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  Edición 599
  Al tiempo
 
Jaime Torres Mendoza
   
  La vida de un ciudadano mexicano común, preocupado por la incertidumbre que le plantea este tiempo, coincide plenamente con las crisis económicas —y también políticas, aunque no sean éstas reconocidas— por las que pasa cíclicamente nuestro país y que influyen decisivamente en su vida cotidiana.

Siguiendo con atención los pasos de la vida de un ciudadano medio, se puede también seguir la vida de la época. Es así porque el individuo es siempre reflejo de una sociedad, del mismo modo que la actitud personal y el enfoque crítico que ante la decadencia o grandeza de esa sociedad adopta el sujeto.

La vida mexicana de esta época se caracteriza por un progresivo distanciamiento entre el burocratismo centralista de los partidos políticos apoyados en una élite gobernante que atesora el poder, y la vida del pueblo, enfrentado a las condiciones económicas que, progresivamente deterioradas, lo hacen miserable.

Ni el México priista de los 70 años, ni el de sus sucesores panistas de una década, por supuesto tampoco los morenos, operarán cambios en la estructura social proveniente del feudalismo político imperante en la historia de este país; es más, puede decirse con noción de certeza que las crisis económicas contribuyeron en su momento, y contribuyen ahora, a empobrecer paulatinamente a las incipientes clases emergentes, cuyos esfuerzos por ascender al nivel social de mayor jerarquía, no significa otra cosa más que un fortalecimiento del bipolarismo social reinante hoy en día, mismo que contribuye a fortalecer el divisionismo social existente y hacer más profundo el abismo que se abre entre ambas.

En la biografía de un ciudadano mexicano promedio, queda bien reflejada esta doble situación de desmembración del Estado y de crisis económico-social. Este fenómeno se ha vivido en México con peculiar intensidad. El progresivo empobrecimiento de la población gracias, en buena medida, a los buscafortunas inmersos en el gremio profesional de los partidos políticos, la escasez de horizontes de referencia para el progreso y el desarrollo, son hechos incontrovertibles que el mexicano promedio ha vivido dolorosamente muy de cerca.

Ese distanciamiento políticos-pueblo ha llevado progresivamente a un empobrecimiento del ciudadano mexicano y el consiguiente aglutinamiento de pretendientes al poder que aparecen en la escena bajo una perspectiva degradante y a veces procaz.

Esto que afirmo no es producto de la imaginación, ni siquiera lo que esconde un mundo subterráneo. La estafa, la desconfianza hacia los prosélitos de partido, la duda ante los jueces, la corrupción de las instancias políticas y administrativas, son sólo la parte visible de una sociedad que está, naturalmente, en crisis.

Sin embargo, no había yo percibido antes que se hubiera producido tal distanciamiento entre el ciudadano común y los detentadores del poder político. Aunque las relaciones de dependencia entre ambas son, en todo caso, complejas y nunca transparentes, habría que tener en cuenta que las condiciones económico-sociales facilitan hoy una ampliación de lo nocivo que resulta de este asunto.

La época en que el ciudadano mexicano promedio se desenvuelve, está asaltada por la idea de la pura sofística. Se tiene ahora la sensación de que la política mexicana del siglo XXI debiera suponer la reformulación de todos sus componentes.

El edificio retórico del absolutismo político y la demarcación de sus áreas de influencia son desde hace mucho tiempo, insuficientes para explicar las nuevas fronteras de la democracia y la convivencia social sana.

En todo caso se percibe una incapacidad de la teoría política para abordar los nuevos modos en que la democracia, por ejemplo, llevó a AMLO a la presidencia de la república. En todo caso también, ocurre que la política contemporánea ve nacer el fenómeno del conceptismo en donde irrumpe aparatosamente el discurso lírico y sentimentaloide de los cabecillas del poder.

Grosso modo, las distintas teorías políticas pueden agruparse en dos puntos de vista diferentes: aquellas que consideran a la política como un fenómeno formal que halla en la arquitectura del partido la concepción la concepción del mundo íntimamente ligado a la respuesta a favor de la decadencia. El otro punto de vista es que la política se expresa como un equilibrio entre el exceso y la medida dentro de lo extraño.

¿Qué ocurre hoy? Es simple. En la época actual ha triunfado una nueva visión de la política que le da sentido a toda reformulación de sí misma. Es, precisamente, dentro de esta nueva concepción desde donde se alcanza a explicar el carácter extraño y el alarde con que actúa la política hoy.

Ante esto, no resulta extraño que, dentro de este contexto, la política resulte extraordinariamente original, siendo, como es, el resultado de una época marcada por el signo que lo violenta todo.

Pues bien, en ese marco es donde se insertará la nueva presidencia de la república, con el nuevo presidente, con el nuevo partido, con el nuevo pueblo pobre de siempre.

A mi entender, toda esa descomposición de la sociedad mexicana, ha sido auspiciada, a propósito, por el Estado mismo, ese mismo Estado en el que el representante de Morena habrá de gobernar. Es decir, y otra vez a mi entender, la pobreza como fenómeno intrínseco del ciudadano mexicano promedio, seguirá con AMLO porque es un propósito de Estado. La primera, la segunda, la tercera y la cuarta transformación lópezobradorista no son sino ecos de las grandes reformas peñistas que iban a mover a México. En resumidas cuentas: pura retórica.

Pido, sin embargo, perdón al lector porque algunos de los conceptos aquí vertidos pudieran parecer llenos de crueldad, de acritud y mordacidad. Pueden, incluso, herir sensibilidades. Pero ruego también al lector que tome en cuenta que estas son las reglas del juego de la política. Y AMLO, es claro, las sabe jugar. Y si no, al tiempo.

 
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