (youtuber transexual) respondió no estar a favor de esos certámenes de belleza pero le daba gusto ver a una persona trans concursar porque es un modelo positivo para las personas trans que están afuera y no saben dónde encajan. Pensándolo fríamente, simplemente el ser tema y ocasionar que las personas investiguen un poco para “opinar” ya es un avance.

Bety al paso de los años regresó, toco a la puerta un sábado por la mañana. Mamá no cabía de la felicidad, creo que ni cuando nos iba bien en la escuela se ponía tan feliz. Pero Bety estaba muy cambiada, tenía pechos (muy bonitos), se dejó el cabello más largo, cinturita que ya muchas quisieran, usaba faldas en lugar de pantalones y claro, sus indiscutibles tacones altos. Lista para trabajar como antes, eso sí, mamá ahora no me corregía, para ella también ya era Bety.

El 8 de octubre, autoridades de Zacatecas confirmaron la muerte de la activista Itzel Aidana, tras encontrar su cuerpo suspendido del cuello. Días antes la ahora occisa le había escrito a Jones: “señora, por favor fíjese muy bien lo que dice, fíjese muy bien lo que se habla porque gracias a esos pensamientos, gracias a esas opiniones muchísimas personas se suicidan, muchísimas personas se sienten rechazadas y humilladas, muchísimas personas están sufriendo en carne viva el infierno de estar en un cuerpo al que no pertenecen”. No faltaron las personas que culparon a la exmiss universo mexicana la pérdida de Itzel, la verdad nunca se sabrá, pero no hay duda, Aidana puso en la mesa la voz de muchas.

La entrañable cocinera con manzana de Adán después de un tiempo dejó de trabajar, no porque estuviera descontenta con la familia, su novio se lo pedía, es más, se lo exigía. Beatriz (pongámonos serios) era la (o el, por si algún conservador nos está leyendo) pareja de un taxista, casado y con hijos. Vio en la petición de su amante la oportunidad de por fin hacer una vida juntos, un sueño de hadas acabado en pesadilla, fue solamente un pensamiento fugaz en la cabeza de la mejor cocinera de caldo de res que conozco hasta el momento.

Para algunos esto no debería de ser tema, para otros es tan sencillo como decir “al César lo del César” (cada quién a su certamen, como quien dice), para otros tantos ha sido un tema por demás complicado al no llegar a su cabeza algo más que la LG (Lésbico y Gay) de las siglas LGBTTTI (búsquenle en Wikipedia), para otros tantos ha sido el micrófono perfecto para dejar visto que falta mucho por hacer por la diversidad sexual.

Bety murió de sida. No, no fue por una infidelidad por su parte, su pareja la contagió, ese no solamente le ponía el cuerno a la esposa, también al cuerno. La falta de un seguro social debido a la falta de empleo, miedo, desinformación y discriminación llevaron a Bety a una muerte en la soledad. Una muerte representativa de tantas, por años se ha juzgado a los transexuales por dedicarse a la prostitución ¿creen que es fácil conseguir trabajo? “hay opciones” no para todos, es cierto tampoco tenemos porque generalizar, hay casos de éxito, pero son pocos.

Los certámenes de belleza llevan haciéndose desde hace décadas, eso nadie lo puede negar. Pero ¿el mundo es igual que hace décadas?, ¿las mujeres siguen sin poder votar?, ¿la constitución política que rige nuestro país es la misma? No, aunque en ocasiones parezca que estamos congelados en el tiempo la sociedad ha ido cambiando, abriéndose a nuevos temas, poniendo algunos otros olvidados de nueva en el juego. No solamente concursos como los de Miss Universo y sus derivados deben replantearse las reglas, el mundo está cambiando, habrá algunos de pensamiento de conservador, otros de liberal y algunos solamente querrán subirse al tren del mame. La verdad es que como lo dijo el ahora titular del billete de mil pesos, ya han pasado bastantes años pero su frase célebre sigue siendo prudente para este tipo de situaciones: “el respeto al derecho ajeno es la paz”.

La polémica de Ángela Ponce que nos sirva para reflexionar que estamos por los derechos humanos, la libertad de expresión, nuestra cultura general misma. No permitamos que ignorancia y miedo sean nuestra propia soga al cuello. No exijamos respeto cuando nosotros mismos aventamos las piedras de odio.

Hasta siempre, Bety.

 
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