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  Edición 598
  ¿Idea de nación?
 
Jaime Torres Mendoza
   
  Consumada la caída de Tenochtitlán, ocurrida el 13 de agosto de 1521, durante 300 años de coloniaje, a través de un proceso lento y doloroso, se fue constituyendo una nueva realidad social con cierto grado de homogeneidad y rasgos comunes.

Desde un principio esos rasgos comunes fueron: el lenguaje, que se impuso sobre cualquier otra forma de expresión; la religión, impuesta a la fuerza por sobre cualquier otra forma de creencia y; la base de nuevas tradiciones, también impuestas sobre otras.

De esa forma, el costo de construir esos rasgos comunes resultó sumamente doloroso porque fue una imposición cuyo sustrato fue, a su vez, un dominio total que significó perder la memoria de la cultura pasada para asimilar la nueva y, por su naturaleza de novedad, extraña.

Desde un principio, la división manifiesta de privilegios entre las diferentes clases sociales que prohijó la colonia, fue muy injusta pues la posesión de las tierras y sus bienes, el acceso a puestos eclesiásticos, administrativos, políticos y, por lo tanto, económicos, pertenecían con mayor derecho a: los peninsulares, españoles puros que se consideraban cien por ciento de sangre europea; después los criollos, que eran hijos de padres españoles pero nacidos en la Nueva España y que también se consideraban cien por ciento de sangre europea; luego los mestizos, que eran hijos de español con indígena y que, por ello, se consideraban cincuenta por ciento de sangre europea; al final estaban las castas inferiores, que podían ser de cualquier condición: zambos, mulatos, cholos, etc.

Después de tres siglos de dominio español ya se había formado una nueva nación, una nueva cultura, muy distinta a la que se había formado después de la conquista. Se disfrutaba de una riqueza económica en auge. Los edificios suntuosos construidos durante esa época eran un signo de orgullo y despertaba un cierto sentido “nacionalista” de los criollos. La palabra México ya aparecía en los textos de escritores como Francisco Xavier Clavijero. Cerca de seis millones constituían el censo de población y dos grupos dominaban la estadística: criollos y españoles peninsulares. Los criollos sobrepasaban en número a los españoles y solicitaban tener mayor injerencia en los asuntos de la Nueva España. Empezaron, pues, las pugnas entre esos grupos y otros que también se consideraban con derechos.

En el contexto de esas circunstancias, otro grupo se sumó a las pugnas claramente manifiestas: los mestizos, quienes empezaron a tomar conciencia de su situación, pues se consideraban los verdaderos herederos de la nueva cultura ya que, de alguna forma ellos significaban la síntesis de las dos culturas que se habían encontrado el momento crucial en que los europeos irrumpieron en el orden y la vida de los pueblos indígenas.

Cuando ocurre la independencia de las colonias inglesas de Norteamérica y la invasión napoleónica a España, inspirados por ellos, criollos y mestizos se dan a la tarea de preparar la independencia de México, aprovechando la vulnerabilidad de la metrópoli con la idea de ocupar el poder.

El control lo toman los criollos que, desde Valladolid, San Miguel el Grande, Dolores y Querétaro, planean levantarse en armas en 1810. Al ser descubierta la conspiración, estos grupos se adelantan y la noche del 15 de septiembre el cura Miguel Hidalgo y Costilla hace un llamado a todo el pueblo (incluidos los mestizos e indígenas) proclamando, entre otras cosas, independencia de España.

Así pues, la lucha de independencia, no tuvo nada que ver con reivindicaciones de derechos universales, justicia apelando a valores de raza legítima nueva, libertades o elementos de integración, sino con el reacomodo de esos privilegios. Miguel Hidalgo y Costilla, era un representante fiel de un grupo que buscaba afianzarse y ascender entre las clases de poder.

De ahí en adelante dos visiones se presentan en la integración de una nación que desde 1821 es independiente.

Una vez obtenida la independencia, la nueva nación tuvo que emprender la tarea de hacer un proyecto de construcción nacional basado en el patriotismo criollo y el liberalismo mexicano. Este proyecto era importante porque la nueva nación independiente estaba marcada por la ingobernabilidad que dejó el vacío de la corona española, por la intervención extranjera debido a que naciones poderosas pusieron sus ojos en ella, y por las guerras civiles tratando de llenar esos vacíos.

En lo literario el proyecto contempló claramente tres aspectos de orden nacional: la lengua, las costumbres y la religión. Estos aspectos revelaban un intento por conformar y mostrar un discurso homogéneo en la tarea de la reconstrucción nacional para integrar una nación.

En efecto, la literatura volvió a acertar en su visión de futuro. Un estudio serio de la literatura mexicana del siglo XIX, revela que los escritores de ese momento crucial en que la nación luchaba por trazar un mapa de identidades que le permitiera emerger como un país con rostro propio, sostuvieron un discurso muy coherente para participar en ese proceso constructivo de la patria. Su aportación contenía tres rasgos distintivos que se mantuvieron durante todo ese siglo, a través de los cuales es posible evaluar su contribución en la forja de este país.

Por una parte fue el conjunto de tradiciones que constituían una base cultural de enorme significación que aportó rasgos esenciales de identidad en los cuales se reconocieron como una unidad constitutiva única; por otra, fue el aspecto religioso que encontraba su explicación en una iglesia católica que copó todo el territorio y que permeó también todos los asuntos de la vida ordinaria. Pero el rasgo más importante fue el lenguaje, que se erigió como el componente unificador que le permitió al mexicano de entonces reconocerse en cada giro de la palabra con la que se comunicaba.

Escritores como Manuel Payno, Ignacio Manuel Altamirano, José López Portillo y Rojas, nos heredaron extraordinarias muestras de ello en Los bandidos de Río Frío, El Zarco y La parcela. En esta trilogía de espléndidas novelas, se aprecia la coherencia de ese discurso constructivo al que se ha aludido antes.

Pues bien, a unas semanas de que el nuevo presidente de la república, el nuevo partido en el poder y todos los que subirán a ese tren rumbo a lo que todos suponen una nueva época en el horizonte mexicano, yo me pregunto: ¿tendrán la idea más mínima de la clase de nación que desean construir? Lo dudo.

Al tiempo.

 
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